Es muy común que la gente afirme que sus allegados posean cualidades excepcionales. Llamémosle talento. O quizá no tanto como un talento, simplemente hay algo en ellos que hace que sobresalgan en una u otra área. En ciertos casos, eso sirve bien para inflar el ego. Pero hay veces en las que resulta ser una maldición y lo peor es que las personas que no lo viven desde luego que no lo ven así. Era de esperarse que éste último fuera mi caso.
Todavía me acuerdo como si fuera ayer cuando iba a la primaria, en cuarto grado específicamente. Había terminado una tarea y me fui a jugar en la computadora, cuando llega mi hermana a pedirme un favor: tenía que conseguir a un niño para aplicarle una prueba. Ella estudiaba la carrera de pedagogía y estaban en período de prácticas, por lo que necesitaba un conejillo de indias para un test de coeficiente intelectual. "Me dijeron que tenía que conseguir un niño con altas calificaciones, pero como no conozco ninguno le pregunté a mi profesora si podía usar a una inadaptada social"... así de dulce. Como sea, ambas cosas eran ciertas: yo tenía el primer lugar en la clase, había aprendido a leer sin trabarme dos años antes de entrar a la escuela; también era el típico bicho raro que se la pasa a solas en el recreo, a quien nadie hablaba ni se le acercaba. Para no tener que soportar su berrinche, acepté.
Como dos días después la acompañé a la facultad para que me hicieran las dichosas pruebas. Pasé a la biblioteca y con ayuda de su profesora me aplicaron las pruebas. Las realicé todas sin rechistar, me estaba aburriendo bastante. No había gran dificultad en ninguna de ellas, pero se me hacían bastante cansadas. Ese día y otro bastaron para mi hermana, que una semana después me dio mis resultados. "Estás por encima del promedio. Tienes más de 120 puntos", decía emocionada frente a mis papás. Me valió un coño por un momento. Luego se dedicó a explicarme lo que significaba: yo tenía un gran potencial. Ahí me emocioné un poco. Mis papás también. Mi hermana comenzó a hablar lo que debe hacerse en esos casos, como si fuera yo de verdad un prodigio. Desde el inicio se me hizo algo exagerado que se me tratara como si fuera una genio en desarrollo, yo estaba muy conforme con lo que tenía hasta ese momento. Sin embargo, no se tomó ninguna medida especial y todo siguió tan normal como siempre.
Llegó el final de bimestre y con ello el examen. Como siempre, no me asustaba para nada. Ni siquiera estudiaba, tenía bien con las clases diarias. Cuando me lo devolvieron, se lo mostré a mi mamá. Había por lo menos dos 8. Juró que ese fue de los peores días de mi vida. Me regañó como si me hubiera drogado o matado a alguien. Decía que era imposible que, siendo yo, sacara calificaciones tan "bajas". "¿De verdad?", pensé. Se me hacía una reverenda estupidez. Aún así, me castigaron, me quitaron el uso de la computadora y cualquier fuente de entretenimiento. Ni siquiera podía ver a mi hermano jugar. Recuerdo que estaba muy molesta, sin embargo, por donde me quejara, todos decían lo mismo, que era inconcebible el hecho de sacar un 8.
Fue espantoso. Parecía como si ahora todos me odiaran y cualquier pretexto era bueno para que me obligaran a estudiar cosas que ya me sabía hasta el cansancio. Y entonces llegaría el siguiente examen y ahora sólo tenía un 8. Por otro lado, era la primera vez que yo obtenía una calificación perfecta en matemáticas. Yo fui directo a presumirle a mi madre, mas parece que sólo tenía ojos para el maldito 8. De nuevo me puteó, me regañó y volvió a castigarme. Terminó el año y yo terminé entre los tres mejores (no recuerdo cuál puesto). Mi mamá seguía viéndome el mal y yo ya estaba harta. Si eso era lo que implicaba ser un prodigio, no quería serlo.
Cuando empecé el quinto año, vinieron las amenazas de nuevo: como sacara un 8, me iría al limbo. Por si fuera poco, yo empezaba a sentirme muy cansada de la escuela. Todo cuanto me enseñaban ahí lo dominaba de inmediato y me aburría a muerte. También me sentía muy triste, tuve uno de mis primeros atisbos de un problema que me acompañaría toda la vida (clasificado), además de que me sentía sola ahora que no conocía a nadie, pues ese año habían remezclado todos los grupos. Dejé simplemente de hacer las cosas. Naturalmente, ahora habían más de dos o tres 8 en mi boleta de calificaciones. Como siempre, vinieron las puteadas. Yo dejé de contestar a los regaños. Mientras me hacían preguntas, por qué no hacía esto, por qué no hacía lo otro... yo simplemente no hablaba. Mi hermana llegó a decir que quizá era autista (no alucinaba tanto: de muy pequeña yo hacía las cosas muy lento y tendía a quedarme callada por largo rato). Yo, mientras tanto, preferí no decir nada.
Terminé la primaria con cierto éxito, no tuve problemas más graves pues en mi último año conté con varios plus para no sentirme tan desahuciada. Mas en la secundaria las cosas empeoraron. Ahora no sólo odiaba ser vista como una "matada", aquello me había causado problemas con mis compañeros y no dejé de ser más que un bicho raro. Los detestaba a todos y más aún a varios de mis maestros. Detestaba todo. Pero no dije nada. Si antes me había quejado de muchas otras cosas y nunca obtuve respuesta de nadie, ni de mi familia. Por primera vez reprobé en mi segundo año. Como siempre, a reclamar...
Cuando cursaba el último año, me desesperé a tal punto que dejé de ir. Pedía dinero para materiales y con ello me iba a dar la vuelta al centro de la ciudad. Por primera vez en mucho tiempo, tenía paz. No más de todas esas porquerías. Pero al mismo tiempo, sabía que tenía que volver. Ya me habían reportado, ni siquiera tenía ya credencial y no tardarían en llamar a mi casa, había estado faltando por dos semanas. Cuando lo hicieron, todos me regañaron, me putearon, me dijeron de todo. Dejó de importarme. Sólo respondía prontamente sobre lo que había estado haciendo. Acepté ponerme al corriente sin ninguna queja. Mas lo volví a hacer días después. Sucedió lo mismo. Mis papás y mi hermana (ella es la mayor) me preguntaban qué pasaba conmigo, por qué estaba haciendo eso. "Qué importa lo que diga, alguna excusa para culparme se les ocurrirá", pensé. Tan sólo dije que lo hacía por inercia.
A pesar de que logré recuperarme a tiempo, yo me sentía ahora peor que nunca. Aquella cuestión secreta, más todos los problemas que cargué con la escuela y el hecho de que siguieran elevando sus expectativas sobre mí de manera tan absurda me tenían muy molesta. Estaba enojada todo el tiempo. Creo que algo en mí se fue al carajo el día que, con alegría, dije a mi papá que me había logrado quedar en la escuela con el mayor puntaje requerido. "¿Para qué pusiste ésa? Con esa no vas a poder". Ahora resultaba que ya no era un prodigio. Es decir, no antes, en ese mismo momento dejé de ser un prodigio. Pero siguió molestándome con lo mismo. Yo me sentía cada vez menos inteligente. Me hice más receptiva a muchas otras cosas, pero sentí que ya no podía aprender nada nuevo. Todo me costaba trabajo, en el bachillerato parecía que todo era muy diferente. Entre ser o no ser una genio, me quedé a medias, donde simplemente no era nadie. Pero se habían quedado con el derecho de exigirme más de lo que podía hacer. Nuevamente, quise escapar.
Mucho tiempo después, las cosas eran muy diferentes. Ya mi familia estaba ocupada en sus problemas en vez de pasar tanto tiempo sobre mí. Cuando reinicé la preparatoria, era de nuevo una desconocida. Yo sólo era una alumna promedio. Por fin era un poco más normal, como yo y todos hubieran querido.
sábado, 12 de abril de 2014
sábado, 5 de abril de 2014
Dos días y noche de media juerga.
De alguna manera, algo en mi interior me convenció de que debía hacer ese viaje. Le dije a mis padres al día siguiente de lanzar la convocatoria el maestro y hasta ellos se sorprendieron de que quisiera hacerlo, pero a la vez se alegraron de saber que tuve la iniciativa de salir de mi caverna una vez en la vida. Yo cumplí de inmediato con la cuota del viaje, arreglé los asuntos burocráticos y el maestro me asignó un lugar para estudiarlo, porque yo me encargaría de guiar parte del recorrido. El lugar fue la Biblioteca Palafoxiana. Ya lo intuirán: iba a irme a Puebla.
Como huraña que soy, no sabía una mierda del lugar. Aunque claro, no era tan tonta como para no saber dónde y cómo buscar. Revisé libros que encontré en la red, en la biblioteca de mi escuela; mi maestro me guió en la búsqueda de material bibliográfico. El asunto iba para largo, encontré toneladas de información, entre ellas, cosas que ni siquiera imaginé que pudieran ir relacionadas al tema. Pero, como había aprendido del maestro, detrás de lo más pequeño hay un por qué enorme. Con decir que hasta usé la tesis de doctorado de un sujeto de Granada sobre los lectores de la época novohispana...
Francamente, el trabajo fue facilísimo para mí. Lo debí haber terminado en un par de días, pero lo redacté hasta poco antes del día del viaje. Habiendo concluido con mi deber, había algo que me ponía muy inquieta, bastante ansiosa. Yo tomaba clase en ese entonces en la preparatoria con un grupo bastante pequeño, era mi "último" año y casi la mitad eran recursadores. De todos ellos, quizá yo me llevaba bien con menos de cinco, por no decir que en realidad estuve sola la mayor parte de mi vida escolar. Es decir, yo era una alimaña rastrera que se ocultaba en la biblioteca en espera del gran calambre final. No siempre estaba ahí, pero por ley, siempre estaba leyendo con los audífonos puestos, escribiendo historias o simplemente aguardando a la siguiente clase. Lo cierto es que casi nadie sabía nada de mí, más que mi nombre y que era un puto fenómeno de la lectura (después de una demostración de memoria con mi profesora de inglés... que por cierto, me adoraba). Sin embargo, jamás me llevé mal con nadie y eso me permitió hacer equipo con unos compañeros para el reparto de habitaciones. Creo que fueron la mejor opción.
El día esperado, desperté luego de haber dormido como dos o tres oras. Extrañamente, no tenía sueño como en otras ocasiones. Me alisté rapidísimo y me fui con mi hermano (él también se iría de práctica a no sé dónde, se me olvidó). Llegué excesivamente temprano, algo muy acorde con mi personalidad. No había casi nadie, ni siquiera habían abierto el autobús. De hecho, aún cuando lo hicieron, tuvimos que aguardar hora y media a que un montón de bolsones y haraganes llegaran (creo que sólo faltó uno... ni modo, por pendejo). Yo estaba en constante tensión, ya que tenía un nuevo problema: desde que nací, viajar en autobús me pone muy mal. Me da náuseas y regularmente con resultados catastróficos. Pero me armé de valor y me mentalicé para no hacer el ridículo.
Toda esa concentración fue en balde... no porque haya terminado vomitando, sino porque el autobús, como dijo mi maestro, "parecía que tenía ruedas cuadradas que luego se hicieron triangulares". Me sentí mecida en una cuna enorme y no pude permanecer despierta. Horas después abrí los ojos... y todavía no llegábamos al primer punto del viaje. Válgame...
Finalmente, por la tarde llegamos al primer lugar, Huejotzingo. De ahí tuvimos un recorrido bastante ameno y muy fructífero. Todos éramos alumnos del mismo maestro, salvo unos cuantos que fueron invitados por él y su esposa, que nos ayudó en algunas partes del recorrido. Debimos haber pasado por tres o cuatro pueblos, concluyendo el trayecto de ese sábado en Tochimilco, donde fuimos espectadores de una inolvidable luna llena, sentados en la plaza con la enorme fachada de la iglesia frente a nosotros. Hasta ese momento, me había olvidado de todos los casi desconocidos que me rodeaban, lo estaba disfrutando en grande. Jamás me arrepentiré de haberme atrevido a hacerlo después de esa preciosísima noche...
(Normalmente colgaría aquí un registro fotográfico del viaje, pero la cámara de mi teléfono era muy cutre y la única decente se la había llevado mi hermano. Y en mi casa, a la vuelta, todos jode que jode porque no tomé ninguna foto... qué chistosos.)
Aún era temprano, pero el maestro prefirió que fuéramos al hotel para mañana seguir con el recorrido. Como es de esperarse, de camino a tal lugar, todos iban haciendo un escándalo con la música de celulares. Yo me fui hasta el frente para huir del barullo. Realmente no me molestaba tanto, pero ya tenía yo la costumbre de estar al frente en las clases. Llegamos, completamos nuestro registro y todos fueron a dejar sus cosas a sus habitaciones en completo orden. Yo me quedé con unos compañeros y decidimos ir al centro de la ciudad a cenar. Debo mencionar que ese día la catedral estaba bellamente iluminada... hubiéramos comprado algo más acorde con esa bohemia noche, pero como era de esperarse, todo estaba a reventar y nadie quería seguir tolerando el hambre, así que pedimos unas pizzas que comimos ahí mismo, cuando tuvimos oportunidad de tomar unos lugares. Yo, bien tranquila, comiendo mis rebanadas; los demás platicaban de sus cosas, todos se conocían. Intercambié pocas palabras con ellos. Sin embargo, para nada fue algo hostil.
La cosa se pondría diferente al volver al hotel. En el camino de vuelta, nos topamos con unos tipos. Uno de ellos era un sujeto medio raro, de aspecto desaliñado, que siempre gritaba y hablaba de música y cine underground, filosofía para juniors, etc. "Hipster", pensé. En realidad el tipo no era malo, pero tenía algo que me causaba cierta inquietud... como que siempre que yo tenía que hablar se me quedaba viendo como si fuera un espécimen en peligro de extinción. Junto a su amigo (más normal que aquél), nos propuso que fuéramos a una tienda cercana a comprar algunos refrescos y botanas. Por un momento pensé que sería una velada inocente de cuentos de terror y otras pijerías... cuando veo que, con un pie en nuestra habitación, aquellos cabrones habían sacado botellas grandes de alcohol. Me imaginé que esa noche sería tal como dicta la sabiduría popular: alcohol, drogas, sexo (no hubo nada de las últimas dos, o si las hubo, no me enteré... y francamente no me gustaría saber). Para mi sorpresa, nuestros huéspedes resultaron ser unos tipos tranquilos. Después dos chicas de una habitación cercana se nos unirían, todos o la mayoría estábamos en la misma clase, lo que lo hizo más llevadero.
Yo me mantuve al margen, bebiendo unos vasos de refresco sin alcohol y observando a todos discutir, bromear, pelearse y haciendo monerías. De vez en cuando me reía mientras revisaba mis notas, pues mañana me tocaría a mí guiar el recorrido. De pronto, el sujeto desaliñado me llama: "¿no te gusta tomar?" Yo dije que no. Su amigo me invitó a probar sólo un poco, pero me negué. El primer tipo empezó a hablar de lo extraña que yo era. "¿Por qué nunca hablas con nadie? ¿Por qué siempre estás sola? Parece que nunca sientes nada". Yo sólo seguí diciendo que no y que era su imaginación. Él siguió hablando después con su compañero acerca de mujeres, cosas del corazón y eso. Empezaba a alzar la voz, claro indicio de su incipiente ebriedad. Me sobresalto cuando me pregunta: "¿tú nunca has hecho una estupidez por amor?" Yo sólo contesto que no. Esperé un rato y dije: "no soy de ese tipo de personas". Yo pensé que iba a levantarse, ir por mí y arrojarme por la ventana cuando exclamó "¡¿qué?!", pero luego se calmó un poco y continuó. "Es imposible, quien no hace una pendejada cuando se enamora es porque no siente nada en realidad. Una vez, una novia que tuve me llamó en la madrugada. Dijo que no podía dormir y que quería dar una caminata nocturna. Yo salí de inmediato y fui por ella a su casa". "Pues no sé, es que yo no siento algo así. Supongo que no soy así, no soy muy detallista", le respondí. Ya después entendí a qué clase de sentimiento se refería (ver entrada anterior, que me da flojera poner link).
Curioso cómo sólo él, empezó a preguntar cosas sobre mí. Qué música escuchaba, si leía o no, si me gustaban hombres o mujeres... yo respondí breve y concisa a sus preguntas. Miró la hora y se sorprendió de que fueran las 3 de la mañana tan pronto. "¡Ya córrenos para que te dejemos dormir!", dijo sonriendo. Yo sólo respondí que no me molestaba (en aquel entonces, yo dormía a las 2 de la mañana y despertaba puntual a las 9... más los malditos domingos en los que mi mamá me despertaba aún más temprano). "Te vas a morir a los 40", me advirtió medio risueño. "No creo". Su amigo le dijo que se fueran de una vez porque ellos también debían guiar una parte del recorrido. Antes de marcharse, empleados del hotel fueron a inspeccionar que no tuviéramos nada raro en la habitación. No hubo problema: alguien escondió las botellas detrás de las cortinas. Finalmente, aquél par tan raro se marchó.
Dejaron huella esa noche. Es decir, la mesita de centro hecha un asco. Además, otros dos tipos estaban discutiendo (ebrios, claro). Todos se fueron a dormir menos yo, que seguí despierta hasta media hora antes de la hora del desayuno; aproveché ese tiempo para darme un baño. En mi estupidez, me quedé dormida y al momento en que nos llamaron al desayuno, no podía ni siquiera levantarme. Mis ojos ardían horrible. Tomé unos minutos para desperezarme y bajé al desayuno. No había nadie que no tuviera resaca, o al menos no vi a nadie en buen estado (los tipos de ayer seguían ebrios), excepto al maestro y a su esposa. Terminado el desayuno, todos nos desplomamos en el autobús para seguir el recorrido. Yo tampoco soporté el sueño.
No duró mucho mi siesta porque la mayoría de los destinos siguientes se encontraban en el centro de Puebla. Me tocó primero a mí. Como era de suponerse, estar en la biblioteca era diferente a verla en fotografías. Me tomé unos minutos para localizar los elementos del lugar que había estudiado previamente e hice mi presentación. Según mi maestro, estuvo perfecto. Tan perfecto y con tantos detalles que ni siquiera tuvo que apoyarme él o los guías oficiales, que en otras ocasiones habían intervenido en favor de otros equipos (yo decidí hacerlo sola). Después de esas alabanzas, estaba que no soportaba el cansancio. El resto del día se nos fue muy rápido en la ciudad. Salimos de ella para visitar un par de lugares más y nos embarcamos de regreso al DF.
Mi cuerpo estaba destrozado, pero me sentía muy bien al respecto. Después de semejante fin de semana, sentí que había dado un paso enorme. Desde ese día, fui acercándome un poco más a mis compañeros... quizá no tanto para juntarme con ellos siempre, pero al menos ya nadie pensaba que era un fenómeno extraño. Excepto el hipster, que creo que se le quedó la espina de conocerme a fondo, pero jamás hizo un intento directo y por tanto nunca le volví a poner mucha atención. Creo que ese viaje es uno de mis recuerdos más felices.
El día esperado, desperté luego de haber dormido como dos o tres oras. Extrañamente, no tenía sueño como en otras ocasiones. Me alisté rapidísimo y me fui con mi hermano (él también se iría de práctica a no sé dónde, se me olvidó). Llegué excesivamente temprano, algo muy acorde con mi personalidad. No había casi nadie, ni siquiera habían abierto el autobús. De hecho, aún cuando lo hicieron, tuvimos que aguardar hora y media a que un montón de bolsones y haraganes llegaran (creo que sólo faltó uno... ni modo, por pendejo). Yo estaba en constante tensión, ya que tenía un nuevo problema: desde que nací, viajar en autobús me pone muy mal. Me da náuseas y regularmente con resultados catastróficos. Pero me armé de valor y me mentalicé para no hacer el ridículo.
Toda esa concentración fue en balde... no porque haya terminado vomitando, sino porque el autobús, como dijo mi maestro, "parecía que tenía ruedas cuadradas que luego se hicieron triangulares". Me sentí mecida en una cuna enorme y no pude permanecer despierta. Horas después abrí los ojos... y todavía no llegábamos al primer punto del viaje. Válgame...
Finalmente, por la tarde llegamos al primer lugar, Huejotzingo. De ahí tuvimos un recorrido bastante ameno y muy fructífero. Todos éramos alumnos del mismo maestro, salvo unos cuantos que fueron invitados por él y su esposa, que nos ayudó en algunas partes del recorrido. Debimos haber pasado por tres o cuatro pueblos, concluyendo el trayecto de ese sábado en Tochimilco, donde fuimos espectadores de una inolvidable luna llena, sentados en la plaza con la enorme fachada de la iglesia frente a nosotros. Hasta ese momento, me había olvidado de todos los casi desconocidos que me rodeaban, lo estaba disfrutando en grande. Jamás me arrepentiré de haberme atrevido a hacerlo después de esa preciosísima noche...
(Normalmente colgaría aquí un registro fotográfico del viaje, pero la cámara de mi teléfono era muy cutre y la única decente se la había llevado mi hermano. Y en mi casa, a la vuelta, todos jode que jode porque no tomé ninguna foto... qué chistosos.)
Aún era temprano, pero el maestro prefirió que fuéramos al hotel para mañana seguir con el recorrido. Como es de esperarse, de camino a tal lugar, todos iban haciendo un escándalo con la música de celulares. Yo me fui hasta el frente para huir del barullo. Realmente no me molestaba tanto, pero ya tenía yo la costumbre de estar al frente en las clases. Llegamos, completamos nuestro registro y todos fueron a dejar sus cosas a sus habitaciones en completo orden. Yo me quedé con unos compañeros y decidimos ir al centro de la ciudad a cenar. Debo mencionar que ese día la catedral estaba bellamente iluminada... hubiéramos comprado algo más acorde con esa bohemia noche, pero como era de esperarse, todo estaba a reventar y nadie quería seguir tolerando el hambre, así que pedimos unas pizzas que comimos ahí mismo, cuando tuvimos oportunidad de tomar unos lugares. Yo, bien tranquila, comiendo mis rebanadas; los demás platicaban de sus cosas, todos se conocían. Intercambié pocas palabras con ellos. Sin embargo, para nada fue algo hostil.
La cosa se pondría diferente al volver al hotel. En el camino de vuelta, nos topamos con unos tipos. Uno de ellos era un sujeto medio raro, de aspecto desaliñado, que siempre gritaba y hablaba de música y cine underground, filosofía para juniors, etc. "Hipster", pensé. En realidad el tipo no era malo, pero tenía algo que me causaba cierta inquietud... como que siempre que yo tenía que hablar se me quedaba viendo como si fuera un espécimen en peligro de extinción. Junto a su amigo (más normal que aquél), nos propuso que fuéramos a una tienda cercana a comprar algunos refrescos y botanas. Por un momento pensé que sería una velada inocente de cuentos de terror y otras pijerías... cuando veo que, con un pie en nuestra habitación, aquellos cabrones habían sacado botellas grandes de alcohol. Me imaginé que esa noche sería tal como dicta la sabiduría popular: alcohol, drogas, sexo (no hubo nada de las últimas dos, o si las hubo, no me enteré... y francamente no me gustaría saber). Para mi sorpresa, nuestros huéspedes resultaron ser unos tipos tranquilos. Después dos chicas de una habitación cercana se nos unirían, todos o la mayoría estábamos en la misma clase, lo que lo hizo más llevadero.
Yo me mantuve al margen, bebiendo unos vasos de refresco sin alcohol y observando a todos discutir, bromear, pelearse y haciendo monerías. De vez en cuando me reía mientras revisaba mis notas, pues mañana me tocaría a mí guiar el recorrido. De pronto, el sujeto desaliñado me llama: "¿no te gusta tomar?" Yo dije que no. Su amigo me invitó a probar sólo un poco, pero me negué. El primer tipo empezó a hablar de lo extraña que yo era. "¿Por qué nunca hablas con nadie? ¿Por qué siempre estás sola? Parece que nunca sientes nada". Yo sólo seguí diciendo que no y que era su imaginación. Él siguió hablando después con su compañero acerca de mujeres, cosas del corazón y eso. Empezaba a alzar la voz, claro indicio de su incipiente ebriedad. Me sobresalto cuando me pregunta: "¿tú nunca has hecho una estupidez por amor?" Yo sólo contesto que no. Esperé un rato y dije: "no soy de ese tipo de personas". Yo pensé que iba a levantarse, ir por mí y arrojarme por la ventana cuando exclamó "¡¿qué?!", pero luego se calmó un poco y continuó. "Es imposible, quien no hace una pendejada cuando se enamora es porque no siente nada en realidad. Una vez, una novia que tuve me llamó en la madrugada. Dijo que no podía dormir y que quería dar una caminata nocturna. Yo salí de inmediato y fui por ella a su casa". "Pues no sé, es que yo no siento algo así. Supongo que no soy así, no soy muy detallista", le respondí. Ya después entendí a qué clase de sentimiento se refería (ver entrada anterior, que me da flojera poner link).
Curioso cómo sólo él, empezó a preguntar cosas sobre mí. Qué música escuchaba, si leía o no, si me gustaban hombres o mujeres... yo respondí breve y concisa a sus preguntas. Miró la hora y se sorprendió de que fueran las 3 de la mañana tan pronto. "¡Ya córrenos para que te dejemos dormir!", dijo sonriendo. Yo sólo respondí que no me molestaba (en aquel entonces, yo dormía a las 2 de la mañana y despertaba puntual a las 9... más los malditos domingos en los que mi mamá me despertaba aún más temprano). "Te vas a morir a los 40", me advirtió medio risueño. "No creo". Su amigo le dijo que se fueran de una vez porque ellos también debían guiar una parte del recorrido. Antes de marcharse, empleados del hotel fueron a inspeccionar que no tuviéramos nada raro en la habitación. No hubo problema: alguien escondió las botellas detrás de las cortinas. Finalmente, aquél par tan raro se marchó.
Dejaron huella esa noche. Es decir, la mesita de centro hecha un asco. Además, otros dos tipos estaban discutiendo (ebrios, claro). Todos se fueron a dormir menos yo, que seguí despierta hasta media hora antes de la hora del desayuno; aproveché ese tiempo para darme un baño. En mi estupidez, me quedé dormida y al momento en que nos llamaron al desayuno, no podía ni siquiera levantarme. Mis ojos ardían horrible. Tomé unos minutos para desperezarme y bajé al desayuno. No había nadie que no tuviera resaca, o al menos no vi a nadie en buen estado (los tipos de ayer seguían ebrios), excepto al maestro y a su esposa. Terminado el desayuno, todos nos desplomamos en el autobús para seguir el recorrido. Yo tampoco soporté el sueño.
No duró mucho mi siesta porque la mayoría de los destinos siguientes se encontraban en el centro de Puebla. Me tocó primero a mí. Como era de suponerse, estar en la biblioteca era diferente a verla en fotografías. Me tomé unos minutos para localizar los elementos del lugar que había estudiado previamente e hice mi presentación. Según mi maestro, estuvo perfecto. Tan perfecto y con tantos detalles que ni siquiera tuvo que apoyarme él o los guías oficiales, que en otras ocasiones habían intervenido en favor de otros equipos (yo decidí hacerlo sola). Después de esas alabanzas, estaba que no soportaba el cansancio. El resto del día se nos fue muy rápido en la ciudad. Salimos de ella para visitar un par de lugares más y nos embarcamos de regreso al DF.
Mi cuerpo estaba destrozado, pero me sentía muy bien al respecto. Después de semejante fin de semana, sentí que había dado un paso enorme. Desde ese día, fui acercándome un poco más a mis compañeros... quizá no tanto para juntarme con ellos siempre, pero al menos ya nadie pensaba que era un fenómeno extraño. Excepto el hipster, que creo que se le quedó la espina de conocerme a fondo, pero jamás hizo un intento directo y por tanto nunca le volví a poner mucha atención. Creo que ese viaje es uno de mis recuerdos más felices.
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Memorias desclasificadas
Primavera sabor de moras.
En el pasado, en la primera edición de este blog para ser exacta, en las últimas entradas que aparecieron antes de ser incluidas en mi archivo permanente, se vieron desplantes de tristeza y de un débil enojo, atribuidas a una situación muy triste de la que, por ciertas precauciones que evitarían molestias a los involucrados en la historia y para no seguir pensando más en aquel suceso, no se hicieron descripciones tan precisas y evité no volver a mencionar el suceso en público. Las cosas que sí fueron escritas no pasaban de ser referencias mordaces que intentaban en vano hacer sátira de lo sucedido, haciendo parecer que aquello fue un episodio gracioso, digno de ridiculizar... cuando para nada fue así. Con ello sólo logré transformar mi vida en un mal chiste que ni siquiera yo tragué y, si por alguna razón fue visto en algún momento por la principal involucrada, lamentaría mucho las molestias causadas. Pero lo hecho, hecho está y quién sabe si mis excusas serán leídas algún día por esa persona.
Mas de lo único que no he mostrado arrepentimiento es de una carta publicada aproximadamente el 30 de mayo de 2012 en la primera edición del blog, donde expresé primeramente las sensaciones amargas de aquel momento. Actualmente, dicha carta permanece oculta (a petición de personas que le dieron el visto bueno y porque me pareció que habría sido muy hortera al borrarla), esperando el día en que pudiera ser publicada junto con otras notas que tengo por ahí dispersas. Nuevamente, ignoro si la carta fue leída por su destinatario (que para nada la contacté, porque no pude y no quería ser un incordio saqueando bases de datos para hallarla; ya había hecho demasiados desmanes), cuyo nombre figura clarísimo en el saludo y era muy fácil de identificar por un círculo un tanto amplio de personas.
He de comenzar diciendo que ésta no fue la primera vez que me sucedió algo así. Ocurrieron cosas similares hace ya varios años, cuando yo no era lo que debía. Dicha historia nunca fue publicada y aún espero un momento amable para hacerlo, por las mismas razones. Lo que ambas situaciones tuvieron en común fue algo que, para mucha gente, es ridículo, una sensación pasajera. Y esa sensación no es otra que el amor a distancia. Recuerdo que hace mucho tiempo, un compañero de escuela me contó de su experiencia en aquel campo y yo, ingenuamente, le dije que aquello eran puras tonterías. Con el tiempo y las dos experiencias que tuve, descubrí que la sensación es real y que no necesariamente se sustenta en una condescendencia o en una "inexplicable" atracción emocional, ni que fuera por ser muy fotogénica... sin duda ahora pienso que enamorarse a distancia es algo que ocurre, pero entablar una relación de esta manera, eso es otra cosa. En mi caso, mi comportamiento errático en un principio me causó grandes problemas y, después de andar dando tumbos, arrepintiéndome de muchas cosas y volviendo a asumirlas como mi responsabilidad, aquello se consumó. No duró demasiado, quizás nada y quizá sólo yo le vi el sentido. Pero fui muy feliz, aún si hubieran sido segundos, fui muy feliz.
El mes de mayo, hace dos años, encontré casualmente a una mujer. Se llamaba María (quienes tenga memoria buena y hayan pasado de casualidad por aquí hace un par de años sabrán quién es) y me causaba una sensación extraña su mirada, pensé que quizás la conocería de antes, pero cuando vi que no estaba tan cerca de mi ciudad, me convencí de que eran meras alucinaciones mías. Quise conocerla y pasaron unos días antes de que conversáramos por primera vez. En aquellos tiempos, me encontraba preparándome para un examen importante y aquello me sentó muy bien para no sufrir un derrame entre tantas fórmulas y conceptos que a medias entendía. La primera fue una conversación bastante común, que terminó en poco tiempo. Normalmente, con lo huraña que soy, lo hubiera dejado en eso, en una plática simple y banal... pero algo me convencía para que no fuera así.
Los días siguientes pasaron un poco lentos para mí. Mi padre llevaba unos días yendo al hospital donde mi abuela convalecía. Todos esperaban a que le llegara la hora, habían sido 92 años de vida variopinta. Yo también lo sabía y por ello intenté no hacer mucho ruido al respecto. Seguí con mis estudios y cada día esperaba a que ella volviera aunque sea por un momento. Me sentía extraña esperando todos los días por alguien con quien, en apariencia, no tuviera mucho en común. Que platicáramos de cosillas tan simples me daba un gusto enorme. Miré sus trabajos fotográficos y me habían encantado, a pesar de ser tan dura de mollera yo para el arte visual. Creo que en esas fotos se escondía algo, algo que al mismo tiempo era renegado. También me sorprendí de verme platicando con alguien cuyo perfil normalmente encaja en personas que no son de mi agrado: parecía siempre triste y le costaba bastante aceptar lo bueno de su persona. Pero por alguna razón, no quise irme.
Yo soy pésima para dar consejos. En mis relaciones interpersonales no doy una, casi siempre estoy sola y amigos buenos muy pocos. Yo lo he sabido desde siempre y a pesar de eso, estaba haciendo un intento por encima de mis capacidades de interacción social. Intenté tímidamente darle mi apoyo moral. Traté de no portarme tan plasta como siempre, no quise ser tan agresiva verbalmente como era con mucha gente. María me parecía tan... especial. Tenía una singularidad... inusual. Cuando platicaba con otras personas de confianza, siempre la mencionaba. Por algo la veía en todos lados. Y cuando no tenía la intención, la mencionaba. Cuando yo lo noté, miré a los ojos de su foto y mi corazón se estremeció: me estaba clavando. Me asustaba mucho eso, porque yo sabía lo mal que podía acabar. Sentí mucho miedo de lo que podría pasar; tanto miedo tuve que por un momento pensé que ya no debía seguir contactándola y me oculté. Eso fue bastante idiota, porque por más que yo quisiera ya no saber de ella, todo el tiempo le contaba a la gente de sus maravillas. No soporté y volví. Di una excusa ridícula y esperé a que todo siguiera como antes.
Posteriormente, aquello me hizo sentir una culpa terrible. Estaba actuando muy estúpidamente y seguramente había quedado como una demente. Pero me prometí no volver a hacerlo y seguir mi instinto. Tenía un presentimiento: aquello no debía terminar tan mal si no quería. Sin embargo, tuve que decidir qué hacer en base a lo que sentía.
El sentimiento era muy fuerte para ocultarlo. A pesar de eso, tenía una cosa clara: pasara lo que pasara, no era necesario el compromiso. No me interesaba ser correspondida, no quería que se me reconociera por nada. Sí, ésa fue la primera vez que sentí lo que es preocuparse genuinamente por alguien. Dejaron de importarme las múltiples inconveniencias de lo que se estaba gestando en mí. No quería algo así, yo quería dar mi vida por alguien. Veía a María tan mal y no soportaba la idea. Yo no sería su mayor amiga o confidente en esos momentos, pero quería hacer algo; mis consejos eran un asco, pero quería que supiera que así, débil, tonta y cobarde, me tendría allí para apoyarse, prometí nunca dejarle en desamparo pese a la distancia. Muchas veces sentí que no fui lo suficientemente clara con eso, me quedé con las ganas de decir eso y mucho más.
Falleció mi abuela y fui a su funeral (que fue inmenso, ya después haré una crónica de lo ocurrido allí). Con una carga menos, tuve que seguir preparándome para mi examen. Esos días seguí platicando con María. Me causaba inquietud el hecho de que siempre se mantenía distante. "Si no me agradaras ni siquiera hablaría contigo", me dijo una vez que lo expresé. Me animé un poco.
(Nota: durante lo narrado en el siguiente párrafo, cabe resaltar que conocí a un dibujante que fue mencionado ya en esta entrada en el punto 4. Ahí se menciona brevemente lo que hizo, que resultó ser su sentencia de muerte. Gracias.)
Ignoro cuántos días habían sido desde que empecé a platicar con ella. Cada día que seguí aprendiendo de ella fue sensacional. Me había encantado su sencillez, su sensibilidad increíble. Y no era nada fea, he de decir. Para nada lo era. Un día, empezó como todos. Estudiaba, la esperaba y platicábamos un poco. Esa noche fue muy... singular. Aún pienso en ello y no me creo lo que hice. Había mencionado que no quería nada, ¿cierto? Aquella noche creo que estuve por romper la regla cuando no pude más y esperé a que al menos eso pudiera ayudarle. Las cosas estaban muy mal para ella. Había dicho que no podía más con un problema muy serio para ella (classified). A muchos parecerá ridículo que yo me preocupe tanto por alguien que está tan lejos, pero para mí fue muy doloroso. Respiraba de la misma angustia. Cuando dejó de responder, supe que era peor que nunca. No sé cómo salió aquello al final, pero de la vorágine de desesperación que azotaba en mi corazón, sustraje mis sentimientos y, como si fuera a ayudarle en algo o si pudiera salvarle con eso de su dolor, dije: "yo te amo Y... yo te necesito". Pensé que me daría un paro luego de decir eso. Pasado un rato, ella contestó, diciendo que se iba a dormir, soñar. Fue sórdido. Se fue, yo no dormí hasta horas después.
Al día siguiente, seguí sin creer lo que había dicho. No quería que aquello se volviera un problema y sentí miedo otra vez. Pero no quise dejarme llevar otra vez. María llegó y le pregunté cómo se sentía, parecía que ya mejor. Fue más amena la charla sobre su problema y creo que fue incluso tranquilizante. Me regaló una foto de hacía un año, que desafortunadamente perdí cuando me mudé y dejé la computadora. Yo, siempre tan bestia, tuve que preguntar lo que pensó de la noche anterior. No me quedó muy claro, pero no hubo ningún problema.
Es un tanto difícil reconstruir toda la historia. Mi memoria falla y no cuento con archivos al respecto por culpa de un arranque. Pero recuerdo que no fue mucho el tiempo que pasó cuando rompí la regla. Sí, se lo propuse. Pensé en mi locura (era muy pronto y hasta yo lo sabía) que tenía la oportunidad de algo bueno. No sé, simplemente lo pensé. Estaba muy emocionada ese día. No supo qué decirme, más que sentía algo muy lindo. Me sugestionó bastante. Pensé que estaba en lo correcto, a pesar de que me pidió tiempo. Si con eso no fue suficiente, mis estupideces aumentaron en intensidad cuando le pedí que olvidara mi propuesta. ¿Razones? Miedo. Como siempre tan blandengue...
Lo que me tuvo peor en ese momento fue que mi examen estaba muy cerca. Creo que mi declaración fue un viernes o sábado, el lunes sería la gran prueba. Estaba tensa, en mi casa todos lo sentían. No dormía bien, sudaba más de lo normal y ya casi no salía de mi cuarto. Estudiaba aún más que antes, pero parecía que no se quedaba nada en mi cabeza. El domingo fue de lo peor. Lo de siempre, día de mierda (odio los domingos desde que nací), calor espantoso, comida cutre... el último día de estudio y pensé que iba a colapsar. Le oculté mi estado a María, quién sabe si lo haya notado. Ella se fue a dormir. Yo estaba muerta en vida. Me acosté a la hora usual, pero el sueño no llegaba. Seguía pensando en el examen, en ella, en mis estupideces. Tenía que hacer algo. No dormí un coño. A la mañana siguiente incluso la saludé antes de que se fuera. Yo fui a mi examen al mediodía. Pude resolver el examen en menos de una hora (no lo hice a lo tonto, que conste), pero tardé más que eso en volver a casa. Tomé una determinación: ya no debía hacer estupideces. Debía decidirme de una vez, dejar de dar tumbos, dejar de ser sólo un maldito incordio. Llegué a casa, comí a gran velocidad (yo de por sí devoro lo que veo) fui a esperarla. Me saludó como siempre, yo igual. Y me preguntó cómo me fue en mi examen. "Fue media hora de examen y otra hora de pensar en ti, ¡te amo, de verdad te amo!" Mi corazoncito casi estalla mientras expulsaba todo lo que sentía. Dije cosas que pensé que no podía. "Eres la mujer más maravillosa del mundo, adoro tu sensibilidad..." y no sé cuánto más dije, rematando con la propuesta que hacía unos días le pedí que ignorara: "¿quieres ser mi novia?" Por su reacción, pareció que le conmovió bastante. Yo no sé... supongo que los hechos hablan mejor que yo.
Pensé que me iba a desmayar. A pesar de que no percibí mucha seguridad en sus palabras, aceptó. Qué más daba el miedo y todo lo demás, tan sólo un "sí" resonaba en mi mente. Tenía una corazonada. Mas aquello no duró mucho y jamás supe por qué.
Creo que al menos una vez en la vida hay algo que nos cambia, que nos zarandea y al mirarnos al espejo ya no somos iguales. Quizá aquél fue mi momento, porque no me siento la misma. Si habrá sido para bien o para mal el cambio, no sé, pero sí hay cosas que son diferentes. Pasó un poco de tiempo hasta que conocí a mi actual pareja, con quien vivo hoy en día. Los días que siguieron desde que perdí el contacto con María fueron muy malos para mí. De pronto, ya no era mi único problema y el mundo se me vino encima. Francamente, nunca había llorado así por alguien. Digo, suena ridículo y lo sé, quizás hasta enfermizo, pero así pasó. Pese a no haber entendido nada, pese a haber sentido enojo alguna vez, pese a todas las tonterías que dije en esos tiempos... nunca me atreví a pensar nada malo de ella. Simplemente no creo que sea así. Y realmente no me molesta pensar en lo que ocurrió. Y finalmente, creo que saber o no saber dejó de ser importante.
Incluso, cuando conocí a Mickey (alias Mikaela H.) y éste deliberadamente empezó a decirme mentiras sobre ella (incluso dijo que quería hacerle daño y casi me convence), no quise entrometerme más. Sabía que mentía y pude haber hecho algo, pero es un tipo demasiado idiota y cobarde para hacerlo, además de que eso sólo hubiera causado más problemas. Supe después que había hecho más cosas, junto a otra persona (ver enlace anterior y adivinar), pero igual decidí no hacer nada. Tengo la firme creencia de que la gente confía en que sólo soy lo que la gente ve en mí y no lo que les cuentan los terceros. Si después quise averiguar qué había sido de su vida, eso es cierto sin duda. Esperaba enterarme que todo iba viento en popa para ella. Ya lo dije antes, me preocupaba por ella. Actualmente no sé qué haga o cómo le vaya, pero confío en que, de alguna manera, las cosas hayan salido como debían salir y que nadie haya cometido un error.
¿La carta? Ahí sigue. Doy fe.
Mas de lo único que no he mostrado arrepentimiento es de una carta publicada aproximadamente el 30 de mayo de 2012 en la primera edición del blog, donde expresé primeramente las sensaciones amargas de aquel momento. Actualmente, dicha carta permanece oculta (a petición de personas que le dieron el visto bueno y porque me pareció que habría sido muy hortera al borrarla), esperando el día en que pudiera ser publicada junto con otras notas que tengo por ahí dispersas. Nuevamente, ignoro si la carta fue leída por su destinatario (que para nada la contacté, porque no pude y no quería ser un incordio saqueando bases de datos para hallarla; ya había hecho demasiados desmanes), cuyo nombre figura clarísimo en el saludo y era muy fácil de identificar por un círculo un tanto amplio de personas.
He de comenzar diciendo que ésta no fue la primera vez que me sucedió algo así. Ocurrieron cosas similares hace ya varios años, cuando yo no era lo que debía. Dicha historia nunca fue publicada y aún espero un momento amable para hacerlo, por las mismas razones. Lo que ambas situaciones tuvieron en común fue algo que, para mucha gente, es ridículo, una sensación pasajera. Y esa sensación no es otra que el amor a distancia. Recuerdo que hace mucho tiempo, un compañero de escuela me contó de su experiencia en aquel campo y yo, ingenuamente, le dije que aquello eran puras tonterías. Con el tiempo y las dos experiencias que tuve, descubrí que la sensación es real y que no necesariamente se sustenta en una condescendencia o en una "inexplicable" atracción emocional, ni que fuera por ser muy fotogénica... sin duda ahora pienso que enamorarse a distancia es algo que ocurre, pero entablar una relación de esta manera, eso es otra cosa. En mi caso, mi comportamiento errático en un principio me causó grandes problemas y, después de andar dando tumbos, arrepintiéndome de muchas cosas y volviendo a asumirlas como mi responsabilidad, aquello se consumó. No duró demasiado, quizás nada y quizá sólo yo le vi el sentido. Pero fui muy feliz, aún si hubieran sido segundos, fui muy feliz.
El mes de mayo, hace dos años, encontré casualmente a una mujer. Se llamaba María (quienes tenga memoria buena y hayan pasado de casualidad por aquí hace un par de años sabrán quién es) y me causaba una sensación extraña su mirada, pensé que quizás la conocería de antes, pero cuando vi que no estaba tan cerca de mi ciudad, me convencí de que eran meras alucinaciones mías. Quise conocerla y pasaron unos días antes de que conversáramos por primera vez. En aquellos tiempos, me encontraba preparándome para un examen importante y aquello me sentó muy bien para no sufrir un derrame entre tantas fórmulas y conceptos que a medias entendía. La primera fue una conversación bastante común, que terminó en poco tiempo. Normalmente, con lo huraña que soy, lo hubiera dejado en eso, en una plática simple y banal... pero algo me convencía para que no fuera así.
Los días siguientes pasaron un poco lentos para mí. Mi padre llevaba unos días yendo al hospital donde mi abuela convalecía. Todos esperaban a que le llegara la hora, habían sido 92 años de vida variopinta. Yo también lo sabía y por ello intenté no hacer mucho ruido al respecto. Seguí con mis estudios y cada día esperaba a que ella volviera aunque sea por un momento. Me sentía extraña esperando todos los días por alguien con quien, en apariencia, no tuviera mucho en común. Que platicáramos de cosillas tan simples me daba un gusto enorme. Miré sus trabajos fotográficos y me habían encantado, a pesar de ser tan dura de mollera yo para el arte visual. Creo que en esas fotos se escondía algo, algo que al mismo tiempo era renegado. También me sorprendí de verme platicando con alguien cuyo perfil normalmente encaja en personas que no son de mi agrado: parecía siempre triste y le costaba bastante aceptar lo bueno de su persona. Pero por alguna razón, no quise irme.
Yo soy pésima para dar consejos. En mis relaciones interpersonales no doy una, casi siempre estoy sola y amigos buenos muy pocos. Yo lo he sabido desde siempre y a pesar de eso, estaba haciendo un intento por encima de mis capacidades de interacción social. Intenté tímidamente darle mi apoyo moral. Traté de no portarme tan plasta como siempre, no quise ser tan agresiva verbalmente como era con mucha gente. María me parecía tan... especial. Tenía una singularidad... inusual. Cuando platicaba con otras personas de confianza, siempre la mencionaba. Por algo la veía en todos lados. Y cuando no tenía la intención, la mencionaba. Cuando yo lo noté, miré a los ojos de su foto y mi corazón se estremeció: me estaba clavando. Me asustaba mucho eso, porque yo sabía lo mal que podía acabar. Sentí mucho miedo de lo que podría pasar; tanto miedo tuve que por un momento pensé que ya no debía seguir contactándola y me oculté. Eso fue bastante idiota, porque por más que yo quisiera ya no saber de ella, todo el tiempo le contaba a la gente de sus maravillas. No soporté y volví. Di una excusa ridícula y esperé a que todo siguiera como antes.
Posteriormente, aquello me hizo sentir una culpa terrible. Estaba actuando muy estúpidamente y seguramente había quedado como una demente. Pero me prometí no volver a hacerlo y seguir mi instinto. Tenía un presentimiento: aquello no debía terminar tan mal si no quería. Sin embargo, tuve que decidir qué hacer en base a lo que sentía.
El sentimiento era muy fuerte para ocultarlo. A pesar de eso, tenía una cosa clara: pasara lo que pasara, no era necesario el compromiso. No me interesaba ser correspondida, no quería que se me reconociera por nada. Sí, ésa fue la primera vez que sentí lo que es preocuparse genuinamente por alguien. Dejaron de importarme las múltiples inconveniencias de lo que se estaba gestando en mí. No quería algo así, yo quería dar mi vida por alguien. Veía a María tan mal y no soportaba la idea. Yo no sería su mayor amiga o confidente en esos momentos, pero quería hacer algo; mis consejos eran un asco, pero quería que supiera que así, débil, tonta y cobarde, me tendría allí para apoyarse, prometí nunca dejarle en desamparo pese a la distancia. Muchas veces sentí que no fui lo suficientemente clara con eso, me quedé con las ganas de decir eso y mucho más.
Falleció mi abuela y fui a su funeral (que fue inmenso, ya después haré una crónica de lo ocurrido allí). Con una carga menos, tuve que seguir preparándome para mi examen. Esos días seguí platicando con María. Me causaba inquietud el hecho de que siempre se mantenía distante. "Si no me agradaras ni siquiera hablaría contigo", me dijo una vez que lo expresé. Me animé un poco.
(Nota: durante lo narrado en el siguiente párrafo, cabe resaltar que conocí a un dibujante que fue mencionado ya en esta entrada en el punto 4. Ahí se menciona brevemente lo que hizo, que resultó ser su sentencia de muerte. Gracias.)
Ignoro cuántos días habían sido desde que empecé a platicar con ella. Cada día que seguí aprendiendo de ella fue sensacional. Me había encantado su sencillez, su sensibilidad increíble. Y no era nada fea, he de decir. Para nada lo era. Un día, empezó como todos. Estudiaba, la esperaba y platicábamos un poco. Esa noche fue muy... singular. Aún pienso en ello y no me creo lo que hice. Había mencionado que no quería nada, ¿cierto? Aquella noche creo que estuve por romper la regla cuando no pude más y esperé a que al menos eso pudiera ayudarle. Las cosas estaban muy mal para ella. Había dicho que no podía más con un problema muy serio para ella (classified). A muchos parecerá ridículo que yo me preocupe tanto por alguien que está tan lejos, pero para mí fue muy doloroso. Respiraba de la misma angustia. Cuando dejó de responder, supe que era peor que nunca. No sé cómo salió aquello al final, pero de la vorágine de desesperación que azotaba en mi corazón, sustraje mis sentimientos y, como si fuera a ayudarle en algo o si pudiera salvarle con eso de su dolor, dije: "yo te amo Y... yo te necesito". Pensé que me daría un paro luego de decir eso. Pasado un rato, ella contestó, diciendo que se iba a dormir, soñar. Fue sórdido. Se fue, yo no dormí hasta horas después.
Al día siguiente, seguí sin creer lo que había dicho. No quería que aquello se volviera un problema y sentí miedo otra vez. Pero no quise dejarme llevar otra vez. María llegó y le pregunté cómo se sentía, parecía que ya mejor. Fue más amena la charla sobre su problema y creo que fue incluso tranquilizante. Me regaló una foto de hacía un año, que desafortunadamente perdí cuando me mudé y dejé la computadora. Yo, siempre tan bestia, tuve que preguntar lo que pensó de la noche anterior. No me quedó muy claro, pero no hubo ningún problema.
Es un tanto difícil reconstruir toda la historia. Mi memoria falla y no cuento con archivos al respecto por culpa de un arranque. Pero recuerdo que no fue mucho el tiempo que pasó cuando rompí la regla. Sí, se lo propuse. Pensé en mi locura (era muy pronto y hasta yo lo sabía) que tenía la oportunidad de algo bueno. No sé, simplemente lo pensé. Estaba muy emocionada ese día. No supo qué decirme, más que sentía algo muy lindo. Me sugestionó bastante. Pensé que estaba en lo correcto, a pesar de que me pidió tiempo. Si con eso no fue suficiente, mis estupideces aumentaron en intensidad cuando le pedí que olvidara mi propuesta. ¿Razones? Miedo. Como siempre tan blandengue...
Lo que me tuvo peor en ese momento fue que mi examen estaba muy cerca. Creo que mi declaración fue un viernes o sábado, el lunes sería la gran prueba. Estaba tensa, en mi casa todos lo sentían. No dormía bien, sudaba más de lo normal y ya casi no salía de mi cuarto. Estudiaba aún más que antes, pero parecía que no se quedaba nada en mi cabeza. El domingo fue de lo peor. Lo de siempre, día de mierda (odio los domingos desde que nací), calor espantoso, comida cutre... el último día de estudio y pensé que iba a colapsar. Le oculté mi estado a María, quién sabe si lo haya notado. Ella se fue a dormir. Yo estaba muerta en vida. Me acosté a la hora usual, pero el sueño no llegaba. Seguía pensando en el examen, en ella, en mis estupideces. Tenía que hacer algo. No dormí un coño. A la mañana siguiente incluso la saludé antes de que se fuera. Yo fui a mi examen al mediodía. Pude resolver el examen en menos de una hora (no lo hice a lo tonto, que conste), pero tardé más que eso en volver a casa. Tomé una determinación: ya no debía hacer estupideces. Debía decidirme de una vez, dejar de dar tumbos, dejar de ser sólo un maldito incordio. Llegué a casa, comí a gran velocidad (yo de por sí devoro lo que veo) fui a esperarla. Me saludó como siempre, yo igual. Y me preguntó cómo me fue en mi examen. "Fue media hora de examen y otra hora de pensar en ti, ¡te amo, de verdad te amo!" Mi corazoncito casi estalla mientras expulsaba todo lo que sentía. Dije cosas que pensé que no podía. "Eres la mujer más maravillosa del mundo, adoro tu sensibilidad..." y no sé cuánto más dije, rematando con la propuesta que hacía unos días le pedí que ignorara: "¿quieres ser mi novia?" Por su reacción, pareció que le conmovió bastante. Yo no sé... supongo que los hechos hablan mejor que yo.
Pensé que me iba a desmayar. A pesar de que no percibí mucha seguridad en sus palabras, aceptó. Qué más daba el miedo y todo lo demás, tan sólo un "sí" resonaba en mi mente. Tenía una corazonada. Mas aquello no duró mucho y jamás supe por qué.
Creo que al menos una vez en la vida hay algo que nos cambia, que nos zarandea y al mirarnos al espejo ya no somos iguales. Quizá aquél fue mi momento, porque no me siento la misma. Si habrá sido para bien o para mal el cambio, no sé, pero sí hay cosas que son diferentes. Pasó un poco de tiempo hasta que conocí a mi actual pareja, con quien vivo hoy en día. Los días que siguieron desde que perdí el contacto con María fueron muy malos para mí. De pronto, ya no era mi único problema y el mundo se me vino encima. Francamente, nunca había llorado así por alguien. Digo, suena ridículo y lo sé, quizás hasta enfermizo, pero así pasó. Pese a no haber entendido nada, pese a haber sentido enojo alguna vez, pese a todas las tonterías que dije en esos tiempos... nunca me atreví a pensar nada malo de ella. Simplemente no creo que sea así. Y realmente no me molesta pensar en lo que ocurrió. Y finalmente, creo que saber o no saber dejó de ser importante.
Incluso, cuando conocí a Mickey (alias Mikaela H.) y éste deliberadamente empezó a decirme mentiras sobre ella (incluso dijo que quería hacerle daño y casi me convence), no quise entrometerme más. Sabía que mentía y pude haber hecho algo, pero es un tipo demasiado idiota y cobarde para hacerlo, además de que eso sólo hubiera causado más problemas. Supe después que había hecho más cosas, junto a otra persona (ver enlace anterior y adivinar), pero igual decidí no hacer nada. Tengo la firme creencia de que la gente confía en que sólo soy lo que la gente ve en mí y no lo que les cuentan los terceros. Si después quise averiguar qué había sido de su vida, eso es cierto sin duda. Esperaba enterarme que todo iba viento en popa para ella. Ya lo dije antes, me preocupaba por ella. Actualmente no sé qué haga o cómo le vaya, pero confío en que, de alguna manera, las cosas hayan salido como debían salir y que nadie haya cometido un error.
¿La carta? Ahí sigue. Doy fe.
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