viernes, 23 de mayo de 2014

La vieja letra.

No tenía absolutamente nada bueno pensado para hoy. No sé qué tengo hoy, que he despertado insoportable. Siento como si de repente me fuera a dar un derrame o me fuera a morir sin más. Es una de las sensaciones más incómodas del mundo. 

Se me ha ocurrido hacer algo especial. Como dije, no hay historia qué contar el día de hoy. Sin embargo, me he acordado de algo que escribí hace ya casi dos años y que había prometido desempolvar algún día. No sé, igual y no merece tanto drama y de una vez lo pongo, al fin que a nadie hace daño y algunas personas me habían dicho que fue algo maravilloso. Ésta es la dichosa carta para María, con ediciones mínimas, sólo para que no me estén buscando las cosquillas. 

A leguas se notará que ni de broma parezco yo. Eso es lo que hace el dolor. En esos momentos, poco me importó si la leía o no, yo me había dado ya por vencida. Sin embargo, tenía demasiadas cosas que sacarme del pecho (y que ni en la carta cabían), además de que pensé que me ayudaría un poco a sentirme mejor y quizás a superarlo. ¿Funcionó? Bueno, va la misiva...


Mi querida María...


Tengo entendido que nunca llegarás a leer esta carta y si la leyeses, seguro te asustarías de saber que tan perdida he quedado sin ti que tuve que escribirla a fin de no volverme tan loca...


Desde siempre he querido tener el control de mi vida. Y ése control lo hallaba en la comprensión de todo cuanto ocurría a mi alrededor. Nada debía de ocurrir sin que yo, en mi imaginaria omnisciencia, me enterara. Sin embargo, la forma en cómo te has ido, me ha dejado anonadada, confundida, desesperada, muy sola. 


Al principio busqué razones en todo cuanto habíamos conversado, quería buscar algo que fallara, algo de donde pudiera extraer la esperanza de que no era mi culpa, porque eso sí, jamás he de acusarte de nada que hagas ni de criticarte, por algo fue que te juré que yo te respetaría, amaría y cuidaría por encima de todas las cosas, en tanto que tú me concedieras ese placer. Sin embargo, te fuiste, te deshiciste de mí en apariencia y no me quedó otro recurso, a falta de una esperanza, de enfadarme, de sentir rencor, de creer que se trataría de un error. Y aunque sé que sería incorrecto atribuirte rasgos divinos porque eres humana (y por ello, errática en algún instante de tu vida), juro que en todo momento fue ésta mi última línea a seguir en las pesquisas que hice.


En todos esos mensajes que te escribí plasmé la desesperación, el enfado, la frustración que sentía en ese momento. Yo pensaba que eso era lo justo, que supieras que estabas en un error, que estaba y urgida de una justicia en la cual en realidad jamás creí y que, más aún, me arrepiento de haber tratado de imponerte. Olvidaba que tú ya tenías cosas en la cabeza, suficientes para atormentarte como para que yo llegara a darte más dolencias con mis ridículas exigencias.


Hoy, gracias a un buen amigo y a que he abierto un poco más mi cabeza, entiendo una cosa: que haya pasado lo que haya pasado, no he de perder la fe en ti. Te lo dije muchas veces y lo vuelvo a repetir. Creo en ti. Pero no como alguien cree en un Dios falso o no como un loco cree en su alucinación, ni como si fuera yo una obsesionada y aberrante fanática. No, yo sólo creo en ti...


Ni siquiera pude verte en persona, escuché tu voz (de manera impersonal), puse todos mis sentidos a cuanto quisiste decirme. Descubrí un corazón hermoso, valiente, pero indeciso y cargado con culpas que no le correspondían. Y no sólo eso, sino que también vi el talento, el segmento de tu alma que componían tus obras. Y por último, tu hermosura, que aunque te empeñas en negar, yo sé que de ella tienes constancia, así como yo y todos los que te rodean. Y entonces, perdóname, te ruego que me perdones si es incómodo saberlo, pero me enamoré perdidamente de ti...


Tan poco tiempo, tal vez fueron unos días; tal vez fue desde el primero pero sin darme cuenta, pero me enamoré tan locamente que puse todo mi empeño en saber de ti, en comprenderte, en adorarte cuanto te merecieras, pero también en tratarte como humana, como quien es especial no por ser extraordinaria para el mundo, sino para un solo corazón. Y al saber lo que sufrías, dediqué cuanto esfuerzo no me hiciera enlodar tu camino ni confundirte con falsos lamentos a que te sintieras mejor; torpemente la mayoría de las veces sólo pude limitarme a ponerte la atención que requerías, recordarte que estaba yo ahí para el desquite, para que, cuando desaparecías cada día por ‘x’ causa, yo sintiera un gran dolor por no poder hacer más... alguna vez lo dije y lo vuelvo a decir aquí: no puedo arreglar ni siquiera mi propia vida, pero la entregaría a cambio de arreglar la tuya y saber que puedes volver a sonreír...


Di de tumbos por mucho tiempo, analizando, reflexionando, como si de un juego se tratase (pero con la sinceridad de quien se enamora) el momento justo para al menos decirte lo mucho que te amaba. Sé que es de locos confesarse en tan poco tiempo, pero lo que sentía por ti fue más fuerte que mis convicciones. Cuando caíste en la desesperación aquella vez, quería llorar, me llené de rabia al saber que estábamos tan lejos para darte al menos un abrazo o que pudieras escuchar de mi propia voz un “todo va a estar bien”... y antes de que me carcomiera la impotencia, quise, si no gritar, al menos expresarme como podía sólo en ese momento y decir: “te amo Y..., te necesito”, como si fuera con eso a bastar para salvarte.


Como se desarrollaron las cosas no hace falta decirlo. Mas me es menester bajo las actuales condiciones mencionar que, conforme pasaron los minutos, los segundos, iba creciendo mi amor por ti. Sabiendo de antemano la distancia que nos separaba, que aunque no fuera un océano suponía ciertos problemas, me juré a mí misma que no buscaría un compromiso como la gente los conoce, como en ese momento yo creí que debían darse. Porque no me hacía infeliz en ese momento amarte y que no me correspondieras, o que me impidieras volver a decirlo... yo sólo quería saber que estabas bien, que podías sonreír. Si después cambió mi determinación, no fue por traicionar mis ideales, ni mucho menos en un arrebato de avaricia, sino porque mi necesidad fue creciendo, quería al menos intentarlo, tenía que tratar de hacerte feliz de alguna forma... en realidad no te ofrecí una relación “oficial” diciendo “¿quieres ser mi novia?”: te ofrecía mi cuerpo, mi alma y mi corazón, contando con que yo podría ayudarte en todo cuanto me permitieses hacerlo.


Todo terminó tan intempestivamente... sufrí mucho, estaba completamente desorientada. Lloré, lloré como nunca había llorado por nadie, pues aunque fue poco el tiempo, yo sabía que enamorarme de ti no era una ingenuidad, que había encontrado a una mujer maravillosa. Mas no quisiera dar lástima, porque no la merezco. Ahora comprendo un poco mejor las cosas. Estaba mal. Tú sabes lo que has hecho. Y yo creo en ti. Creo que haces lo correcto, no sé cómo, pero sé que lo haces y sé que lo seguirás haciendo a pesar de las adversidades. Tengo fe en ti y siempre la tendré. Ahora sí sé que aunque no te tenga, que puedo quererte igual y que puedo sonreír si pienso en que estás bien. Y yo sé que, si no lo estás, lo estarás. Si no es por ti, si no es gracias a mí, alguien te hará sonreír.


Más ya no creo poder seguir sin derramar más lágrimas. María, a pesar del corto tiempo y del final tan abrupto, quiero decirte que te amo, te amo como nunca he amado a nadie. Eres la mujer más maravillosa, dulce, hermosa de todo este Universo y nadie te superará jamás, nadie para mí llegará siquiera a tener tu grandeza. Gracias por haberme tolerado, gracias por haberme dejado ver lo que había en tu corazón, gracias por dejarme intentar ayudarte, gracias por existir. 


Con todo el cariño, y tuya para siempre, Esperanza. 

jueves, 22 de mayo de 2014

Teatrillo de la amargura.

Ayer escuché una lastimera pelea entre vecinos. Todo había sido culpa de un perro que casi muerde a un niño. Me dio flojera salir a ver, además de que pensé que con lo acolaradas que estaban las mujeres que discutían, no faltaba que me incluyeran en su chusquería. Hoy he visto las noticias acerca de mi ciudad. En un lugar hubo una reyerta entre habitantes y policías. No voy a dar más detalles del suceso en cuestión, porque quien se mantenga medianamente informado ya los conocerá (además de que ese tipo de noticias atraen hippies). Y pues, no sé, hoy me siento seria, quizá un tanto asqueada. Va la verborrea...

En este mundo, no hace falta hacerse responsable de lo que se dice en un medio masivo... o en cualquier lugar. Aunque lo digamos correctamente, la estupidez de la gente hace el trabajo de distorsionarlo.

Definitivamente hay mucha gente mierdosa en las grandes ciudades. Pero es peor un pueblerino que cree que el mundo debe ser un rancho enorme donde todos deben creer en las mismas patrañas y llevar las mismas costumbres rancias.

Hoy en día, creo más en la policía y el Ejército que en el pueblo. Al menos siempre saben de qué lado están y a quién le están pateando el culo.

No sé si sea el término correcto, pero estoy de acuerdo en que los animales tienen distintos tipos de personalidad. Así como nadie dice nada por odiar de muerte a otro fulano, nadie me debería decir nada por querer cagar a palos al perro de al lado que se la pasa haciendo escándalo porque pasa la mosca o porque no pasa.

Creo que lo que me dijo mi hermano era cierto: el doctorado es un permiso para decir todas las estupideces que quieras.

Me dirán que no soy quién para mandar a molestar a otra persona, pero cuando te comportas como un estúpido, nadie te soporta por lo plasta que eres y encima crees que no tienes ningún problema... estás convocando a todas las fuerzas del universo para que te jodan.

Me imagino que hay quienes se sienten nacidos para dar un buen ejemplo y hacer escarmentar a esos mentecatos que se la pasan escribiendo burradas en Internet. Cielos, habiendo tantos terroristas por capturar, narcomenudistas por atrapar y gobernantes estúpidos a los que tumbar... yo creo que no están haciendo muy bien su trabajo.

Un día quise ser presidenta. En vez de gastar en despensas, instauraría el paredón de fusilamiento municipal.

Quejas, quejas y más quejas hacia películas que destruyeron la reputación de las criaturas de la noche y los convirtieron en comida de niñas ñoñas y pubertos de sexualidad ambigua... cuando ya eran lo suficientemente maricas (gulp).

Hasta el día de hoy, protesto por la pésima educación filosófica de mi ex escuela. Su principal crimen, la apología de Nietzsche. ¿En serio no cachan que lo que dijo ya lo sabía todo el mundo?

Lo cierto es que se sigue haciendo eso de cubrir la cuota racial en la TV y el cine: si es de EU, debe haber un negro, un latino y un oriental que inventa cosas. Si es de Gran Bretaña, puedes omitir al latino y al oriental, pero debes tener por lo menos dos hindúes en rollo reivindicativo.

La verdad es que ningún tipo de música es en esencia malicioso. Recuerden que la gente es la que hace la música. La gente tiene la culpa, a ellos hay que odiar.

No concibo que enviar unos cuantos bidones de gasolina a las prisiones resulte más caro que una estrategia de seguridad pública.

Ni la pena de muerte. Si hay gente que mata y no gana ni el salario mínimo...

Ser activista es un orgullo (dicen). Es gente que sólo busca mejorar el mundo para las generaciones venideras. El problema es que después dejan de ser normales: todas son apologías, todo es discriminación. Deberían darles seguro médico como a los veteranos.

Si uno se mete a una universidad pública, escuchas historias de miedo acerca de las escuelas particulares, donde convierten a los chicos en los próximos explotadores del país. Yo me curé de espanto, en las públicas tenemos nuestros propios sistemas estupidizantes. Y no digan que no funcionan.

¿Para qué tener un discurso tan florido, si para decir pendejadas no hace falta tanto esfuerzo? Y para verte listo sólo tienes que aprender a decir muchas pendejadas.

Y bueno, creo que ya saqué todo. Igual y luego tenga que escupir un poquito más, pero por ahora es todo lo que tenía. ¡Ah, se me olvidaba! Por favor no tomen esto tan en serio... como dije al principio, la estupidez hará el trabajo.

lunes, 19 de mayo de 2014

Casamentero cabrón.

No he hecho casi nada hoy y me siento agotada. Me he dado cuenta de una cosa: las cosas van mejor y esto pinta más como el diario de un suicida. No cuadra, no es algo bueno; no por ahora, ya luego volveré a tristear cuando recuerde alguna buena historia... o tenga una razón para hacerlo.

Por lo regular, narrar un episodio infructuoso de la vida amorosa pone melancólica a las personas. A veces, a pesar de ello y dependiendo del final de la historia, se transforma en un bonito recuerdo. He sentido tanto una como la otra. Pero hoy me he acordado de otro episodio, que precisamente transcurrió hace como poco más de tres años, en el mes de febrero...

En el año y medio que llevaba en la escuela que quería, las cosas cambiaban de tono con una frecuencia que empezaba a cansarme: empezó bien, conocí a gente interesante, pasaba la mayor parte del tiempo con ellos y al final, por una u otra cosa no les volvía a ver hasta después de largo rato. Cuando pasé de grado me vi rodeada de gente muy desagradable, además, la pesadilla de hace un par de años se repitió para mí: sobrepoblación escolar. Eso es, no había clase en que alguien no tuviera que buscar en otro salón una silla o un banco extra. Yo soy como un animalillo: me pongo nerviosa y me molesto cuando estoy con gente desconocida. Y no conocía a casi nadie (o ya me caían mal).

Siempre me he automarginado en la escuela. Ese año lo hice aún peor. Sin embargo, no me llevaba mal con nadie, unos pocos me hacían charla y recuerdo que hubo un chico con el que tenía un "viernes de nachos". Luego, otro sujeto que medio desvariaba siempre me metía en sus locuras. Me agradaba, pero en ocasiones era medio perturbador. Practicaba lucha grecorromana y siempre me pedía que lo tocara en partes donde lo habían lastimado. Sólo a mí. Ah, pero hubo un sujeto alto, de cabello rizado y con una mirada medio bizca que me invitaba siempre a socializar con la gente; una costumbre suya era llevarme con él a la fuerza para que me juntara con sus amigos cuando todos me parecían unos cretinos. 

Sin embargo, cuando pensé que moriría en un rincón aburrida y sola, algo despertó en mi interior... como cuando tienes una idea estúpida y nace en ti la firme convicción de llevarla a cabo: me empecé a fijar en una chica. Quizás fueron las apariencias: no era tan escandalosa como mis otras compañeras, ni tan pedante como los hombres. Al contrario de mí, ella sí podía relacionarse bien con los demás, pero también tenía momentos en los que se abstraía de todo para leer algún buen libro. Además de todo, no era nada fea. Había conocido a mujeres así antes (y después) y no me gustaron. Ella tenía ese no sé qué... que qué sé yo. Pero no sabía qué hacer.

Se lo comenté al tipo de la lucha grecorromana. Él la había besado antes por pura calentura que tuvieron los dos (mala señal), además de que hablaba con ella regularmente. Me dijo que era buena chica, pero que era muy pesimista. Buen muchacho aquél, se comprometió a ayudarme. Normalmente no acostumbro contarle a la gente cuando alguien me gusta (salvo en un caso relatado anteriormente aquí) y me sentí muy incómoda contando eso a mi compañero. Yo pensé que se burlaría de mí, pero lo tomó bien.

Después se lo conté al tipo de los ojos bizcos. Estaba muy emocionado, parecía que le hubiera dicho que dejé las drogas o que me uniría a Greenpeace. Rápidamente se ofreció a ayudarme y se desapareció. El día transcurrió con normalidad y en la tarde siguiente me lo encontraría antes de entrar a una clase. "Oye, ¿qué crees? Ya le dije". "¿A quién?", pregunté extrañada. "A Viridiana, ya le dije que le gustas". Sonreí. Pero en realidad pensé:

"¿Eres imbécil? Digo... ejem, ¿te falta un cromosoma o algo así? ¿Lo hiciste a propósito o bebiste algo que te puso las piernas temblorosas? Grandísimo cretino, no sé cómo se te ocurrió, pareces nuevo; coño, no sé ni cómo putearte, desearía arrancarte los brazos y hacer que te los comas, eres un cabronazo inmenso. Gracias, gracias por joderme."

No hace falta explicar la estupidez tan grande que había cometido ese tipo. Sin embargo, él parecía no advertirlo. "Le dije que eres una buena chica, que tienes buen corazón y que te gusta escuchar a la gente (le ayudé en una mini crisis con una tipa que le gustaba). Y pues me dijo que le gustaría conocerte". Eso me sorprendió bastante. 

Pero a pesar de la "ayuda", no me atreví a dar el primer paso. Lo admito, me dio miedo. Un día, yo estaba sentada en una esquina leyendo mientras esperaba a que empezara mi clase. Viridiana estaba por ahí conversando con una amiga y se me acercó para decirme que ya había empezado la clase (ella no entró). Me sobresalté y me fui sin decirle nada. Al día siguiente, llega el tipo bizco y me cuenta: "Viri me contó que ya te habló. Dijo que estaba muy nerviosa y que no sabía qué decirte" Aquello me dio mala espina. ¿Por qué tanta pena, si sólo iba a darme un aviso? Sin lugar a dudas, o esta chica se había fijado antes en mí o ese sujeto mentía. 

Decidí seguir con aquello. Aún tenía un mal presentimiento, pero ella empezaba a gustarme un poco más. Llegó el momento en que nos encontramos a solas y tuvimos una charla más amena. Me contó un poco de ella, de los problemas que tenía y de cómo le habían afligido sus relaciones anteriores (con hombres). Con mi escasa sabiduría respecto a esos temas, traté de hacerla sentir mejor. Después de la plática, ya tenía una mejor impresión de mí. Yo también la encontré interesante, pero algo me seguía molestando: tal como me habían contado, era muy pesimista. La gente así me caía como un disparo en la pierna, aunque no dejaba de gustarme y francamente, quería seguir tratándola. En los días siguientes, me animaba a saludarla de vez en cuando y platicar un poco, pero seguía sacando esa parte que tan poco me gustaba de ella. Creo que ella se dio cuenta de eso.

Con todo, estaba muy animada. Quise seguir. El 14 de febrero estaba a la vuelta de la esquina y aunque no iba a usar el cliché de declararme ese día, quería inventarme algo para que la pasáramos bien. Cayó en lunes, lo recuerdo bien. Siguiendo una costumbre ancestral, revisé el Facebook y sufrí la misma suerte que muchos han tenido a lo largo de la historia de las redes sociales (que no es tan larga): había conseguido novio. Mi reacción fue más de estupefacción que de tristeza. De la nada había sacado un novio, cuando me decía que no creía en el amor y esas cosas. Cuando creí que yo estaba haciendo la diferencia, sale eso. No la vi en todo el día. No quise comentar nada. No demostré ninguna emoción. Al día siguiente, me la encontré en la noche, durante una hora libre. No tuve que decir nada, ella mismo me dijo que había aceptado a un tipo que se le declaró el 14. Inmediatamente, como si quisiera dejarlo en claro, me confesó que no le gustaba. "¿Por qué lo aceptaste entonces?", le pregunté simulando serenidad. "Es que el me dijo que no podía vivir sin mí y yo sí lo creo capaz de hacerse daño por mí. Ha tenido una vida muy dura y no quiero que le pase nada".

"Ah", murmuré. Pensé:

"Vaya mierda, ¡qué digo mierda, vaya truño enorme! Se me va a hacer una puta úlcera; primero aquél pendejazo y luego me sales con esta basura, no sé qué me cabrea más. Pero la culpa la tengo yo, que nunca hago caso a mi sentido común. Ni perdón ni putas, yo me retiro. Púdranse."

Le dije lo que cualquier persona más o menos cuerda diría: que no estuviera con alguien por lástima. Pero me sentía tan asqueada que no puse atención a lo que ella contestó. Después de aquello, sólo nos saludamos pocas veces. Luego, traté de evitarla a toda costa. Hacía como si no la viera, pasaba de ella siempre, aunque la tuviese en frente me ocupaba en cualquier otra cosa. Pero bueno, como escribí antes, la culpa es sólo mía por haberla perseguido tan a ciegas. Sin embargo, no me he enojado con ella ni creo que sea tan mala persona. De hecho, me da risa recordar todo esto. Creo que era lo que necesitaba para darle algo de color a mi noche.

viernes, 9 de mayo de 2014

No.

No quisiera ser redundante...

Me podía ver todas y cada una de esas veces que lloraba y me retorcía de dolor. Cuando me senté una noche a escribir palabras que pensé que un día me salvarían; si alguna vez aquello se volvía insoportable, podía mirarlas. Dolería cada vez más, pero ese dolor me mantendría con vida. Luego, cansada y con la mente hecha trizas, ya no tendría fuerzas para hacer otra tontería. Jamás sucedió.

Y recuerdo un suceso muy lejano, estaba pequeña y sólo podía verle la cara alzando la cabeza. Sonreía y me veía como si fuera yo una maravilla. Alabó mi cuerpo, jamás se me va a olvidar eso. Estaba temblando. Fue como si hubiera escuchado el espantoso alarido de una bestia burlona. "No llores", dijo. No sabía lo que pasaba dentro.

Ésa fue la primera señal. Luego, el sueño. Creí que me había transformado. Lo primero que vi fue el alba roja. Crucé los dedos y me miré pronto al espejo. La desilusión.

Son cosas que matan. Lo hacen poco a poco. Cuando crees que las superas, regresan y joden aún más. No se cansan, no hay manera de quitártelas de encima. Un día, acabas recordándolas y acabas haciendo cosas que las vuelven peores.

A veces no dependió de mí. Yo me quejaba todo el tiempo, pero jamás me dieron la razón. No soy estúpida o quiero creer eso. "Por eso inventas esas cosas, porque tienes mucha energía que no usas". Acababa de golpearme como si fuera yo cualquier tipeja en la calle con la que te lías por un lugar de estacionamiento. Y sólo eso me dijeron. Quise llorar, pero sólo se apretaba el nudo. "¿Qué les pasa? ¿No ven que me ha hecho daño? ¡Pero si ustedes también saben cómo es!" Nada pasó.

Y luego, volvió a suceder. No he sentido ese ardor en el pecho en ningún otro momento. Ira.

Luego de eso, te resignas. No crees que nada cambie nunca. Los días pasan y sigues siendo culpable a los ojos del mundo. Yo decidí no darle vueltas. Pero regresa el rencor, la sensación de no tener el control de nada. Lo vuelvo a sentir en pesadillas. Creo que mis manos son armas, que cargo un enorme poder, una furia irrefrenable, creo que puedo hacer temblar la tierra con sólo el golpe de mi puño. Me veo queriendo destruirlo, quiero ver su dolor impreso en mis manos, tiene que pagar lo que me ha hecho. Y no puedo.

Cada vez que lo intento, el poder se convierte en nada.

Crees que es un mensaje. Quizás no es la solución. ¿O puede ser que no tengas el valor para hacerlo? Vaya cobarde... ¿escupiste tanto odio en vano? ¿Para qué llorabas entonces todas las noches? ¿Necesitas otro incentivo? Ve, ahí estará esperando para castigarte de nuevo, te prometo que lo hará con gusto.

Al día siguiente, quise sonreír. Me di cuenta de que ya podía hacerlo sin ayuda. Dejó de importar (¡ja!). Quise dar la vuelta. Yo tenía que hacer la diferencia. Cuando fue así, nadie lo vio. Nadie estuvo.

A algunos les funciona. Y aún a menos les sale bien. Sólo tienen que eliminarlo. Lo matan. Y sus nombres no vuelven a ser mencionados. Yo quisiera ser así.

Deseé creer otra vez. Lo confesé todo. "No soy normal, algo está mal en mí desde que nací. Tengo que hacer esto. Quiero que lo entiendan". Sonrisas torcidas. Todo estaba bien, no había nada qué decir. Discursos diferentes. Sólo alguien lloró. Que noches después aprovecharía mi ausencia para convertirme en su vergüenza. Pero sigo siendo su hija, ¿no? 

Después, incertidumbre. Habían sido veinte años de mentira. ¿Cuál es mi razón de ser entonces?

Te diste cuenta de que no es necesario. Los conoces mejor que nadie, sabes que estarán bien sin ti. Y sabes que no les importas. Ya sólo eres tú. Solo, cansado, pero ya no hay nada de qué preocuparse. Y entonces, quieres empezar de nuevo. 

No lo buscaba. Yo no pensé que existiera. Esa sonrisa me mató. Su mano intocable se hundió en mi interior. Lleno de hollín, logró sacar eso de mí. Apenas respiraba. Tenía miedo. No quería volver a pasar lo mismo. 

Haces planes. Ya no quieres más juegos, sabes que es ella la elegida. No quieres echar nada a perder. Pero el terror sigue ahí. Va a pasar algo, lo estás viendo. ¿Te sientes capaz? Pruébalo.

Yo me sentí. "He de verte, de hablarte. Te probaré que esto no es un juego, M". El miedo se había escondido en algún lado. Pero no dije nada. No pude. No fui rápida. Había demasiado qué decir. "Te amo" no era suficiente. Ahora lo entiendo. Debí haberlo hecho antes. 

No he vuelto a seguir una corazonada desde entonces.

Nada lo supera. Sabes que esto te ha destruido. Lloras como nunca antes. Todo se queda corto. Esto te ha despedazado. Tus restos son carroña. Crees que has muerto.

La avalancha. Luego de eso, nada vale. Todo se ha desmoronado. 

A veces sucede. Te detienes a pensar en que mañana será mejor. Te das una oportunidad. ¿Acaso sigues una corazonada?

Todo mejora. Te has sabido comportar a la altura. Aplicaste lo aprendido con magnificencia. Volviste a caer algunas veces, pero ya no es como antes. ¿Ya te sientes mejor?

Pero eso último volvió. "¿Por qué regresó? ¿Por qué ahora? ¿No has entendido que se acabó? ¡Esto es enfermizo! Estás mal, estás en un error; sácalo de ti". No puedo. "¡Pero si no hay nada que hacer!" Pero no puedo dejar de sentirlo. "¡Arréglalo!" No puedo. Soy cobarde. "¿Y qué esperas? ¿Magia? ¡Haz algo, carajo, si tanto la necesitas!" ¡No! Esto es enfermizo. Me da vergüenza. Está mal. No puede pasar. No debía pasar. "No has esperado lo suficiente, eso es lo que pasa". Ojalá. "¡Inténtalo!" No puedo. 

"Cobarde."

lunes, 5 de mayo de 2014

Colección de días extraños.

Mientras intentaba conciliar el sueño, acosada por pensamientos raros, los nervios del día siguiente y los desmanes que hacía mi gata, recordé que hacía ya un tiempecillo que no podía escribir nada. Ya me había pasado antes... tenía muchas ideas pero, por alguna razón, se rehusaban a ser escritas. Como si no hubieran palabras correctas para hacerlo o como si, justo cuando iba a retomar el curso, me arrepintiera por alguna razón que salía de los confines desconocidos de mis entrañas. Pensé que quizás el problema era ése, que estaba haciendo demasiado drama por una cuestión meramente creativa. Recuerdo que cuando reinicié este blog, me había dicho a mí misma: "pero si tienes muchas cosas que decir, aunque sean tonterías, pero sí que tienes material." Justamente eso fue lo que pensé en la madrugada.

Hice un último esfuerzo y me reencontré con tantas cosas del pasado que me han dejado con los sentimientos a flor de piel. Tiempos buenos, tiempos jodidos y tiempos simplemente amables. 

Recuerdo que hace muchos años, me vistieron para ir al jardín de niños, hasta me habían puesto una corbatita. No recuerdo qué se iba a conmemorar ese día, pero lo que sí recuerdo es que me miré al espejo y pensé: "¿en serio yo soy ésa de ahí?"

Recuerdo cuando todos estaban molestos conmigo por haber faltado muchos días a clases. Mi hermana quiso abrazarme, pero yo me rehusaba a esas cosas porque me sentía muy mal. Pensó que me hacía la indignada e hizo un berrinche, pero me importó muy poco. 

Recuerdo una ocasión en la que me llamó una ex novia. Durante nuestra relación ambas éramos demasiado tímidas para decirnos cosas tiernas; sin embargo, ese día me llamó muy contenta y me saludó diciendo "hola niña linda". Aquello me dejó un sabor bastante raro.

Recuerdo claramente la primera vez que tuve relaciones sexuales. Corporalmente no fue tan malo, pero me quedé con un sentimiento muy sórdido al volver a casa. "¿Qué fue lo que hice? ¿En serio lo hice?", no podía dejar de pensar.

Recuerdo de igual manera que hace ya unos años estuve clavada con un militar con el que sólo podía comunicar a distancia por su profesión. Le conté que, cuando me llevaron a la playa hacía muchos ayeres, el mar me causaba un terror inmenso. Él sólo rió y me dijo que quizás era por huraña y grosera, que me daba miedo tener algo tan grande frente a mí. "Quién sabe, quizás algún día el mar salga a darte una lección", me dijo.

Recuerdo con bastante vergüenza que un día después de pasar la noche con unos amigos hablando sobre cosas del corazón, se me ocurrió ir a buscar a una niña que me gustaba mucho cuando iba a la primaria. Extrañamente me había dado su dirección cuando íbamos a clase. Cuando llegué y la llamé a la ventana, estaba tan nerviosa que sólo atiné a saludarle. Además me intimidó un tipo que se asomó también y parecía que le conocía...

Recuerdo especialmente dos días; dos días que me tomó leerme un libro de una biblioteca (no daban préstamos). Era El pozo de la soledad, de Radclyffe Hall. Gracias a ese libro, me comuniqué íntimamente con mi yo interior y me impulsó a tomar la decisión más importante de mi vida.

Recuerdo cómo llegaron mi mamá y mi hermana con un pastel en uno de mis cumpleaños. Unos meses después de que dejé la escuela. "¡Feliz cumpleaños!" Pocas veces me sentí más miserable. Desde entonces no festejo mis cumpleaños.

Recuerdo con mucha gracia una vez que iba en el metro y había un chico mirándome desde que estaba en el andén. Estábamos a una distancia considerable en el vagón, ambos de pie. Él me sonreía y me guiñaba el ojo. Cuando me pongo nerviosa suelo sonreír mucho, así que cuando hizo aquello, pensó que le correspondía porque me iba mordiendo los labios como tonta. Él se bajó una estación antes que yo, aún haciéndome señas. 

Recuerdo, y me encabrona hacerlo... el día en que tuve que hacer un trabajo en equipo cuando iba a la secundaria y tuvimos que ir por un tipo a su casa para que al final no pudiera salir. Pero quien sí salió fue su puto perro enano, que me mordió detrás de la rodilla y se regresó corriendo a su casa. No pude caminar bien unos días, me había jodido un tendón.

Recuerdo el día en que tomé una decisión crucial: iba a cambiar mi imagen por primera vez. Mi hermana insistió en acompañarme cuando fui a arreglarme el cabello. Estuvo jode y jode con los cortes que quería para mí, tuve que elegir uno casi sin que se diera cuenta o se pondría a molestar porque no le hice caso. Yo solía llevar el pelo corto o un poco largo, pero esta vez quería que creciera. Aún así, tuve que aguantar sus refunfuños y sus miradas raras. Luego de eso, está prohibido ir conmigo a la estética, a excepción de mi pareja.

Recuerdo con zozobra el día en que tuve una mala reacción a causa del estrés y sufrí una inflamación intestinal cabronsísima. Fueron casi 24 horas de intenso sufrimiento y peripecias. Dolía tanto que no caminaba bien, dos veces casi me desmayo del dolor, mi abdomen tenía tanta presión que no podía ni tomar agua sin sentir náuseas. Cuando llegué a casa, estaba deshidratada, no había dormido nada y sentía como si me hubieran perforado con una espada. Los detalles después...

Recuerdo que una vez me animé a tener una relación con un hombre mayor que yo. "Vale, hay que intentarlo", contesté a su proposición. Inmediatamente, dijo que se retractaba. "Yo sé que tú no estás realmente enamorada, lo sé por las palabras que usas", dijo. Según me contó tiempo después, cuando alguien se enamora se desvive de verdad, dice cosas que en su sano juicio jamás pronunciaría. Años después, descubrí que tenía razón.

Recuerdo algo que solía hacer en ciertas noches, cuando el sueño me abandonaba: me imaginaba la historia de vida de una mujer muy sola, que hacía todo lo que podía para hacer feliz a la gente pero no conseguía el afecto de nadie, como si su sola existencia fuera motivo de repudio. Siempre que pensaba en eso, lloraba.

Recuerdo mi primer día en terapia psicológica. Tenía un miedo terrible que salía de no sé dónde, se suponía que aquello era bueno. Nada salió mal ese día, sin embargo, parecía un conejillo temeroso todo el tiempo, encogida en una esquina, tanto en la sala de espera como en la de consulta. 

Recuerdo y me parece muy gracioso hacerlo... un día en que estaba hurgando en las cosas de mi mamá y me topé con una pastilla verde. La manoseé un rato y cuando fui a la sala, creí haber escuchado a mi madre decir que aquella pastilla era muy peligrosa, que si la tocabas y te llevabas las manos a la boca podrías morir envenenada. Fueron varios meses de terror en los que me lavaba las manos varias veces al día para asegurarme de que no quedara nada del peligroso medicamento...

Recuerdo un día en que llegué a la preparatoria, con mucho sueño, hacía un calor muy molesto. Vi a una chica correr hacia mí. Pensé que me esquivaría, pero en lugar de eso me abrazó con fuerza y me hizo dar una vuelta completa. Luego me pidió dinero para comprar unos dulces. No sé si haya sido una estrategia de ventas, porque sólo a mí me recibió así.

Recuerdo que una noche me venció la curiosidad y le pedí a un compañero que me diera un poco de marihuana. Me dijo que podía fumarla o masticarla, pero que de la segunda forma podía hacerme más efecto. Intenté primero fumarla, pero el humo sabía y olía terrible. Luego mastiqué lo que me quedaba. Jamás me hizo efecto de ninguna manera. Ni siquiera me causó sueño, de hecho, me dormí más tarde de lo normal. Ahora sé que esas cosas no sirven un carajo.

Recuerdo el fatídico día de exámenes en el que a mí y a unos amigos nos tocó ver un cadáver frente a la escuela. El susodicho era de un alumno al que habían tratado de robar, se resistió y le dispararon. Salimos temprano por ello. Un chico estaba bastante perturbado, yo no sentí absolutamente nada. Me vio con cierto asco cuando se lo comenté.

Recuerdo cuando era un poco más idiota y un amigo bastante cabroncete me incitó a cometer un acto de simple maldad. Tomé un montón de correspondencia de un edificio, habían recibos, una tarjeta nueva y boletos para un concierto. Los recibos los tiré en un jardín, la tarjeta y los boletos los rompí. Repito, fue un acto de simple maldad... y estupidez.

Recuerdo mucho los días en que mi padre estuvo en el hospital. En uno de ellos, yo estaba un poco resfriada, por lo que no sabía si podía pasar a visitarle. Lo hice, pero antes tuve que dar algunas vueltas por los intrincados pasillos del lugar. Cuando regresé a casa, mi garganta ardía, me dolía todo y tenía mucha fiebre. El día siguiente fue peor, deliré toda la noche y con eso se fue mi fin de semana. Luego me enteré de que en ese hospital había un piso entero cerrado por un brote de influenza, mismo por el que yo pasé. De la que me había salvado entonces.

Y recuerdo muchas cosas más, pero no quiero seguirme exprimiendo la cabeza...