Se me ha ocurrido hacer algo especial. Como dije, no hay historia qué contar el día de hoy. Sin embargo, me he acordado de algo que escribí hace ya casi dos años y que había prometido desempolvar algún día. No sé, igual y no merece tanto drama y de una vez lo pongo, al fin que a nadie hace daño y algunas personas me habían dicho que fue algo maravilloso. Ésta es la dichosa carta para María, con ediciones mínimas, sólo para que no me estén buscando las cosquillas.
A leguas se notará que ni de broma parezco yo. Eso es lo que hace el dolor. En esos momentos, poco me importó si la leía o no, yo me había dado ya por vencida. Sin embargo, tenía demasiadas cosas que sacarme del pecho (y que ni en la carta cabían), además de que pensé que me ayudaría un poco a sentirme mejor y quizás a superarlo. ¿Funcionó? Bueno, va la misiva...
Mi querida María...
Tengo entendido que nunca llegarás a leer esta carta y si la leyeses, seguro te asustarías de saber que tan perdida he quedado sin ti que tuve que escribirla a fin de no volverme tan loca...
Desde siempre he querido tener el control de mi vida. Y ése control lo hallaba en la comprensión de todo cuanto ocurría a mi alrededor. Nada debía de ocurrir sin que yo, en mi imaginaria omnisciencia, me enterara. Sin embargo, la forma en cómo te has ido, me ha dejado anonadada, confundida, desesperada, muy sola.
Al principio busqué razones en todo cuanto habíamos conversado, quería buscar algo que fallara, algo de donde pudiera extraer la esperanza de que no era mi culpa, porque eso sí, jamás he de acusarte de nada que hagas ni de criticarte, por algo fue que te juré que yo te respetaría, amaría y cuidaría por encima de todas las cosas, en tanto que tú me concedieras ese placer. Sin embargo, te fuiste, te deshiciste de mí en apariencia y no me quedó otro recurso, a falta de una esperanza, de enfadarme, de sentir rencor, de creer que se trataría de un error. Y aunque sé que sería incorrecto atribuirte rasgos divinos porque eres humana (y por ello, errática en algún instante de tu vida), juro que en todo momento fue ésta mi última línea a seguir en las pesquisas que hice.
En todos esos mensajes que te escribí plasmé la desesperación, el enfado, la frustración que sentía en ese momento. Yo pensaba que eso era lo justo, que supieras que estabas en un error, que estaba y urgida de una justicia en la cual en realidad jamás creí y que, más aún, me arrepiento de haber tratado de imponerte. Olvidaba que tú ya tenías cosas en la cabeza, suficientes para atormentarte como para que yo llegara a darte más dolencias con mis ridículas exigencias.
Hoy, gracias a un buen amigo y a que he abierto un poco más mi cabeza, entiendo una cosa: que haya pasado lo que haya pasado, no he de perder la fe en ti. Te lo dije muchas veces y lo vuelvo a repetir. Creo en ti. Pero no como alguien cree en un Dios falso o no como un loco cree en su alucinación, ni como si fuera yo una obsesionada y aberrante fanática. No, yo sólo creo en ti...
Ni siquiera pude verte en persona, escuché tu voz (de manera impersonal), puse todos mis sentidos a cuanto quisiste decirme. Descubrí un corazón hermoso, valiente, pero indeciso y cargado con culpas que no le correspondían. Y no sólo eso, sino que también vi el talento, el segmento de tu alma que componían tus obras. Y por último, tu hermosura, que aunque te empeñas en negar, yo sé que de ella tienes constancia, así como yo y todos los que te rodean. Y entonces, perdóname, te ruego que me perdones si es incómodo saberlo, pero me enamoré perdidamente de ti...
Tan poco tiempo, tal vez fueron unos días; tal vez fue desde el primero pero sin darme cuenta, pero me enamoré tan locamente que puse todo mi empeño en saber de ti, en comprenderte, en adorarte cuanto te merecieras, pero también en tratarte como humana, como quien es especial no por ser extraordinaria para el mundo, sino para un solo corazón. Y al saber lo que sufrías, dediqué cuanto esfuerzo no me hiciera enlodar tu camino ni confundirte con falsos lamentos a que te sintieras mejor; torpemente la mayoría de las veces sólo pude limitarme a ponerte la atención que requerías, recordarte que estaba yo ahí para el desquite, para que, cuando desaparecías cada día por ‘x’ causa, yo sintiera un gran dolor por no poder hacer más... alguna vez lo dije y lo vuelvo a decir aquí: no puedo arreglar ni siquiera mi propia vida, pero la entregaría a cambio de arreglar la tuya y saber que puedes volver a sonreír...
Di de tumbos por mucho tiempo, analizando, reflexionando, como si de un juego se tratase (pero con la sinceridad de quien se enamora) el momento justo para al menos decirte lo mucho que te amaba. Sé que es de locos confesarse en tan poco tiempo, pero lo que sentía por ti fue más fuerte que mis convicciones. Cuando caíste en la desesperación aquella vez, quería llorar, me llené de rabia al saber que estábamos tan lejos para darte al menos un abrazo o que pudieras escuchar de mi propia voz un “todo va a estar bien”... y antes de que me carcomiera la impotencia, quise, si no gritar, al menos expresarme como podía sólo en ese momento y decir: “te amo Y..., te necesito”, como si fuera con eso a bastar para salvarte.
Como se desarrollaron las cosas no hace falta decirlo. Mas me es menester bajo las actuales condiciones mencionar que, conforme pasaron los minutos, los segundos, iba creciendo mi amor por ti. Sabiendo de antemano la distancia que nos separaba, que aunque no fuera un océano suponía ciertos problemas, me juré a mí misma que no buscaría un compromiso como la gente los conoce, como en ese momento yo creí que debían darse. Porque no me hacía infeliz en ese momento amarte y que no me correspondieras, o que me impidieras volver a decirlo... yo sólo quería saber que estabas bien, que podías sonreír. Si después cambió mi determinación, no fue por traicionar mis ideales, ni mucho menos en un arrebato de avaricia, sino porque mi necesidad fue creciendo, quería al menos intentarlo, tenía que tratar de hacerte feliz de alguna forma... en realidad no te ofrecí una relación “oficial” diciendo “¿quieres ser mi novia?”: te ofrecía mi cuerpo, mi alma y mi corazón, contando con que yo podría ayudarte en todo cuanto me permitieses hacerlo.
Todo terminó tan intempestivamente... sufrí mucho, estaba completamente desorientada. Lloré, lloré como nunca había llorado por nadie, pues aunque fue poco el tiempo, yo sabía que enamorarme de ti no era una ingenuidad, que había encontrado a una mujer maravillosa. Mas no quisiera dar lástima, porque no la merezco. Ahora comprendo un poco mejor las cosas. Estaba mal. Tú sabes lo que has hecho. Y yo creo en ti. Creo que haces lo correcto, no sé cómo, pero sé que lo haces y sé que lo seguirás haciendo a pesar de las adversidades. Tengo fe en ti y siempre la tendré. Ahora sí sé que aunque no te tenga, que puedo quererte igual y que puedo sonreír si pienso en que estás bien. Y yo sé que, si no lo estás, lo estarás. Si no es por ti, si no es gracias a mí, alguien te hará sonreír.
Más ya no creo poder seguir sin derramar más lágrimas. María, a pesar del corto tiempo y del final tan abrupto, quiero decirte que te amo, te amo como nunca he amado a nadie. Eres la mujer más maravillosa, dulce, hermosa de todo este Universo y nadie te superará jamás, nadie para mí llegará siquiera a tener tu grandeza. Gracias por haberme tolerado, gracias por haberme dejado ver lo que había en tu corazón, gracias por dejarme intentar ayudarte, gracias por existir.
Con todo el cariño, y tuya para siempre, Esperanza.