viernes, 23 de mayo de 2014

La vieja letra.

No tenía absolutamente nada bueno pensado para hoy. No sé qué tengo hoy, que he despertado insoportable. Siento como si de repente me fuera a dar un derrame o me fuera a morir sin más. Es una de las sensaciones más incómodas del mundo. 

Se me ha ocurrido hacer algo especial. Como dije, no hay historia qué contar el día de hoy. Sin embargo, me he acordado de algo que escribí hace ya casi dos años y que había prometido desempolvar algún día. No sé, igual y no merece tanto drama y de una vez lo pongo, al fin que a nadie hace daño y algunas personas me habían dicho que fue algo maravilloso. Ésta es la dichosa carta para María, con ediciones mínimas, sólo para que no me estén buscando las cosquillas. 

A leguas se notará que ni de broma parezco yo. Eso es lo que hace el dolor. En esos momentos, poco me importó si la leía o no, yo me había dado ya por vencida. Sin embargo, tenía demasiadas cosas que sacarme del pecho (y que ni en la carta cabían), además de que pensé que me ayudaría un poco a sentirme mejor y quizás a superarlo. ¿Funcionó? Bueno, va la misiva...


Mi querida María...


Tengo entendido que nunca llegarás a leer esta carta y si la leyeses, seguro te asustarías de saber que tan perdida he quedado sin ti que tuve que escribirla a fin de no volverme tan loca...


Desde siempre he querido tener el control de mi vida. Y ése control lo hallaba en la comprensión de todo cuanto ocurría a mi alrededor. Nada debía de ocurrir sin que yo, en mi imaginaria omnisciencia, me enterara. Sin embargo, la forma en cómo te has ido, me ha dejado anonadada, confundida, desesperada, muy sola. 


Al principio busqué razones en todo cuanto habíamos conversado, quería buscar algo que fallara, algo de donde pudiera extraer la esperanza de que no era mi culpa, porque eso sí, jamás he de acusarte de nada que hagas ni de criticarte, por algo fue que te juré que yo te respetaría, amaría y cuidaría por encima de todas las cosas, en tanto que tú me concedieras ese placer. Sin embargo, te fuiste, te deshiciste de mí en apariencia y no me quedó otro recurso, a falta de una esperanza, de enfadarme, de sentir rencor, de creer que se trataría de un error. Y aunque sé que sería incorrecto atribuirte rasgos divinos porque eres humana (y por ello, errática en algún instante de tu vida), juro que en todo momento fue ésta mi última línea a seguir en las pesquisas que hice.


En todos esos mensajes que te escribí plasmé la desesperación, el enfado, la frustración que sentía en ese momento. Yo pensaba que eso era lo justo, que supieras que estabas en un error, que estaba y urgida de una justicia en la cual en realidad jamás creí y que, más aún, me arrepiento de haber tratado de imponerte. Olvidaba que tú ya tenías cosas en la cabeza, suficientes para atormentarte como para que yo llegara a darte más dolencias con mis ridículas exigencias.


Hoy, gracias a un buen amigo y a que he abierto un poco más mi cabeza, entiendo una cosa: que haya pasado lo que haya pasado, no he de perder la fe en ti. Te lo dije muchas veces y lo vuelvo a repetir. Creo en ti. Pero no como alguien cree en un Dios falso o no como un loco cree en su alucinación, ni como si fuera yo una obsesionada y aberrante fanática. No, yo sólo creo en ti...


Ni siquiera pude verte en persona, escuché tu voz (de manera impersonal), puse todos mis sentidos a cuanto quisiste decirme. Descubrí un corazón hermoso, valiente, pero indeciso y cargado con culpas que no le correspondían. Y no sólo eso, sino que también vi el talento, el segmento de tu alma que componían tus obras. Y por último, tu hermosura, que aunque te empeñas en negar, yo sé que de ella tienes constancia, así como yo y todos los que te rodean. Y entonces, perdóname, te ruego que me perdones si es incómodo saberlo, pero me enamoré perdidamente de ti...


Tan poco tiempo, tal vez fueron unos días; tal vez fue desde el primero pero sin darme cuenta, pero me enamoré tan locamente que puse todo mi empeño en saber de ti, en comprenderte, en adorarte cuanto te merecieras, pero también en tratarte como humana, como quien es especial no por ser extraordinaria para el mundo, sino para un solo corazón. Y al saber lo que sufrías, dediqué cuanto esfuerzo no me hiciera enlodar tu camino ni confundirte con falsos lamentos a que te sintieras mejor; torpemente la mayoría de las veces sólo pude limitarme a ponerte la atención que requerías, recordarte que estaba yo ahí para el desquite, para que, cuando desaparecías cada día por ‘x’ causa, yo sintiera un gran dolor por no poder hacer más... alguna vez lo dije y lo vuelvo a decir aquí: no puedo arreglar ni siquiera mi propia vida, pero la entregaría a cambio de arreglar la tuya y saber que puedes volver a sonreír...


Di de tumbos por mucho tiempo, analizando, reflexionando, como si de un juego se tratase (pero con la sinceridad de quien se enamora) el momento justo para al menos decirte lo mucho que te amaba. Sé que es de locos confesarse en tan poco tiempo, pero lo que sentía por ti fue más fuerte que mis convicciones. Cuando caíste en la desesperación aquella vez, quería llorar, me llené de rabia al saber que estábamos tan lejos para darte al menos un abrazo o que pudieras escuchar de mi propia voz un “todo va a estar bien”... y antes de que me carcomiera la impotencia, quise, si no gritar, al menos expresarme como podía sólo en ese momento y decir: “te amo Y..., te necesito”, como si fuera con eso a bastar para salvarte.


Como se desarrollaron las cosas no hace falta decirlo. Mas me es menester bajo las actuales condiciones mencionar que, conforme pasaron los minutos, los segundos, iba creciendo mi amor por ti. Sabiendo de antemano la distancia que nos separaba, que aunque no fuera un océano suponía ciertos problemas, me juré a mí misma que no buscaría un compromiso como la gente los conoce, como en ese momento yo creí que debían darse. Porque no me hacía infeliz en ese momento amarte y que no me correspondieras, o que me impidieras volver a decirlo... yo sólo quería saber que estabas bien, que podías sonreír. Si después cambió mi determinación, no fue por traicionar mis ideales, ni mucho menos en un arrebato de avaricia, sino porque mi necesidad fue creciendo, quería al menos intentarlo, tenía que tratar de hacerte feliz de alguna forma... en realidad no te ofrecí una relación “oficial” diciendo “¿quieres ser mi novia?”: te ofrecía mi cuerpo, mi alma y mi corazón, contando con que yo podría ayudarte en todo cuanto me permitieses hacerlo.


Todo terminó tan intempestivamente... sufrí mucho, estaba completamente desorientada. Lloré, lloré como nunca había llorado por nadie, pues aunque fue poco el tiempo, yo sabía que enamorarme de ti no era una ingenuidad, que había encontrado a una mujer maravillosa. Mas no quisiera dar lástima, porque no la merezco. Ahora comprendo un poco mejor las cosas. Estaba mal. Tú sabes lo que has hecho. Y yo creo en ti. Creo que haces lo correcto, no sé cómo, pero sé que lo haces y sé que lo seguirás haciendo a pesar de las adversidades. Tengo fe en ti y siempre la tendré. Ahora sí sé que aunque no te tenga, que puedo quererte igual y que puedo sonreír si pienso en que estás bien. Y yo sé que, si no lo estás, lo estarás. Si no es por ti, si no es gracias a mí, alguien te hará sonreír.


Más ya no creo poder seguir sin derramar más lágrimas. María, a pesar del corto tiempo y del final tan abrupto, quiero decirte que te amo, te amo como nunca he amado a nadie. Eres la mujer más maravillosa, dulce, hermosa de todo este Universo y nadie te superará jamás, nadie para mí llegará siquiera a tener tu grandeza. Gracias por haberme tolerado, gracias por haberme dejado ver lo que había en tu corazón, gracias por dejarme intentar ayudarte, gracias por existir. 


Con todo el cariño, y tuya para siempre, Esperanza. 

jueves, 22 de mayo de 2014

Teatrillo de la amargura.

Ayer escuché una lastimera pelea entre vecinos. Todo había sido culpa de un perro que casi muerde a un niño. Me dio flojera salir a ver, además de que pensé que con lo acolaradas que estaban las mujeres que discutían, no faltaba que me incluyeran en su chusquería. Hoy he visto las noticias acerca de mi ciudad. En un lugar hubo una reyerta entre habitantes y policías. No voy a dar más detalles del suceso en cuestión, porque quien se mantenga medianamente informado ya los conocerá (además de que ese tipo de noticias atraen hippies). Y pues, no sé, hoy me siento seria, quizá un tanto asqueada. Va la verborrea...

En este mundo, no hace falta hacerse responsable de lo que se dice en un medio masivo... o en cualquier lugar. Aunque lo digamos correctamente, la estupidez de la gente hace el trabajo de distorsionarlo.

Definitivamente hay mucha gente mierdosa en las grandes ciudades. Pero es peor un pueblerino que cree que el mundo debe ser un rancho enorme donde todos deben creer en las mismas patrañas y llevar las mismas costumbres rancias.

Hoy en día, creo más en la policía y el Ejército que en el pueblo. Al menos siempre saben de qué lado están y a quién le están pateando el culo.

No sé si sea el término correcto, pero estoy de acuerdo en que los animales tienen distintos tipos de personalidad. Así como nadie dice nada por odiar de muerte a otro fulano, nadie me debería decir nada por querer cagar a palos al perro de al lado que se la pasa haciendo escándalo porque pasa la mosca o porque no pasa.

Creo que lo que me dijo mi hermano era cierto: el doctorado es un permiso para decir todas las estupideces que quieras.

Me dirán que no soy quién para mandar a molestar a otra persona, pero cuando te comportas como un estúpido, nadie te soporta por lo plasta que eres y encima crees que no tienes ningún problema... estás convocando a todas las fuerzas del universo para que te jodan.

Me imagino que hay quienes se sienten nacidos para dar un buen ejemplo y hacer escarmentar a esos mentecatos que se la pasan escribiendo burradas en Internet. Cielos, habiendo tantos terroristas por capturar, narcomenudistas por atrapar y gobernantes estúpidos a los que tumbar... yo creo que no están haciendo muy bien su trabajo.

Un día quise ser presidenta. En vez de gastar en despensas, instauraría el paredón de fusilamiento municipal.

Quejas, quejas y más quejas hacia películas que destruyeron la reputación de las criaturas de la noche y los convirtieron en comida de niñas ñoñas y pubertos de sexualidad ambigua... cuando ya eran lo suficientemente maricas (gulp).

Hasta el día de hoy, protesto por la pésima educación filosófica de mi ex escuela. Su principal crimen, la apología de Nietzsche. ¿En serio no cachan que lo que dijo ya lo sabía todo el mundo?

Lo cierto es que se sigue haciendo eso de cubrir la cuota racial en la TV y el cine: si es de EU, debe haber un negro, un latino y un oriental que inventa cosas. Si es de Gran Bretaña, puedes omitir al latino y al oriental, pero debes tener por lo menos dos hindúes en rollo reivindicativo.

La verdad es que ningún tipo de música es en esencia malicioso. Recuerden que la gente es la que hace la música. La gente tiene la culpa, a ellos hay que odiar.

No concibo que enviar unos cuantos bidones de gasolina a las prisiones resulte más caro que una estrategia de seguridad pública.

Ni la pena de muerte. Si hay gente que mata y no gana ni el salario mínimo...

Ser activista es un orgullo (dicen). Es gente que sólo busca mejorar el mundo para las generaciones venideras. El problema es que después dejan de ser normales: todas son apologías, todo es discriminación. Deberían darles seguro médico como a los veteranos.

Si uno se mete a una universidad pública, escuchas historias de miedo acerca de las escuelas particulares, donde convierten a los chicos en los próximos explotadores del país. Yo me curé de espanto, en las públicas tenemos nuestros propios sistemas estupidizantes. Y no digan que no funcionan.

¿Para qué tener un discurso tan florido, si para decir pendejadas no hace falta tanto esfuerzo? Y para verte listo sólo tienes que aprender a decir muchas pendejadas.

Y bueno, creo que ya saqué todo. Igual y luego tenga que escupir un poquito más, pero por ahora es todo lo que tenía. ¡Ah, se me olvidaba! Por favor no tomen esto tan en serio... como dije al principio, la estupidez hará el trabajo.

lunes, 19 de mayo de 2014

Casamentero cabrón.

No he hecho casi nada hoy y me siento agotada. Me he dado cuenta de una cosa: las cosas van mejor y esto pinta más como el diario de un suicida. No cuadra, no es algo bueno; no por ahora, ya luego volveré a tristear cuando recuerde alguna buena historia... o tenga una razón para hacerlo.

Por lo regular, narrar un episodio infructuoso de la vida amorosa pone melancólica a las personas. A veces, a pesar de ello y dependiendo del final de la historia, se transforma en un bonito recuerdo. He sentido tanto una como la otra. Pero hoy me he acordado de otro episodio, que precisamente transcurrió hace como poco más de tres años, en el mes de febrero...

En el año y medio que llevaba en la escuela que quería, las cosas cambiaban de tono con una frecuencia que empezaba a cansarme: empezó bien, conocí a gente interesante, pasaba la mayor parte del tiempo con ellos y al final, por una u otra cosa no les volvía a ver hasta después de largo rato. Cuando pasé de grado me vi rodeada de gente muy desagradable, además, la pesadilla de hace un par de años se repitió para mí: sobrepoblación escolar. Eso es, no había clase en que alguien no tuviera que buscar en otro salón una silla o un banco extra. Yo soy como un animalillo: me pongo nerviosa y me molesto cuando estoy con gente desconocida. Y no conocía a casi nadie (o ya me caían mal).

Siempre me he automarginado en la escuela. Ese año lo hice aún peor. Sin embargo, no me llevaba mal con nadie, unos pocos me hacían charla y recuerdo que hubo un chico con el que tenía un "viernes de nachos". Luego, otro sujeto que medio desvariaba siempre me metía en sus locuras. Me agradaba, pero en ocasiones era medio perturbador. Practicaba lucha grecorromana y siempre me pedía que lo tocara en partes donde lo habían lastimado. Sólo a mí. Ah, pero hubo un sujeto alto, de cabello rizado y con una mirada medio bizca que me invitaba siempre a socializar con la gente; una costumbre suya era llevarme con él a la fuerza para que me juntara con sus amigos cuando todos me parecían unos cretinos. 

Sin embargo, cuando pensé que moriría en un rincón aburrida y sola, algo despertó en mi interior... como cuando tienes una idea estúpida y nace en ti la firme convicción de llevarla a cabo: me empecé a fijar en una chica. Quizás fueron las apariencias: no era tan escandalosa como mis otras compañeras, ni tan pedante como los hombres. Al contrario de mí, ella sí podía relacionarse bien con los demás, pero también tenía momentos en los que se abstraía de todo para leer algún buen libro. Además de todo, no era nada fea. Había conocido a mujeres así antes (y después) y no me gustaron. Ella tenía ese no sé qué... que qué sé yo. Pero no sabía qué hacer.

Se lo comenté al tipo de la lucha grecorromana. Él la había besado antes por pura calentura que tuvieron los dos (mala señal), además de que hablaba con ella regularmente. Me dijo que era buena chica, pero que era muy pesimista. Buen muchacho aquél, se comprometió a ayudarme. Normalmente no acostumbro contarle a la gente cuando alguien me gusta (salvo en un caso relatado anteriormente aquí) y me sentí muy incómoda contando eso a mi compañero. Yo pensé que se burlaría de mí, pero lo tomó bien.

Después se lo conté al tipo de los ojos bizcos. Estaba muy emocionado, parecía que le hubiera dicho que dejé las drogas o que me uniría a Greenpeace. Rápidamente se ofreció a ayudarme y se desapareció. El día transcurrió con normalidad y en la tarde siguiente me lo encontraría antes de entrar a una clase. "Oye, ¿qué crees? Ya le dije". "¿A quién?", pregunté extrañada. "A Viridiana, ya le dije que le gustas". Sonreí. Pero en realidad pensé:

"¿Eres imbécil? Digo... ejem, ¿te falta un cromosoma o algo así? ¿Lo hiciste a propósito o bebiste algo que te puso las piernas temblorosas? Grandísimo cretino, no sé cómo se te ocurrió, pareces nuevo; coño, no sé ni cómo putearte, desearía arrancarte los brazos y hacer que te los comas, eres un cabronazo inmenso. Gracias, gracias por joderme."

No hace falta explicar la estupidez tan grande que había cometido ese tipo. Sin embargo, él parecía no advertirlo. "Le dije que eres una buena chica, que tienes buen corazón y que te gusta escuchar a la gente (le ayudé en una mini crisis con una tipa que le gustaba). Y pues me dijo que le gustaría conocerte". Eso me sorprendió bastante. 

Pero a pesar de la "ayuda", no me atreví a dar el primer paso. Lo admito, me dio miedo. Un día, yo estaba sentada en una esquina leyendo mientras esperaba a que empezara mi clase. Viridiana estaba por ahí conversando con una amiga y se me acercó para decirme que ya había empezado la clase (ella no entró). Me sobresalté y me fui sin decirle nada. Al día siguiente, llega el tipo bizco y me cuenta: "Viri me contó que ya te habló. Dijo que estaba muy nerviosa y que no sabía qué decirte" Aquello me dio mala espina. ¿Por qué tanta pena, si sólo iba a darme un aviso? Sin lugar a dudas, o esta chica se había fijado antes en mí o ese sujeto mentía. 

Decidí seguir con aquello. Aún tenía un mal presentimiento, pero ella empezaba a gustarme un poco más. Llegó el momento en que nos encontramos a solas y tuvimos una charla más amena. Me contó un poco de ella, de los problemas que tenía y de cómo le habían afligido sus relaciones anteriores (con hombres). Con mi escasa sabiduría respecto a esos temas, traté de hacerla sentir mejor. Después de la plática, ya tenía una mejor impresión de mí. Yo también la encontré interesante, pero algo me seguía molestando: tal como me habían contado, era muy pesimista. La gente así me caía como un disparo en la pierna, aunque no dejaba de gustarme y francamente, quería seguir tratándola. En los días siguientes, me animaba a saludarla de vez en cuando y platicar un poco, pero seguía sacando esa parte que tan poco me gustaba de ella. Creo que ella se dio cuenta de eso.

Con todo, estaba muy animada. Quise seguir. El 14 de febrero estaba a la vuelta de la esquina y aunque no iba a usar el cliché de declararme ese día, quería inventarme algo para que la pasáramos bien. Cayó en lunes, lo recuerdo bien. Siguiendo una costumbre ancestral, revisé el Facebook y sufrí la misma suerte que muchos han tenido a lo largo de la historia de las redes sociales (que no es tan larga): había conseguido novio. Mi reacción fue más de estupefacción que de tristeza. De la nada había sacado un novio, cuando me decía que no creía en el amor y esas cosas. Cuando creí que yo estaba haciendo la diferencia, sale eso. No la vi en todo el día. No quise comentar nada. No demostré ninguna emoción. Al día siguiente, me la encontré en la noche, durante una hora libre. No tuve que decir nada, ella mismo me dijo que había aceptado a un tipo que se le declaró el 14. Inmediatamente, como si quisiera dejarlo en claro, me confesó que no le gustaba. "¿Por qué lo aceptaste entonces?", le pregunté simulando serenidad. "Es que el me dijo que no podía vivir sin mí y yo sí lo creo capaz de hacerse daño por mí. Ha tenido una vida muy dura y no quiero que le pase nada".

"Ah", murmuré. Pensé:

"Vaya mierda, ¡qué digo mierda, vaya truño enorme! Se me va a hacer una puta úlcera; primero aquél pendejazo y luego me sales con esta basura, no sé qué me cabrea más. Pero la culpa la tengo yo, que nunca hago caso a mi sentido común. Ni perdón ni putas, yo me retiro. Púdranse."

Le dije lo que cualquier persona más o menos cuerda diría: que no estuviera con alguien por lástima. Pero me sentía tan asqueada que no puse atención a lo que ella contestó. Después de aquello, sólo nos saludamos pocas veces. Luego, traté de evitarla a toda costa. Hacía como si no la viera, pasaba de ella siempre, aunque la tuviese en frente me ocupaba en cualquier otra cosa. Pero bueno, como escribí antes, la culpa es sólo mía por haberla perseguido tan a ciegas. Sin embargo, no me he enojado con ella ni creo que sea tan mala persona. De hecho, me da risa recordar todo esto. Creo que era lo que necesitaba para darle algo de color a mi noche.

viernes, 9 de mayo de 2014

No.

No quisiera ser redundante...

Me podía ver todas y cada una de esas veces que lloraba y me retorcía de dolor. Cuando me senté una noche a escribir palabras que pensé que un día me salvarían; si alguna vez aquello se volvía insoportable, podía mirarlas. Dolería cada vez más, pero ese dolor me mantendría con vida. Luego, cansada y con la mente hecha trizas, ya no tendría fuerzas para hacer otra tontería. Jamás sucedió.

Y recuerdo un suceso muy lejano, estaba pequeña y sólo podía verle la cara alzando la cabeza. Sonreía y me veía como si fuera yo una maravilla. Alabó mi cuerpo, jamás se me va a olvidar eso. Estaba temblando. Fue como si hubiera escuchado el espantoso alarido de una bestia burlona. "No llores", dijo. No sabía lo que pasaba dentro.

Ésa fue la primera señal. Luego, el sueño. Creí que me había transformado. Lo primero que vi fue el alba roja. Crucé los dedos y me miré pronto al espejo. La desilusión.

Son cosas que matan. Lo hacen poco a poco. Cuando crees que las superas, regresan y joden aún más. No se cansan, no hay manera de quitártelas de encima. Un día, acabas recordándolas y acabas haciendo cosas que las vuelven peores.

A veces no dependió de mí. Yo me quejaba todo el tiempo, pero jamás me dieron la razón. No soy estúpida o quiero creer eso. "Por eso inventas esas cosas, porque tienes mucha energía que no usas". Acababa de golpearme como si fuera yo cualquier tipeja en la calle con la que te lías por un lugar de estacionamiento. Y sólo eso me dijeron. Quise llorar, pero sólo se apretaba el nudo. "¿Qué les pasa? ¿No ven que me ha hecho daño? ¡Pero si ustedes también saben cómo es!" Nada pasó.

Y luego, volvió a suceder. No he sentido ese ardor en el pecho en ningún otro momento. Ira.

Luego de eso, te resignas. No crees que nada cambie nunca. Los días pasan y sigues siendo culpable a los ojos del mundo. Yo decidí no darle vueltas. Pero regresa el rencor, la sensación de no tener el control de nada. Lo vuelvo a sentir en pesadillas. Creo que mis manos son armas, que cargo un enorme poder, una furia irrefrenable, creo que puedo hacer temblar la tierra con sólo el golpe de mi puño. Me veo queriendo destruirlo, quiero ver su dolor impreso en mis manos, tiene que pagar lo que me ha hecho. Y no puedo.

Cada vez que lo intento, el poder se convierte en nada.

Crees que es un mensaje. Quizás no es la solución. ¿O puede ser que no tengas el valor para hacerlo? Vaya cobarde... ¿escupiste tanto odio en vano? ¿Para qué llorabas entonces todas las noches? ¿Necesitas otro incentivo? Ve, ahí estará esperando para castigarte de nuevo, te prometo que lo hará con gusto.

Al día siguiente, quise sonreír. Me di cuenta de que ya podía hacerlo sin ayuda. Dejó de importar (¡ja!). Quise dar la vuelta. Yo tenía que hacer la diferencia. Cuando fue así, nadie lo vio. Nadie estuvo.

A algunos les funciona. Y aún a menos les sale bien. Sólo tienen que eliminarlo. Lo matan. Y sus nombres no vuelven a ser mencionados. Yo quisiera ser así.

Deseé creer otra vez. Lo confesé todo. "No soy normal, algo está mal en mí desde que nací. Tengo que hacer esto. Quiero que lo entiendan". Sonrisas torcidas. Todo estaba bien, no había nada qué decir. Discursos diferentes. Sólo alguien lloró. Que noches después aprovecharía mi ausencia para convertirme en su vergüenza. Pero sigo siendo su hija, ¿no? 

Después, incertidumbre. Habían sido veinte años de mentira. ¿Cuál es mi razón de ser entonces?

Te diste cuenta de que no es necesario. Los conoces mejor que nadie, sabes que estarán bien sin ti. Y sabes que no les importas. Ya sólo eres tú. Solo, cansado, pero ya no hay nada de qué preocuparse. Y entonces, quieres empezar de nuevo. 

No lo buscaba. Yo no pensé que existiera. Esa sonrisa me mató. Su mano intocable se hundió en mi interior. Lleno de hollín, logró sacar eso de mí. Apenas respiraba. Tenía miedo. No quería volver a pasar lo mismo. 

Haces planes. Ya no quieres más juegos, sabes que es ella la elegida. No quieres echar nada a perder. Pero el terror sigue ahí. Va a pasar algo, lo estás viendo. ¿Te sientes capaz? Pruébalo.

Yo me sentí. "He de verte, de hablarte. Te probaré que esto no es un juego, M". El miedo se había escondido en algún lado. Pero no dije nada. No pude. No fui rápida. Había demasiado qué decir. "Te amo" no era suficiente. Ahora lo entiendo. Debí haberlo hecho antes. 

No he vuelto a seguir una corazonada desde entonces.

Nada lo supera. Sabes que esto te ha destruido. Lloras como nunca antes. Todo se queda corto. Esto te ha despedazado. Tus restos son carroña. Crees que has muerto.

La avalancha. Luego de eso, nada vale. Todo se ha desmoronado. 

A veces sucede. Te detienes a pensar en que mañana será mejor. Te das una oportunidad. ¿Acaso sigues una corazonada?

Todo mejora. Te has sabido comportar a la altura. Aplicaste lo aprendido con magnificencia. Volviste a caer algunas veces, pero ya no es como antes. ¿Ya te sientes mejor?

Pero eso último volvió. "¿Por qué regresó? ¿Por qué ahora? ¿No has entendido que se acabó? ¡Esto es enfermizo! Estás mal, estás en un error; sácalo de ti". No puedo. "¡Pero si no hay nada que hacer!" Pero no puedo dejar de sentirlo. "¡Arréglalo!" No puedo. Soy cobarde. "¿Y qué esperas? ¿Magia? ¡Haz algo, carajo, si tanto la necesitas!" ¡No! Esto es enfermizo. Me da vergüenza. Está mal. No puede pasar. No debía pasar. "No has esperado lo suficiente, eso es lo que pasa". Ojalá. "¡Inténtalo!" No puedo. 

"Cobarde."

lunes, 5 de mayo de 2014

Colección de días extraños.

Mientras intentaba conciliar el sueño, acosada por pensamientos raros, los nervios del día siguiente y los desmanes que hacía mi gata, recordé que hacía ya un tiempecillo que no podía escribir nada. Ya me había pasado antes... tenía muchas ideas pero, por alguna razón, se rehusaban a ser escritas. Como si no hubieran palabras correctas para hacerlo o como si, justo cuando iba a retomar el curso, me arrepintiera por alguna razón que salía de los confines desconocidos de mis entrañas. Pensé que quizás el problema era ése, que estaba haciendo demasiado drama por una cuestión meramente creativa. Recuerdo que cuando reinicié este blog, me había dicho a mí misma: "pero si tienes muchas cosas que decir, aunque sean tonterías, pero sí que tienes material." Justamente eso fue lo que pensé en la madrugada.

Hice un último esfuerzo y me reencontré con tantas cosas del pasado que me han dejado con los sentimientos a flor de piel. Tiempos buenos, tiempos jodidos y tiempos simplemente amables. 

Recuerdo que hace muchos años, me vistieron para ir al jardín de niños, hasta me habían puesto una corbatita. No recuerdo qué se iba a conmemorar ese día, pero lo que sí recuerdo es que me miré al espejo y pensé: "¿en serio yo soy ésa de ahí?"

Recuerdo cuando todos estaban molestos conmigo por haber faltado muchos días a clases. Mi hermana quiso abrazarme, pero yo me rehusaba a esas cosas porque me sentía muy mal. Pensó que me hacía la indignada e hizo un berrinche, pero me importó muy poco. 

Recuerdo una ocasión en la que me llamó una ex novia. Durante nuestra relación ambas éramos demasiado tímidas para decirnos cosas tiernas; sin embargo, ese día me llamó muy contenta y me saludó diciendo "hola niña linda". Aquello me dejó un sabor bastante raro.

Recuerdo claramente la primera vez que tuve relaciones sexuales. Corporalmente no fue tan malo, pero me quedé con un sentimiento muy sórdido al volver a casa. "¿Qué fue lo que hice? ¿En serio lo hice?", no podía dejar de pensar.

Recuerdo de igual manera que hace ya unos años estuve clavada con un militar con el que sólo podía comunicar a distancia por su profesión. Le conté que, cuando me llevaron a la playa hacía muchos ayeres, el mar me causaba un terror inmenso. Él sólo rió y me dijo que quizás era por huraña y grosera, que me daba miedo tener algo tan grande frente a mí. "Quién sabe, quizás algún día el mar salga a darte una lección", me dijo.

Recuerdo con bastante vergüenza que un día después de pasar la noche con unos amigos hablando sobre cosas del corazón, se me ocurrió ir a buscar a una niña que me gustaba mucho cuando iba a la primaria. Extrañamente me había dado su dirección cuando íbamos a clase. Cuando llegué y la llamé a la ventana, estaba tan nerviosa que sólo atiné a saludarle. Además me intimidó un tipo que se asomó también y parecía que le conocía...

Recuerdo especialmente dos días; dos días que me tomó leerme un libro de una biblioteca (no daban préstamos). Era El pozo de la soledad, de Radclyffe Hall. Gracias a ese libro, me comuniqué íntimamente con mi yo interior y me impulsó a tomar la decisión más importante de mi vida.

Recuerdo cómo llegaron mi mamá y mi hermana con un pastel en uno de mis cumpleaños. Unos meses después de que dejé la escuela. "¡Feliz cumpleaños!" Pocas veces me sentí más miserable. Desde entonces no festejo mis cumpleaños.

Recuerdo con mucha gracia una vez que iba en el metro y había un chico mirándome desde que estaba en el andén. Estábamos a una distancia considerable en el vagón, ambos de pie. Él me sonreía y me guiñaba el ojo. Cuando me pongo nerviosa suelo sonreír mucho, así que cuando hizo aquello, pensó que le correspondía porque me iba mordiendo los labios como tonta. Él se bajó una estación antes que yo, aún haciéndome señas. 

Recuerdo, y me encabrona hacerlo... el día en que tuve que hacer un trabajo en equipo cuando iba a la secundaria y tuvimos que ir por un tipo a su casa para que al final no pudiera salir. Pero quien sí salió fue su puto perro enano, que me mordió detrás de la rodilla y se regresó corriendo a su casa. No pude caminar bien unos días, me había jodido un tendón.

Recuerdo el día en que tomé una decisión crucial: iba a cambiar mi imagen por primera vez. Mi hermana insistió en acompañarme cuando fui a arreglarme el cabello. Estuvo jode y jode con los cortes que quería para mí, tuve que elegir uno casi sin que se diera cuenta o se pondría a molestar porque no le hice caso. Yo solía llevar el pelo corto o un poco largo, pero esta vez quería que creciera. Aún así, tuve que aguantar sus refunfuños y sus miradas raras. Luego de eso, está prohibido ir conmigo a la estética, a excepción de mi pareja.

Recuerdo con zozobra el día en que tuve una mala reacción a causa del estrés y sufrí una inflamación intestinal cabronsísima. Fueron casi 24 horas de intenso sufrimiento y peripecias. Dolía tanto que no caminaba bien, dos veces casi me desmayo del dolor, mi abdomen tenía tanta presión que no podía ni tomar agua sin sentir náuseas. Cuando llegué a casa, estaba deshidratada, no había dormido nada y sentía como si me hubieran perforado con una espada. Los detalles después...

Recuerdo que una vez me animé a tener una relación con un hombre mayor que yo. "Vale, hay que intentarlo", contesté a su proposición. Inmediatamente, dijo que se retractaba. "Yo sé que tú no estás realmente enamorada, lo sé por las palabras que usas", dijo. Según me contó tiempo después, cuando alguien se enamora se desvive de verdad, dice cosas que en su sano juicio jamás pronunciaría. Años después, descubrí que tenía razón.

Recuerdo algo que solía hacer en ciertas noches, cuando el sueño me abandonaba: me imaginaba la historia de vida de una mujer muy sola, que hacía todo lo que podía para hacer feliz a la gente pero no conseguía el afecto de nadie, como si su sola existencia fuera motivo de repudio. Siempre que pensaba en eso, lloraba.

Recuerdo mi primer día en terapia psicológica. Tenía un miedo terrible que salía de no sé dónde, se suponía que aquello era bueno. Nada salió mal ese día, sin embargo, parecía un conejillo temeroso todo el tiempo, encogida en una esquina, tanto en la sala de espera como en la de consulta. 

Recuerdo y me parece muy gracioso hacerlo... un día en que estaba hurgando en las cosas de mi mamá y me topé con una pastilla verde. La manoseé un rato y cuando fui a la sala, creí haber escuchado a mi madre decir que aquella pastilla era muy peligrosa, que si la tocabas y te llevabas las manos a la boca podrías morir envenenada. Fueron varios meses de terror en los que me lavaba las manos varias veces al día para asegurarme de que no quedara nada del peligroso medicamento...

Recuerdo un día en que llegué a la preparatoria, con mucho sueño, hacía un calor muy molesto. Vi a una chica correr hacia mí. Pensé que me esquivaría, pero en lugar de eso me abrazó con fuerza y me hizo dar una vuelta completa. Luego me pidió dinero para comprar unos dulces. No sé si haya sido una estrategia de ventas, porque sólo a mí me recibió así.

Recuerdo que una noche me venció la curiosidad y le pedí a un compañero que me diera un poco de marihuana. Me dijo que podía fumarla o masticarla, pero que de la segunda forma podía hacerme más efecto. Intenté primero fumarla, pero el humo sabía y olía terrible. Luego mastiqué lo que me quedaba. Jamás me hizo efecto de ninguna manera. Ni siquiera me causó sueño, de hecho, me dormí más tarde de lo normal. Ahora sé que esas cosas no sirven un carajo.

Recuerdo el fatídico día de exámenes en el que a mí y a unos amigos nos tocó ver un cadáver frente a la escuela. El susodicho era de un alumno al que habían tratado de robar, se resistió y le dispararon. Salimos temprano por ello. Un chico estaba bastante perturbado, yo no sentí absolutamente nada. Me vio con cierto asco cuando se lo comenté.

Recuerdo cuando era un poco más idiota y un amigo bastante cabroncete me incitó a cometer un acto de simple maldad. Tomé un montón de correspondencia de un edificio, habían recibos, una tarjeta nueva y boletos para un concierto. Los recibos los tiré en un jardín, la tarjeta y los boletos los rompí. Repito, fue un acto de simple maldad... y estupidez.

Recuerdo mucho los días en que mi padre estuvo en el hospital. En uno de ellos, yo estaba un poco resfriada, por lo que no sabía si podía pasar a visitarle. Lo hice, pero antes tuve que dar algunas vueltas por los intrincados pasillos del lugar. Cuando regresé a casa, mi garganta ardía, me dolía todo y tenía mucha fiebre. El día siguiente fue peor, deliré toda la noche y con eso se fue mi fin de semana. Luego me enteré de que en ese hospital había un piso entero cerrado por un brote de influenza, mismo por el que yo pasé. De la que me había salvado entonces.

Y recuerdo muchas cosas más, pero no quiero seguirme exprimiendo la cabeza...


sábado, 12 de abril de 2014

Si pasaba la centena...

Es muy común que la gente afirme que sus allegados posean cualidades excepcionales. Llamémosle talento. O quizá no tanto como un talento, simplemente hay algo en ellos que hace que sobresalgan en una u otra área. En ciertos casos, eso sirve bien para inflar el ego. Pero hay veces en las que resulta ser una maldición y lo peor es que las personas que no lo viven desde luego que no lo ven así. Era de esperarse que éste último fuera mi caso.

Todavía me acuerdo como si fuera ayer cuando iba a la primaria, en cuarto grado específicamente. Había terminado una tarea y me fui a jugar en la computadora, cuando llega mi hermana a pedirme un favor: tenía que conseguir a un niño para aplicarle una prueba. Ella estudiaba la carrera de pedagogía y estaban en período de prácticas, por lo que necesitaba un conejillo de indias para un test de coeficiente intelectual. "Me dijeron que tenía que conseguir un niño con altas calificaciones, pero como no conozco ninguno le pregunté a mi profesora si podía usar a una inadaptada social"... así de dulce. Como sea, ambas cosas eran ciertas: yo tenía el primer lugar en la clase, había aprendido a leer sin trabarme dos años antes de entrar a la escuela; también era el típico bicho raro que se la pasa a solas en el recreo, a quien nadie hablaba ni se le acercaba. Para no tener que soportar su berrinche, acepté.

Como dos días después la acompañé a la facultad para que me hicieran las dichosas pruebas. Pasé a la biblioteca y con ayuda de su profesora me aplicaron las pruebas. Las realicé todas sin rechistar, me estaba aburriendo bastante. No había gran dificultad en ninguna de ellas, pero se me hacían bastante cansadas. Ese día y otro bastaron para mi hermana, que una semana después me dio mis resultados. "Estás por encima del promedio. Tienes más de 120 puntos", decía emocionada frente a mis papás. Me valió un coño por un momento. Luego se dedicó a explicarme lo que significaba: yo tenía un gran potencial. Ahí me emocioné un poco. Mis papás también. Mi hermana comenzó a hablar lo que debe hacerse en esos casos, como si fuera yo de verdad un prodigio. Desde el inicio se me hizo algo exagerado que se me tratara como si fuera una genio en desarrollo, yo estaba muy conforme con lo que tenía hasta ese momento. Sin embargo, no se tomó ninguna medida especial y todo siguió tan normal como siempre.

Llegó el final de bimestre y con ello el examen. Como siempre, no me asustaba para nada. Ni siquiera estudiaba, tenía bien con las clases diarias. Cuando me lo devolvieron, se lo mostré a mi mamá. Había por lo menos dos 8. Juró que ese fue de los peores días de mi vida. Me regañó como si me hubiera drogado o matado a alguien. Decía que era imposible que, siendo yo, sacara calificaciones tan "bajas".  "¿De verdad?", pensé. Se me hacía una reverenda estupidez. Aún así, me castigaron, me quitaron el uso de la computadora y cualquier fuente de entretenimiento. Ni siquiera podía ver a mi hermano jugar. Recuerdo que estaba muy molesta, sin embargo, por donde me quejara, todos decían lo mismo, que era inconcebible el hecho de sacar un 8. 

Fue espantoso. Parecía como si ahora todos me odiaran y cualquier pretexto era bueno para que me obligaran a estudiar cosas que ya me sabía hasta el cansancio. Y entonces llegaría el siguiente examen y ahora sólo tenía un 8. Por otro lado, era la primera vez que yo obtenía una calificación perfecta en matemáticas. Yo fui directo a presumirle a mi madre, mas parece que sólo tenía ojos para el maldito 8. De nuevo me puteó, me regañó y volvió a castigarme. Terminó el año y yo terminé entre los tres mejores (no recuerdo cuál puesto). Mi mamá seguía viéndome el mal y yo ya estaba harta. Si eso era lo que implicaba ser un prodigio, no quería serlo. 

Cuando empecé el quinto año, vinieron las amenazas de nuevo: como sacara un 8, me iría al limbo. Por si fuera poco, yo empezaba a sentirme muy cansada de la escuela. Todo cuanto me enseñaban ahí lo dominaba de inmediato y me aburría a muerte. También me sentía muy triste, tuve uno de mis primeros atisbos de un problema que me acompañaría toda la vida (clasificado), además de que me sentía sola ahora que no conocía a nadie, pues ese año habían remezclado todos los grupos. Dejé simplemente de hacer las cosas. Naturalmente, ahora habían más de dos o tres 8 en mi boleta de calificaciones. Como siempre, vinieron las puteadas. Yo dejé de contestar a los regaños. Mientras me hacían preguntas, por qué no hacía esto, por qué no hacía lo otro... yo simplemente no hablaba. Mi hermana llegó a decir que quizá era autista (no alucinaba tanto: de muy pequeña yo hacía las cosas muy lento y tendía a quedarme callada por largo rato). Yo, mientras tanto, preferí no decir nada. 

Terminé la primaria con cierto éxito, no tuve problemas más graves pues en mi último año conté con varios plus para no sentirme tan desahuciada. Mas en la secundaria las cosas empeoraron. Ahora no sólo odiaba ser vista como una "matada", aquello me había causado problemas con mis compañeros y no dejé de ser más que un bicho raro. Los detestaba a todos y más aún a varios de mis maestros. Detestaba todo. Pero no dije nada. Si antes me había quejado de muchas otras cosas y nunca obtuve respuesta de nadie, ni de mi familia. Por primera vez reprobé en mi segundo año. Como siempre, a reclamar... 

Cuando cursaba el último año, me desesperé a tal punto que dejé de ir. Pedía dinero para materiales y con ello me iba a dar la vuelta al centro de la ciudad. Por primera vez en mucho tiempo, tenía paz. No más de todas esas porquerías. Pero al mismo tiempo, sabía que tenía que volver. Ya me habían reportado, ni siquiera tenía ya credencial y no tardarían en llamar a mi casa, había estado faltando por dos semanas. Cuando lo hicieron, todos me regañaron, me putearon, me dijeron de todo. Dejó de importarme. Sólo respondía prontamente sobre lo que había estado haciendo. Acepté ponerme al corriente sin ninguna queja. Mas lo volví a hacer días después. Sucedió lo mismo. Mis papás y mi hermana (ella es la mayor) me preguntaban qué pasaba conmigo, por qué estaba haciendo eso. "Qué importa lo que diga, alguna excusa para culparme se les ocurrirá", pensé. Tan sólo dije que lo hacía por inercia.

A pesar de que logré recuperarme a tiempo, yo me sentía ahora peor que nunca. Aquella cuestión secreta, más todos los problemas que cargué con la escuela y el hecho de que siguieran elevando sus expectativas sobre mí de manera tan absurda me tenían muy molesta. Estaba enojada todo el tiempo. Creo que algo en mí se fue al carajo el día que, con alegría, dije a mi papá que me había logrado quedar en la escuela con el mayor puntaje requerido. "¿Para qué pusiste ésa? Con esa no vas a poder". Ahora resultaba que ya no era un prodigio. Es decir, no antes, en ese mismo momento dejé de ser un prodigio. Pero siguió molestándome con lo mismo. Yo me sentía cada vez menos inteligente. Me hice más receptiva a muchas otras cosas, pero sentí que ya no podía aprender nada nuevo. Todo me costaba trabajo, en el bachillerato parecía que todo era muy diferente. Entre ser o no ser una genio, me quedé a medias, donde simplemente no era nadie. Pero se habían quedado con el derecho de exigirme más de lo que podía hacer. Nuevamente, quise escapar.

Mucho tiempo después, las cosas eran muy diferentes. Ya mi familia estaba ocupada en sus problemas en vez de pasar tanto tiempo sobre mí. Cuando reinicé la preparatoria, era de nuevo una desconocida. Yo sólo era una alumna promedio. Por fin era un poco más normal, como yo y todos hubieran querido.

sábado, 5 de abril de 2014

Dos días y noche de media juerga.

De alguna manera, algo en mi interior me convenció de que debía hacer ese viaje. Le dije a mis padres al día siguiente de lanzar la convocatoria el maestro y hasta ellos se sorprendieron de que quisiera hacerlo, pero a la vez se alegraron de saber que tuve la iniciativa de salir de mi caverna una vez en la vida. Yo cumplí de inmediato con la cuota del viaje, arreglé los asuntos burocráticos y el maestro me asignó un lugar para estudiarlo, porque yo me encargaría de guiar parte del recorrido. El lugar fue la Biblioteca Palafoxiana. Ya lo intuirán: iba a irme a Puebla.

Como huraña que soy, no sabía una mierda del lugar. Aunque claro, no era tan tonta como para no saber dónde y cómo buscar. Revisé libros que encontré en la red, en la biblioteca de mi escuela; mi maestro me guió en la búsqueda de material bibliográfico. El asunto iba para largo, encontré toneladas de información, entre ellas, cosas que ni siquiera imaginé que pudieran ir relacionadas al tema. Pero, como había aprendido del maestro, detrás de lo más pequeño hay un por qué enorme. Con decir que hasta usé la tesis de doctorado de un sujeto de Granada sobre los lectores de la época novohispana...

Francamente, el trabajo fue facilísimo para mí. Lo debí haber terminado en un par de días, pero lo redacté hasta poco antes del día del viaje. Habiendo concluido con mi deber, había algo que me ponía muy inquieta, bastante ansiosa. Yo tomaba clase en ese entonces en la preparatoria con un grupo bastante pequeño, era mi "último" año y casi la mitad eran recursadores. De todos ellos, quizá yo me llevaba bien con menos de cinco, por no decir que en realidad estuve sola la mayor parte de mi vida escolar. Es decir, yo era una alimaña rastrera que se ocultaba en la biblioteca en espera del gran calambre final. No siempre estaba ahí, pero por ley, siempre estaba leyendo con los audífonos puestos, escribiendo historias o simplemente aguardando a la siguiente clase. Lo cierto es que casi nadie sabía nada de mí, más que mi nombre y que era un puto fenómeno de la lectura (después de una demostración de memoria con mi profesora de inglés... que por cierto, me adoraba). Sin embargo, jamás me llevé mal con nadie y eso me permitió hacer equipo con unos compañeros para el reparto de habitaciones. Creo que fueron la mejor opción.

El día esperado, desperté luego de haber dormido como dos o tres oras. Extrañamente, no tenía sueño como en otras ocasiones. Me alisté rapidísimo y me fui con mi hermano (él también se iría de práctica a no sé dónde, se me olvidó). Llegué excesivamente temprano, algo muy acorde con mi personalidad. No había casi nadie, ni siquiera habían abierto el autobús. De hecho, aún cuando lo hicieron, tuvimos que aguardar hora y media a que un montón de bolsones y haraganes llegaran (creo que sólo faltó uno... ni modo, por pendejo). Yo estaba en constante tensión, ya que tenía un nuevo problema: desde que nací, viajar en autobús me pone muy mal. Me da náuseas y regularmente con resultados catastróficos. Pero me armé de valor y me mentalicé para no hacer el ridículo. 

Toda esa concentración fue en balde... no porque haya terminado vomitando, sino porque el autobús, como dijo mi maestro, "parecía que tenía ruedas cuadradas que luego se hicieron triangulares". Me sentí mecida en una cuna enorme y no pude permanecer despierta. Horas después abrí los ojos... y todavía no llegábamos al primer punto del viaje. Válgame...

Finalmente, por la tarde llegamos al primer lugar, Huejotzingo. De ahí tuvimos un recorrido bastante ameno y muy fructífero. Todos éramos alumnos del mismo maestro, salvo unos cuantos que fueron invitados por él y su esposa, que nos ayudó en algunas partes del recorrido. Debimos haber pasado por tres o cuatro pueblos, concluyendo el trayecto de ese sábado en Tochimilco, donde fuimos espectadores de una inolvidable luna llena, sentados en la plaza con la enorme fachada de la iglesia frente a nosotros. Hasta ese momento, me había olvidado de todos los casi desconocidos que me rodeaban, lo estaba disfrutando en grande. Jamás me arrepentiré de haberme atrevido a hacerlo después de esa preciosísima noche...

(Normalmente colgaría aquí un registro fotográfico del viaje, pero la cámara de mi teléfono era muy cutre y la única decente se la había llevado mi hermano. Y en mi casa, a la vuelta, todos jode que jode porque no tomé ninguna foto... qué chistosos.)

Aún era temprano, pero el maestro prefirió que fuéramos al hotel para mañana seguir con el recorrido. Como es de esperarse, de camino a tal lugar, todos iban haciendo un escándalo con la música de celulares. Yo me fui hasta el frente para huir del barullo. Realmente no me molestaba tanto, pero ya tenía yo la costumbre de estar al frente en las clases. Llegamos, completamos nuestro registro y todos fueron a dejar sus cosas a sus habitaciones en completo orden. Yo me quedé con unos compañeros y decidimos ir al centro de la ciudad a cenar. Debo mencionar que ese día la catedral estaba bellamente iluminada... hubiéramos comprado algo más acorde con esa bohemia noche, pero como era de esperarse, todo estaba a reventar y nadie quería seguir tolerando el hambre, así que pedimos unas pizzas que comimos ahí mismo, cuando tuvimos oportunidad de tomar unos lugares. Yo, bien tranquila, comiendo mis rebanadas; los demás platicaban de sus cosas, todos se conocían. Intercambié pocas palabras con ellos. Sin embargo, para nada fue algo hostil.

La cosa se pondría diferente al volver al hotel. En el camino de vuelta, nos topamos con unos tipos. Uno de ellos era un sujeto medio raro, de aspecto desaliñado, que siempre gritaba y hablaba de música y cine underground, filosofía para juniors, etc. "Hipster", pensé. En realidad el tipo no era malo, pero tenía algo que me causaba cierta inquietud... como que siempre que yo tenía que hablar se me quedaba viendo como si fuera un espécimen en peligro de extinción. Junto a su amigo (más normal que aquél), nos propuso que fuéramos a una tienda cercana a comprar algunos refrescos y botanas. Por un momento pensé que sería una velada inocente de cuentos de terror y otras pijerías... cuando veo que, con un pie en nuestra habitación, aquellos cabrones habían sacado botellas grandes de alcohol. Me imaginé que esa noche sería tal como dicta la sabiduría popular: alcohol, drogas, sexo (no hubo nada de las últimas dos, o si las hubo, no me enteré... y francamente no me gustaría saber). Para mi sorpresa, nuestros huéspedes resultaron ser unos tipos tranquilos. Después dos chicas de una habitación cercana se nos unirían, todos o la mayoría estábamos en la misma clase, lo que lo hizo más llevadero.

Yo me mantuve al margen, bebiendo unos vasos de refresco sin alcohol y observando a todos discutir, bromear, pelearse y haciendo monerías. De vez en cuando me reía mientras revisaba mis notas, pues mañana me tocaría a mí guiar el recorrido. De pronto, el sujeto desaliñado me llama: "¿no te gusta tomar?" Yo dije que no. Su amigo me invitó a probar sólo un poco, pero me negué. El primer tipo empezó a hablar de lo extraña que yo era. "¿Por qué nunca hablas con nadie? ¿Por qué siempre estás sola? Parece que nunca sientes nada". Yo sólo seguí diciendo que no y que era su imaginación. Él siguió hablando después con su compañero acerca de mujeres, cosas del corazón y eso. Empezaba a alzar la voz, claro indicio de su incipiente ebriedad. Me sobresalto cuando me pregunta: "¿tú nunca has hecho una estupidez por amor?" Yo sólo contesto que no. Esperé un rato y dije: "no soy de ese tipo de personas". Yo pensé que iba a levantarse, ir por mí y arrojarme por la ventana cuando exclamó "¡¿qué?!", pero luego se calmó un poco y continuó. "Es imposible, quien no hace una pendejada cuando se enamora es porque no siente nada en realidad. Una vez, una novia que tuve me llamó en la madrugada. Dijo que no podía dormir y que quería dar una caminata nocturna. Yo salí de inmediato y fui por ella a su casa". "Pues no sé, es que yo no siento algo así. Supongo que no soy así, no soy muy detallista", le respondí. Ya después entendí a qué clase de sentimiento se refería (ver entrada anterior, que me da flojera poner link). 

Curioso cómo sólo él, empezó a preguntar cosas sobre mí. Qué música escuchaba, si leía o no, si me gustaban hombres o mujeres... yo respondí breve y concisa a sus preguntas. Miró la hora y se sorprendió de que fueran las 3 de la mañana tan pronto. "¡Ya córrenos para que te dejemos dormir!", dijo sonriendo. Yo sólo respondí que no me molestaba (en aquel entonces, yo dormía a las 2 de la mañana y despertaba puntual a las 9... más los malditos domingos en los que mi mamá me despertaba aún más temprano). "Te vas a morir a los 40", me advirtió medio risueño. "No creo". Su amigo le dijo que se fueran de una vez porque ellos también debían guiar una parte del recorrido. Antes de marcharse, empleados del hotel fueron a inspeccionar que no tuviéramos nada raro en la habitación. No hubo problema: alguien escondió las botellas detrás de las cortinas. Finalmente, aquél par tan raro se marchó. 

Dejaron huella esa noche. Es decir, la mesita de centro hecha un asco. Además, otros dos tipos estaban discutiendo (ebrios, claro). Todos se fueron a dormir menos yo, que seguí despierta hasta media hora antes de la hora del desayuno; aproveché ese tiempo para darme un baño. En mi estupidez, me quedé dormida y al momento en que nos llamaron al desayuno, no podía ni siquiera levantarme. Mis ojos ardían horrible. Tomé unos minutos para desperezarme y bajé al desayuno. No había nadie que no tuviera resaca, o al menos no vi a nadie en buen estado (los tipos de ayer seguían ebrios), excepto al maestro y a su esposa. Terminado el desayuno, todos nos desplomamos en el autobús para seguir el recorrido. Yo tampoco soporté el sueño.

No duró mucho mi siesta porque la mayoría de los destinos siguientes se encontraban en el centro de Puebla. Me tocó primero a mí. Como era de suponerse, estar en la biblioteca era diferente a verla en fotografías. Me tomé unos minutos para localizar los elementos del lugar que había estudiado previamente e hice mi presentación. Según mi maestro, estuvo perfecto. Tan perfecto y con tantos detalles que ni siquiera tuvo que apoyarme él o los guías oficiales, que en otras ocasiones habían intervenido en favor de otros equipos (yo decidí hacerlo sola). Después de esas alabanzas, estaba que no soportaba el cansancio. El resto del día se nos fue muy rápido en la ciudad. Salimos de ella para visitar un par de lugares más y nos embarcamos de regreso al DF.

Mi cuerpo estaba destrozado, pero me sentía muy bien al respecto. Después de semejante fin de semana, sentí que había dado un paso enorme. Desde ese día, fui acercándome un poco más a mis compañeros... quizá no tanto para juntarme con ellos siempre, pero al menos ya nadie pensaba que era un fenómeno extraño. Excepto el hipster, que creo que se le quedó la espina de conocerme a fondo, pero jamás hizo un intento directo y por tanto nunca le volví a poner mucha atención. Creo que ese viaje es uno de mis recuerdos más felices.

Primavera sabor de moras.

En el pasado, en la primera edición de este blog para ser exacta, en las últimas entradas que aparecieron antes de ser incluidas en mi archivo permanente, se vieron desplantes de tristeza y de un débil enojo, atribuidas a una situación muy triste de la que, por ciertas precauciones que evitarían molestias a los involucrados en la historia y para no seguir pensando más en aquel suceso, no se hicieron descripciones tan precisas y evité no volver a mencionar el suceso en público. Las cosas que sí fueron escritas no pasaban de ser referencias mordaces que intentaban en vano hacer sátira de lo sucedido, haciendo parecer que aquello fue un episodio gracioso, digno de ridiculizar... cuando para nada fue así. Con ello sólo logré transformar mi vida en un mal chiste que ni siquiera yo tragué y, si por alguna razón fue visto en algún momento por la principal involucrada, lamentaría mucho las molestias causadas. Pero lo hecho, hecho está y quién sabe si mis excusas serán leídas algún día por esa persona.

Mas de lo único que no he mostrado arrepentimiento es de una carta publicada aproximadamente el 30 de mayo de 2012 en la primera edición del blog, donde expresé primeramente las sensaciones amargas de aquel momento. Actualmente, dicha carta permanece oculta (a petición de personas que le dieron el visto bueno y porque me pareció que habría sido muy hortera al borrarla), esperando el día en que pudiera ser publicada junto con otras notas que tengo por ahí dispersas. Nuevamente, ignoro si la carta fue leída por su destinatario (que para nada la contacté, porque no pude y no quería ser un incordio saqueando bases de datos para hallarla; ya había hecho demasiados desmanes), cuyo nombre figura clarísimo en el saludo y era muy fácil de identificar por un círculo un tanto amplio de personas. 

He de comenzar diciendo que ésta no fue la primera vez que me sucedió algo así. Ocurrieron cosas similares hace ya varios años, cuando yo no era lo que debía. Dicha historia nunca fue publicada y aún espero un momento amable para hacerlo, por las mismas razones. Lo que ambas situaciones tuvieron en común fue algo que, para mucha gente, es ridículo, una sensación pasajera. Y esa sensación no es otra que el amor a distancia. Recuerdo que hace mucho tiempo, un compañero de escuela me contó de su experiencia en aquel campo y yo, ingenuamente, le dije que aquello eran puras tonterías. Con el tiempo y las dos experiencias que tuve, descubrí que la sensación es real y que no necesariamente se sustenta en una condescendencia o en una "inexplicable" atracción emocional, ni que fuera por ser muy fotogénica... sin duda ahora pienso que enamorarse a distancia es algo que ocurre, pero entablar una relación de esta manera, eso es otra cosa. En mi caso, mi comportamiento errático en un principio me causó grandes problemas y, después de andar dando tumbos, arrepintiéndome de muchas cosas y volviendo a asumirlas como mi responsabilidad, aquello se consumó. No duró demasiado, quizás nada y quizá sólo yo le vi el sentido. Pero fui muy feliz, aún si hubieran sido segundos, fui muy feliz.

El mes de mayo, hace dos años, encontré casualmente a una mujer. Se llamaba María (quienes tenga memoria buena y hayan pasado de casualidad por aquí hace un par de años sabrán quién es) y me causaba una sensación extraña su mirada, pensé que quizás la conocería de antes, pero cuando vi que no estaba tan cerca de mi ciudad, me convencí de que eran meras alucinaciones mías. Quise conocerla y pasaron unos días antes de que conversáramos por primera vez. En aquellos tiempos, me encontraba preparándome para un examen importante y aquello me sentó muy bien para no sufrir un derrame entre tantas fórmulas y conceptos que a medias entendía. La primera fue una conversación bastante común, que terminó en poco tiempo. Normalmente, con lo huraña que soy, lo hubiera dejado en eso, en una plática simple y banal... pero algo me convencía para que no fuera así.

Los días siguientes pasaron un poco lentos para mí. Mi padre llevaba unos días yendo al hospital donde mi abuela convalecía. Todos esperaban a que le llegara la hora, habían sido 92 años de vida variopinta. Yo también lo sabía y por ello intenté no hacer mucho ruido al respecto. Seguí con mis estudios y cada día esperaba a que ella volviera aunque sea por un momento. Me sentía extraña esperando todos los días por alguien con quien, en apariencia, no tuviera mucho en común. Que platicáramos de cosillas tan simples me daba un gusto enorme. Miré sus trabajos fotográficos y me habían encantado, a pesar de ser tan dura de mollera yo para el arte visual. Creo que en esas fotos se escondía algo, algo que al mismo tiempo era renegado. También me sorprendí de verme platicando con alguien cuyo perfil normalmente encaja en personas que no son de mi agrado: parecía siempre triste y le costaba bastante aceptar lo bueno de su persona. Pero por alguna razón, no quise irme.

Yo soy pésima para dar consejos. En mis relaciones interpersonales no doy una, casi siempre estoy sola y amigos buenos muy pocos. Yo lo he sabido desde siempre y a pesar de eso, estaba haciendo un intento por encima de mis capacidades de interacción social. Intenté tímidamente darle mi apoyo moral. Traté de no portarme tan plasta como siempre, no quise ser tan agresiva verbalmente como era con mucha gente. María me parecía tan... especial. Tenía una singularidad... inusual. Cuando platicaba con otras personas de confianza, siempre la mencionaba. Por algo la veía en todos lados. Y cuando no tenía la intención, la mencionaba. Cuando yo lo noté, miré a los ojos de su foto y mi corazón se estremeció: me estaba clavando. Me asustaba mucho eso, porque yo sabía lo mal que podía acabar. Sentí mucho miedo de lo que podría pasar; tanto miedo tuve que por un momento pensé que ya no debía seguir contactándola y me oculté. Eso fue bastante idiota, porque por más que yo quisiera ya no saber de ella, todo el tiempo le contaba a la gente de sus maravillas. No soporté y volví. Di una excusa ridícula y esperé a que todo siguiera como antes.

Posteriormente, aquello me hizo sentir una culpa terrible. Estaba actuando muy estúpidamente y seguramente había quedado como una demente. Pero me prometí no volver a hacerlo y seguir mi instinto. Tenía un presentimiento: aquello no debía terminar tan mal si no quería. Sin embargo, tuve que decidir qué hacer en base a lo que sentía.

El sentimiento era muy fuerte para ocultarlo. A pesar de eso, tenía una cosa clara: pasara lo que pasara, no era necesario el compromiso. No me interesaba ser correspondida, no quería que se me reconociera por nada. Sí, ésa fue la primera vez que sentí lo que es preocuparse genuinamente por alguien. Dejaron de importarme las múltiples inconveniencias de lo que se estaba gestando en mí. No quería algo así, yo quería dar mi vida por alguien. Veía a María tan mal y no soportaba la idea. Yo no sería su mayor amiga o confidente en esos momentos, pero quería hacer algo; mis consejos eran un asco, pero quería que supiera que así, débil, tonta y cobarde, me tendría allí para apoyarse, prometí nunca dejarle en desamparo pese a la distancia. Muchas veces sentí que no fui lo suficientemente clara con eso, me quedé con las ganas de decir eso y mucho más. 

Falleció mi abuela y fui a su funeral (que fue inmenso, ya después haré una crónica de lo ocurrido allí). Con una carga menos, tuve que seguir preparándome para mi examen. Esos días seguí platicando con María. Me causaba inquietud el hecho de que siempre se mantenía distante. "Si no me agradaras ni siquiera hablaría contigo", me dijo una vez que lo expresé. Me animé un poco. 

(Nota: durante lo narrado en el siguiente párrafo, cabe resaltar que conocí a un dibujante que fue mencionado ya en esta entrada en el punto 4. Ahí se menciona brevemente lo que hizo, que resultó ser su sentencia de muerte. Gracias.)

Ignoro cuántos días habían sido desde que empecé a platicar con ella. Cada día que seguí aprendiendo de ella fue sensacional. Me había encantado su sencillez, su sensibilidad increíble. Y no era nada fea, he de decir. Para nada lo era. Un día, empezó como todos. Estudiaba, la esperaba y platicábamos un poco. Esa noche fue muy... singular. Aún pienso en ello y no me creo lo que hice. Había mencionado que no quería nada, ¿cierto? Aquella noche creo que estuve por romper la regla cuando no pude más y esperé a que al menos eso pudiera ayudarle. Las cosas estaban muy mal para ella. Había dicho que no podía más con un problema muy serio para ella (classified). A muchos parecerá ridículo que yo me preocupe tanto por alguien que está tan lejos, pero para mí fue muy doloroso. Respiraba de la misma angustia. Cuando dejó de responder, supe que era peor que nunca. No sé cómo salió aquello al final, pero de la vorágine de desesperación que azotaba en mi corazón, sustraje mis sentimientos y, como si fuera a ayudarle en algo o si pudiera salvarle con eso de su dolor, dije: "yo te amo Y... yo te necesito". Pensé que me daría un paro luego de decir eso. Pasado un rato, ella contestó, diciendo que se iba a dormir, soñar. Fue sórdido. Se fue, yo no dormí hasta horas después.

Al día siguiente, seguí sin creer lo que había dicho. No quería que aquello se volviera un problema y sentí miedo otra vez. Pero no quise dejarme llevar otra vez. María llegó y le pregunté cómo se sentía, parecía que ya mejor. Fue más amena la charla sobre su problema y creo que fue incluso tranquilizante. Me regaló una foto de hacía un año, que desafortunadamente perdí cuando me mudé y dejé la computadora. Yo, siempre tan bestia, tuve que preguntar lo que pensó de la noche anterior. No me quedó muy claro, pero no hubo ningún problema.

Es un tanto difícil reconstruir toda la historia. Mi memoria falla y no cuento con archivos al respecto por culpa de un arranque. Pero recuerdo que no fue mucho el tiempo que pasó cuando rompí la regla. Sí, se lo propuse. Pensé en mi locura (era muy pronto y hasta yo lo sabía) que tenía la oportunidad de algo bueno. No sé, simplemente lo pensé. Estaba muy emocionada ese día. No supo qué decirme, más que sentía algo muy lindo. Me sugestionó bastante. Pensé que estaba en lo correcto, a pesar de que me pidió tiempo. Si con eso no fue suficiente, mis estupideces aumentaron en intensidad cuando le pedí que olvidara mi propuesta. ¿Razones? Miedo. Como siempre tan blandengue...

Lo que me tuvo peor en ese momento fue que mi examen estaba muy cerca. Creo que mi declaración fue un viernes o sábado, el lunes sería la gran prueba. Estaba tensa, en mi casa todos lo sentían. No dormía bien, sudaba más de lo normal y ya casi no salía de mi cuarto. Estudiaba aún más que antes, pero parecía que no se quedaba nada en mi cabeza. El domingo fue de lo peor. Lo de siempre, día de mierda (odio los domingos desde que nací), calor espantoso, comida cutre... el último día de estudio y pensé que iba a colapsar. Le oculté mi estado a María, quién sabe si lo haya notado. Ella se fue a dormir. Yo estaba muerta en vida. Me acosté a la hora usual, pero el sueño no llegaba. Seguía pensando en el examen, en ella, en mis estupideces. Tenía que hacer algo. No dormí un coño. A la mañana siguiente incluso la saludé antes de que se fuera. Yo fui a mi examen al mediodía. Pude resolver el examen en menos de una hora (no lo hice a lo tonto, que conste), pero tardé más que eso en volver a casa. Tomé una determinación: ya no debía hacer estupideces. Debía decidirme de una vez, dejar de dar tumbos, dejar de ser sólo un maldito incordio. Llegué a casa, comí a gran velocidad (yo de por sí devoro lo que veo) fui a esperarla. Me saludó como siempre, yo igual. Y me preguntó cómo me fue en mi examen. "Fue media hora de examen y otra hora de pensar en ti, ¡te amo, de verdad te amo!" Mi corazoncito casi estalla mientras expulsaba todo lo que sentía. Dije cosas que pensé que no podía. "Eres la mujer más maravillosa del mundo, adoro tu sensibilidad..." y no sé cuánto más dije, rematando con la propuesta que hacía unos días le pedí que ignorara: "¿quieres ser mi novia?" Por su reacción, pareció que le conmovió bastante. Yo no sé... supongo que los hechos hablan mejor que yo.

Pensé que me iba a desmayar. A pesar de que no percibí mucha seguridad en sus palabras, aceptó. Qué más daba el miedo y todo lo demás, tan sólo un "sí" resonaba en mi mente. Tenía una corazonada. Mas aquello no duró mucho y jamás supe por qué.

Creo que al menos una vez en la vida hay algo que nos cambia, que nos zarandea y al mirarnos al espejo ya no somos iguales. Quizá aquél fue mi momento, porque no me siento la misma. Si habrá sido para bien o para mal el cambio, no sé, pero sí hay cosas que son diferentes. Pasó un poco de tiempo hasta que conocí a mi actual pareja, con quien vivo hoy en día. Los días que siguieron desde que perdí el contacto con María fueron muy malos para mí. De pronto, ya no era mi único problema y el mundo se me vino encima. Francamente, nunca había llorado así por alguien. Digo, suena ridículo y lo sé, quizás hasta enfermizo, pero así pasó. Pese a no haber entendido nada, pese a haber sentido enojo alguna vez, pese a todas las tonterías que dije en esos tiempos... nunca me atreví a pensar nada malo de ella. Simplemente no creo que sea así. Y realmente no me molesta pensar en lo que ocurrió. Y finalmente, creo que saber o no saber dejó de ser importante.

Incluso, cuando conocí a Mickey (alias Mikaela H.) y éste deliberadamente empezó a decirme mentiras sobre ella (incluso dijo que quería hacerle daño y casi me convence), no quise entrometerme más. Sabía que mentía y pude haber hecho algo, pero es un tipo demasiado idiota y cobarde para hacerlo, además de que eso sólo hubiera causado más problemas. Supe después que había hecho más cosas, junto a otra persona (ver enlace anterior y adivinar), pero igual decidí no hacer nada. Tengo la firme creencia de que la gente confía en que sólo soy lo que la gente ve en mí y no lo que les cuentan los terceros. Si después quise averiguar qué había sido de su vida, eso es cierto sin duda. Esperaba enterarme que todo iba viento en popa para ella. Ya lo dije antes, me preocupaba por ella. Actualmente no sé qué haga o cómo le vaya, pero confío en que, de alguna manera, las cosas hayan salido como debían salir y que nadie haya cometido un error. 

¿La carta? Ahí sigue. Doy fe.

lunes, 31 de marzo de 2014

Por una vez, al borde del final.

Difícilmente podré conciliar el sueño esta madrugada. No he dormido nada desde ayer y por la tarde pensé que mi cabeza iba a estallar. Dormí una siesta muy corta y el sueño desapareció. Tan sólo espero resistir el golpe cuando amanezca...

Puse una canción y me llegó una sensación extraña. Recordé mi velada de la noche anterior. Había revisado un montón de archivos, mensajes, fotografías, videos... me llegó una sensación muy extraña, como de calidez, pero un poco lúgubre a la par. Ahora me acuerdo y es como si viviera de nuevo esos momentos. Que sí, ahí habían muchas putadas malsanas que alguna vez hice, pero hubieron también muchas cosas gratas. Extrañamente, hubo una situación que no fue registrada en ningún lado, por la simple razón de que nunca lo conté de cabo a rabo. Sólo llegué a mencionarla a unas cuantas personas. Allá va, pues...

Me levanté como si nunca hubiera dormido. Estaba como esos días en que todo molesta... lo peor era que ya había prometido que iría a la escuela tan sólo a ver cómo ensayaban unos sujetos para un baile (que no sé por qué coño habría un evento así en una escuela como en la que iba). Un amigo me llamó el día anterior, preocupado porque no había ido desde hacía muchos días. ¿Razones? Acababa de pasar por una ruptura amorosa, me la pasaba perdida en otros lados; deambulando, en casa de escasos amigos, peleando conmigo misma porque, después de ese fracaso, empezaba a tomar conciencia de que alguna parte de mí estaba fuera de lo normal...

Quizás fue el día en que nadie me vio enojada. Desde hace meses lo había estado. Pero cuando llegué al ensayo, me sorprendieron las caras de mis amigos. "¿Dónde habías estado? ¡Qué milagro!" "¿Por qué no has entrado cabrona? Ya nos dieron las nuevas credenciales." Qué raro fue ver que, aquel par de muchachitos que salían por patas al campo de futbol antes de que llegaran los profesores se preocuparan de cosas como ésas... y por mí. Preferí no decir nada y me senté a observarlos. Aparte de ellos, con nadie más hablaba. Ese semestre estuvo plagado de gente desagradable.

Si acepté ir a verlos fue porque ya me habían insistido mucho para que me apareciera por ahí. Pero la sola idea de estar cerca de la escuela me daba terror, menos mal para mí que el ensayo fue en un parque cercano, poco conocido por los demás alumnos de mi escuela por hallarse escondido a unas cuantas calles de ahí. Tan sólo me tocó ver a dos de mis compañeros; poco me importó, aquellos eran buenos tipos. No hubiera tolerado que me viera nadie más. Estaba harta de todo, de esa gentuza, de vivir asfixiada... cabe mencionar que, el año en que entré había sobrepoblación en el plantel y pasó algo muy curioso: era la única mujer ahí. Todos los demás, hombres. Jamás me sentí tan agobiada. Y conforme se acercaba la hora de la primera clase y el ensayo se volvió más una algarabía, me sentí peor. "No quiero regresar. No puedo..."

No lo hice. "No puedo, de verdad no puedo. Aún tengo muchas cosas en la cabeza". Mi amigo no entendía, pero supuso que de algo importante se trataba. Aún así puse a Karla de excusa y me fui. No recuerdo bien qué hice toda la tarde. Estoy segura de que no quiero recordarlo...

Al día siguiente, perdí contacto con mi cerebro. Sólo podía pensar en la vergüenza, el hastío. Todo era normal en casa. "Lo estás haciendo mal otra vez", pensaba. Pero nadie se había dado cuenta de lo que hacía y cada vez era más peligroso faltar a clases. Ya no tenía a nadie con quien pasar las tardes, no tenía dinero y definitivamente ya no podía hacer nada para salvar mi promedio. Hubiera sido más fácil confesarlo y esperar la reprimenda (ya me había pasado y había encontrado la fórmula para no sufrir). "Algo está mal conmigo. Algo está mal desde el día en que nací. No soy normal". A eso se debía mi sufrimiento de los últimos meses. "No es sólo un algo, es todo, todo está mal conmigo". Ya no pude pensar en otra cosa y salí rumbo a la escuela... a pie.

Una de mis habituales quejas en esa temporada del año (primavera) es el calor. Odio el calor, me jode a niveles estratosféricos. Ese día ni lo sentí. Sólo habían disparates en la sopa primordial de mi cabeza. Cuando no faltaba mucho para llegar, tenía sólo una cosa clara: "hay que terminar con esto". Ese día, nadie me vio. No supe otro lugar al cual ir. Caminé mucho, más de lo que había caminado en años. Hacía mucho tiempo que no estaba tan segura de algo: tenía que terminar con todo de una vez. Me quedé hasta tarde esperando el transporte. Me aseguré de que nadie de la escuela me viera y tomé uno de los últimos que salieron. Fingí que dormía en el asiento de atrás mientras me daba cuenta de que ya había dejado atrás mi casa. Esperé un poco más; odiaba ya estar en mi propia casa. Dejé el transporte poco antes de que terminara su recorrido y regresé caminando a casa. Encontraría sorpresivamente a mi madre y a mi hermana. "Me quedé dormida en el camión", inventé. No hubo problema con ello y fuimos a casa. Estaba brutalmente cansada. No comí mucho y me fui directo a la cama, sin olvidar lo que iba a hacer...

Ignoro por completo a qué hora desperté. Ya no habían luces encendidas. Me cercioré de que no había nadie despierto. Tomé un reproductor de música y unos audífonos. Si lo iba a hacer, necesitaba distraerme del dolor para no acabar arrepintiéndome. Tenía que hacerlo de un solo tajo en cada lado. Ya había estudiado cómo. Fui a la cocina por la herramienta y luego me encerré en el baño. Me miré a los ojos por un momento. "Mira lo que vas a hacer. Carajo, ya debes estar demente"; me pareció bastante divertido pensar eso. Lo único que me hacía sentir mal era el desastre que iba a hacer, seguro mi mamá se cabrearía bastante al verlo. Me pregunté cómo sería el día siguiente. ¿Cuáles serían sus reacciones? No planeaba dejar algún mensaje. A mis hermanos tal vez no les importe mucho, tampoco a mi padre. Quizás mi mamá se asuste. Cualquiera, creo yo. Busqué algo de Alice Cooper en el reproductor y me detuve antes de reproducir. "Quizás... mañana sea un día mejor. Quizás mañana entienda qué es lo que está mal". El sueño volvió y regresé a la cama.

Toda la mañana sostuve una sonrisa extraña. Ese mismo día todos se enteraron de lo que había estado haciendo. Se dijo de todo sobre mí, pero dejó de importarme. Tenía que dejar la escuela ahora. Me sentí muy feliz. Ahora tenía todo el tiempo del mundo para comprenderlo...

viernes, 14 de marzo de 2014

Las Joyas de la Familia: una historia de maldad, irresponsabilidad y soberbia.

Es curioso cuando pienso en mí sentada en la cama poniendo canciones de The Ting Tings y escribiendo esto. Porque precisamente hace unos minutos, me he puesto a pensar: nadie creería que una persona de carácter tan claroscuro como yo escucharía algo como eso. Yo por mucho tiempo fui fan del metal en sus variaciones más extremas, pero con el tiempo fui cambiando a un matiz muy diferente. Sin embargo, yo cambié más lento que mis preferencias. Pasaban los años y la gente seguía preguntádose si yo era "normal". En la escuela, en la casa y en la red, todos me jodían con lo mismo.

No les culparía si les viera las caras ahora mismo. Lo cierto es que sí me comporté como una cretina por mucho tiempo, de ello hay muchos testigos. Sin embargo, en muchos de estos casos los abusos cometidos contra ellos fueron justificados. Ciertamente jamás he molestado a alguien que no lo mereciera. Dedico esta entrada a aquél grupo de delincuentes, pendejos, gandules, abusivos, malnacidos, farsantes, perdedores, degenerados... ¿parecía que esto era una redención? No. Es el desfile de atrocidades de un grupo de sujetos que, por su relevancia, maldad, o simplemente porque eran unos cabrones por encima del promedio se han ganado un lugar entre la lista de mis peores enemigos. 

Con esta entrada abro una nueva categoría en este sitio, donde albergaré las historias de estos impíos, de malas pasadas, de rivalidades sin final (o con un final insatisfactorio) y de todos esos sentimientos enfermizos que desarrollé en esos días de justas casi diarias. Comenzaré con las descripciones generales de estos sujetos. Algunas pueden parecer graciosas, otras... también, pero se involucraron en aspectos muy serios de mi vida (y claro, por eso están en la picota). Basta de preámbulos:


1.- Alex Hernández, "el Jiote". Detrás de un sobrenombre tan rastrero, debe haber una persona rastrera. Ése es Alex, un tarado que habitó por varias partes del Estado de México. Se autonombra músico, pero si lo llegan a topar, que no les vea la cara, porque no sabe un carajo. Lo que se dice un carajo. Aparte de no saber una mierda de música, no sabe una mierda de nada. Es estúpido, no como una piedra, es estúpido como... coño, no creo que haya algo más idiota que una piedra, salvo él. Lo avisté por primera vez en un chat y me fui ganando su admiración y respeto, no con mala intención. Me recordaba a mí en mis peores momentos y por eso fui ganando cierta empatía hacia él, hasta que, atando cabos, me di cuenta de que la mayoría de las hazañas que me contaba (sexo a edad prematura, mujeres que le enseñaban los pechos por webcam, entre otras cutrerías) eran falsas y fui desentrañando su verdadera identidad: la de un perdedor. Fueron varios años en los que le sometí a tortura psicológica, hasta que decidí parar por lo insatisfactorio de los resultados.

2.- Marisol... o Maribitch, Mariperra, Marislut, etc. Todos, títulos ganados a pulso. No por promiscua (aunque sí lo era y mucho), sino por chocante, enferma y obsesiva. Cuando me encontraba recuperándome de un grave período de crisis emocional durante mi reinicio de la preparatoria, frecuentaba un chat; una sala en específico donde nos solíamos reunir un grupo de amigos de varias partes del país. Un día aparecería esta chica de Chihuahua y armaría un borlote acusando a una amiga de haberle querido quitar a su novio. Luego de ello, se volverían enemigas y con ello, enemiga mía, a pesar de que le trataba con respeto por el hecho de no haber sido yo la ofendida. Pero, como si se tratase de una esquizofrénica paranoide, después empezaría a acusarme a mí de cuanto desvarío se le ocurría, para después pedirme perdón y jurarme lealtad total. Por esa actitud tan perturbadora y chocante, se ganó mi odio legítimo, que culminó con una cruel broma que la expuso frente a muchos de sus compañeros de escuela, amigos y familiares. El registro de dicha broma aún existe y cuando el tiempo sea amable, volverá a ver la luz.

3.- El Misterioso Hombre Cangrejo. He de contarles que yo alguna vez fui pseudoactivista comunista, pacifista, antinorteamericana, antifascista y cuantas subespecies puedan enumerar. Cuando mis creencias a ese respecto habían adquirido firmeza, tuve el infortunio de toparme con un ser que se autodenominaba "El Enemigo de Dios", quien parecía ser una fuerza completamente opuesta a mí. A pesar de que yo era atea y antiteísta (hoy sólo atea), dicho personaje resultó de lo más desagradable: era como un Eric Rudolph, pero ateo (impredecible el hombre) y sin bombas. No hubo muchos días tranquilos para mí desde ese entonces. Ya sea que él me buscase o yo a él, sendas discusiones con insultos, desfachateces y humillaciones al contrario se desataron cada vez que nos veíamos. Sin embargo, llegó el momento en que se volvió un deporte y terminábamos como una extraña pareja de amigos. Un día dejó de aparecerse y hasta la fecha no he hallado ni un rastro de él. ¿El nombre? Es por una serie de televisión, My name is Earl... sólo se me ocurrió, pues.

4.- Hunk Dorlian, o simplemente Trollencio. Me emocioné mucho el día en que hallé a una persona que solía, junto a un equipo de artistas amateur, dibujaba un manga que me gustó mucho cuando tuve doce o trece años. Al mismo tiempo, estaba enamorada de una chica que pasó por problemas muy serios justo ese mismo día y que yo trataba de animar un poco. Cuando el dibujante comenzó a interrogarme, se sorprendió mucho de tener una fan tan joven como yo, siendo que él manga estaba dirigido a otro público. ¿Lo malo? El sujeto se clavó conmigo y empezó a hacerme piropos, tratando de ligar conmigo. Yo estaba tan metida en la situación de mi chica ideal que le ignoré por un buen rato hasta que se volvió necio como un puto burro, además de que empezaba a hablar de sexo y todo lo que le cabía en esa cabeza depravada suya. Fue menester decirle que no quería nada con él, que estaba fijada en alguien más. Se convirtió en un hijoputa ipso facto y me pidió que le mostrara una foto de la mujer en cuestión. Ahí fue cuando hizo algo que me encabronó a niveles estratosféricos: meterla a ella en sus perversiones. Ocupada como estaba en María (nombre uno) decidí no hacerle ningún escándalo fuera de pedirle respeto hacia ella... pero había decretado en silencio que se había convertido en mi presa. Ya después sabrán el resultado de la cacería...

5.- Mickey, alias Mikaela H. Mickey ha sido, por mucho, el peor entre los peores. Decidí elevarlo a la categoría de archinémesis por todo el hijoputismo galopante que desprendía cada vez que aparecía. También ha sido el único que me jodió de manera casi directa y sospecho que él estuvo detrás de un episodio muy triste en mi vida, ambos relacionados con la chica que mencioné anteriormente, María. Dado lo cabronazo que fue Mickey como para pasar desapercibido ante mí por un buen tiempo, ganarse la confianza de tanta gente que estaría dispuesto a respaldarlo y las molestias que podría causarle a María por divulgar tan abiertamente su historia, muchos de sus detalles he decidido reservarlos para mostrarlos a la luz cuando el tiempo sea más amable. De Mickey puedo decir que se hace pasar por otra persona, derivado de una enfermiza obsesión. Miente bastante, de ello puedo dar fe porque incluso hay textos que desmienten muchas cosas que él me dijo cuando empezó nuestra enemistad. Sin embargo, tuvo la astucia de rodearse de gente a la que le ha hecho creer que es una persona buena y sin malas intenciones. Muchas de las pruebas que tengo sobre él son meramente circunstanciales, lo que hace más difícil y riesgoso completar una acusación contra él. Mientras pueda haber gente que niegue lo que he escrito aquí, yo me rehúso a retirar mis sospechas.


Habiendo terminado este listado, juro que la sección no morirá así como así y traeré a la luz de la historia los hechos detallados sobre todos y cada uno de estos seres (todo a su tiempo, claro). Si por pura casualidad alguien leyera esta entrada y reconociese a alguna de las personas descritas aquí... bueno, no tengo que decir nada sobre lo que pienso actualmente de ellas. Ya será luego, en mejores tiempos...

 

miércoles, 12 de marzo de 2014

El amor en tiempos del boliche.

Hoy desperté con hambre. He de anotar que no he dormido mucho desde que tengo de nuevo una computadora a la mano. Sin embargo, toda esa sobreestimulación me ha hecho bien a nivel creativo, pues de pronto llega a mi memoria la historia de una mujer, de una buena pero temperamental mujer con la que compartí un mes de mi vida (o dos semanas, porque a la primera se fue de vacaciones al culo del mundo). He aquí los detalles de nuestra curiosa trayectoria sentimental.

Su nombre era Karla Copito (claro que no se llamaba así, no jodan) y asistía a una escuela privada en el momento en que la conocí. Debía tener 1 o 2 años menos que yo, no me acuerdo, pero sí me acuerdo de su bombo hermano de 12 años... creo. El caso es que, en medio de una crisis emocional-existencial decidí no ir a clases para ir a lo de un viejo amigo, un frikazo hijo de puta con quien pasaría un mes malinfluenciándome en lugar de atender mis deberes. Dicho sujeto me comentó que, en una salida con mi hermano (quien antes era su compinche) y su novia de ese entonces habían terminado en casa de una chica que le había gustado mucho. Por mi naturaleza de aquel entonces me valió un coño, aquel tipo no podía ver alguna mujer sin pajearse o hacer algún comentario grotesco o friki. Ese día precisamente decidimos ir a verla.

Como sus padres (y en especial su papá, que era un cabronazo ejemplar) eran muy recelosos cuando se trataba de su hija, debimos ir acompañados de la ex-novia de mi hermano, con lo que me expuse a que me delatara con él (aquella mujer era de la que les cuentas algo y al día siguiente la puta cuadra y su madre se enteran). Afortunadamente eso no pasó hasta un tiempo después y de hecho fue por un suceso más que nada accidental.

Lo que pasó ese día fue singular. Al recibirnos la madre de Karla nos miró con recelo, pero nos dejó pasar con todas las cortesías a su sala. Entonces la ex-novia de mi hermano subió las escaleras y bajó con ella. Miento si les digo que no me gustó lo que vi. No me gusta dar descripciones de la gente porque luego se dan por aludidos y me cagan a palos en la calle, pero esta chica en ese tiempo era muy bonita... y tímida. Recuerdo que saludó al cabroncete de mi amigo y me dijo un "hola" y se puso tras su amiga. No hablaba conmigo, apenas y hablaba con los demás. Me imaginé que me tenía miedo (algún par de buenos samaritanos se encargaron de esparcir historias horrorosas sobre mí, como que le arranqué los brazos a un tipo en una pelea o que salía a matar perros a batazos en las noches).

Algo extraño surgió en mi cuándo el ganapán asqueroso de mi amigo me volvió a decir que le gustaba al salir de la casa: "¿por qué no?" Y le pedí que me pasara su dirección de Hotmail (RIP). Lo sé, debo arder en el agujero del demonio.

Para resumirlo, en menos de una semana me gané su corazón de pollo. En este período aprendí un montón de cosas sobre ella, como que un tipo la había decepcionado antes o que en ese entonces andaba con alguien que no le permitía acercársele en presencia de sus amigos. Mientras platicábamos me fue gustando un poco más. Hubiera hecho todo esto de cerca, pero sus papás no la dejaban salir sin compañía... cualquier compañía que no fuera la mía. Así pues, nuestro compromiso empezó una noche, a distancia, y pasó inadvertido hasta un par de días después, cuando tuvimos la oportunidad de vernos de nuevo. Yo había comprado un bonito pentagrama (yo era bien "ivol") y lo llevé al café donde quedamos de vernos con su mamá y mi cutre amigo (no sé quién putas lo invito, como recuerde que haya sido yo me lanzo de la azotea). Por razones simples que no valdría la pena explicar, disfrutamos de nuestra mutua compañía muy discretamente, rozándonos las manos y lanzándonos miradas. Al final de una corta velada en que casi me suben a la máquina ésa donde se baila y cuyo nombre no recuerdo, le di el pentagrama y nos despedimos con un abrazo muy largo.

Cualquiera pensaría que una relación que empieza de modo tan tierno y meloso terminaría bien, o al menos iría bien encaminada por un buen rato... mas todo cambió en la segunda cita. La mamá de Karla se enteró por ella de nuestra relación unos días después y decidió tolerarla (los detalles de por qué son información clasificada). Le dio permiso para ir conmigo, su amiga y mi truculento amigo (fui imbécil, lo sé) a una plaza comercial cercana a perder el tiempo. De camino a la plaza, mi amigo me contó una anécdota: si tenías varios Furbys, los acomodabas en un círculo con fuego encendido en el centro, les clavabas los pies al piso y susurrabas detrás de ellos "Satanás", ellos lo repiten y se inclinan hacia adelante como haciendo reverencias. "¡Satanás! ¡Satanás!". Viendo Karla Copito cómo me ataqué de risa, se alejó de mí, asqueada. Todo el día se mantuvo lejos de mí hasta que le pedí perdón, aunque ni siquiera me dijo qué la había molestado. Tan sólo llegamos a jugar boliche muy malamente, donde descubrí que era pésima. Ese día adquirí conciencia de una realidad inalterable y desarrollé un odio irracional hacia el boliche...

O mejor dicho, dos realidades, pero una es información clasificada. A la semana siguiente, Karla se fue de vacaciones. Yo le envié un mensaje: "no puedo hacerte feliz". Me dolió bastante hacerlo, pero sentía que era una monstruosidad y que no merecía tenerla de novia. Me sentí realmente mal por mucho tiempo, al punto que mis papás se preguntaron si tenía algo más. En ese entonces tenía ya otros problemas encima: dejé de ir a la escuela, me aislé por completo, dormía hasta muy tarde. Al volver Karla Copito, me devastó escuchar de su amiga que el mensaje la había dejado terriblemente triste, que le llamó de emergencia para que fuera a su casa y le consolara. Pocas veces en la vida me he sentido tan miserable y culpable.

Unos días después, su amiga misma me animó a que lo volviera a intentar. Gasté lo último que me quedaba de dinero en un enorme ramo de rosas azules y fuimos a su casa. El recibimiento estuvo bien y todo... pero definitivamente había dejado de ser lo mismo. Al día siguiente terminamos de nuevo, muy lastimosamente para mí, porque para ese entonces ya albergaba un sentimiento demasiado fuerte.

Dolió, dolió mucho y por mucho tiempo. Mi crisis terminó cuando dejé la escuela y tuve tiempo para pensar, a pesar de que me había convertido en la vergüenza de la familia y ya todos sospechaban que yo tenía algo malo desde hacía mucho. Sin embargo, jamás eliminé a Karla de mis contactos ni ella tampoco, por lo que un día me llegó un tímido "hola". Justo igual que como había empezado, pero ahora prometía ser algo diferente. Había días en que me llamaba desde su escuela (cosa que antes no hacía nunca), me hacía berrinches como si estuviéramos casadas, me contaba de sus cosas en la escuela y en la casa... y me dijo que aún tenía mi pentagrama. "¿Quieres que te lo devuelva?", me preguntó una vez. Sentí que se había puesto nostálgica. "Es tuyo".

Es extraño, quizás hasta irónico que luego de tan malos ratos hayamos terminado como buenas amigas, casi tanto como con la chismosa de su amiga. Pasó el tiempo y perdimos contacto, pero aquel corto tiempo de reconciliación me sirvió de mucho. No sólo la pasé bien con ella, también descubrí cosas que estaban enterradas muy dentro de mí; cosas que me servirían más tarde para entender mejor lo que se estaba gestando en mi interior... pero eso es información clasificada.




sábado, 8 de marzo de 2014

Fin del intermedio.

Bueno, este espacio ha sido hogar de muchas historias, tonterías, desplantes, berrinches malintencionados, exageraciones burdas de sucesos cuya verdadera importancia radicó en aspectos no mencionados, expresiones humorísticas retorcidas y poco digeribles, malas pasadas, críticas irresponsables...

Desde hace mucho tiempo estuve esperando por la oportunidad de contar con un acceso estable a la red y apenas hasta el día de hoy fue así. Habiendo pasado mucho tiempo desde mis últimas cavilaciones sobre lo que quería para este espacio, lo que quería para mí y lo que quería deshacer, me declaro preparada para regresar a las andadas. Muchas cosas he vivido y en mi estupidez no me fijé que eran material perfecto para este fantoche lugar. Pues ya es hora...

Este blog se renovó una vez, haciéndolo un derroche de cursilería y exageración presuntamente romántica que, naturalmente, me dio asco apenas le di un vistazo en mis cinco sentidos. Bueno... es hora de renovarlo de nuevo, pero ahora a la segura: todo lo que se lea aquí es lo que soy realmente.