Por lo regular, narrar un episodio infructuoso de la vida amorosa pone melancólica a las personas. A veces, a pesar de ello y dependiendo del final de la historia, se transforma en un bonito recuerdo. He sentido tanto una como la otra. Pero hoy me he acordado de otro episodio, que precisamente transcurrió hace como poco más de tres años, en el mes de febrero...
En el año y medio que llevaba en la escuela que quería, las cosas cambiaban de tono con una frecuencia que empezaba a cansarme: empezó bien, conocí a gente interesante, pasaba la mayor parte del tiempo con ellos y al final, por una u otra cosa no les volvía a ver hasta después de largo rato. Cuando pasé de grado me vi rodeada de gente muy desagradable, además, la pesadilla de hace un par de años se repitió para mí: sobrepoblación escolar. Eso es, no había clase en que alguien no tuviera que buscar en otro salón una silla o un banco extra. Yo soy como un animalillo: me pongo nerviosa y me molesto cuando estoy con gente desconocida. Y no conocía a casi nadie (o ya me caían mal).
Siempre me he automarginado en la escuela. Ese año lo hice aún peor. Sin embargo, no me llevaba mal con nadie, unos pocos me hacían charla y recuerdo que hubo un chico con el que tenía un "viernes de nachos". Luego, otro sujeto que medio desvariaba siempre me metía en sus locuras. Me agradaba, pero en ocasiones era medio perturbador. Practicaba lucha grecorromana y siempre me pedía que lo tocara en partes donde lo habían lastimado. Sólo a mí. Ah, pero hubo un sujeto alto, de cabello rizado y con una mirada medio bizca que me invitaba siempre a socializar con la gente; una costumbre suya era llevarme con él a la fuerza para que me juntara con sus amigos cuando todos me parecían unos cretinos.
Sin embargo, cuando pensé que moriría en un rincón aburrida y sola, algo despertó en mi interior... como cuando tienes una idea estúpida y nace en ti la firme convicción de llevarla a cabo: me empecé a fijar en una chica. Quizás fueron las apariencias: no era tan escandalosa como mis otras compañeras, ni tan pedante como los hombres. Al contrario de mí, ella sí podía relacionarse bien con los demás, pero también tenía momentos en los que se abstraía de todo para leer algún buen libro. Además de todo, no era nada fea. Había conocido a mujeres así antes (y después) y no me gustaron. Ella tenía ese no sé qué... que qué sé yo. Pero no sabía qué hacer.
Se lo comenté al tipo de la lucha grecorromana. Él la había besado antes por pura calentura que tuvieron los dos (mala señal), además de que hablaba con ella regularmente. Me dijo que era buena chica, pero que era muy pesimista. Buen muchacho aquél, se comprometió a ayudarme. Normalmente no acostumbro contarle a la gente cuando alguien me gusta (salvo en un caso relatado anteriormente aquí) y me sentí muy incómoda contando eso a mi compañero. Yo pensé que se burlaría de mí, pero lo tomó bien.
Después se lo conté al tipo de los ojos bizcos. Estaba muy emocionado, parecía que le hubiera dicho que dejé las drogas o que me uniría a Greenpeace. Rápidamente se ofreció a ayudarme y se desapareció. El día transcurrió con normalidad y en la tarde siguiente me lo encontraría antes de entrar a una clase. "Oye, ¿qué crees? Ya le dije". "¿A quién?", pregunté extrañada. "A Viridiana, ya le dije que le gustas". Sonreí. Pero en realidad pensé:
"¿Eres imbécil? Digo... ejem, ¿te falta un cromosoma o algo así? ¿Lo hiciste a propósito o bebiste algo que te puso las piernas temblorosas? Grandísimo cretino, no sé cómo se te ocurrió, pareces nuevo; coño, no sé ni cómo putearte, desearía arrancarte los brazos y hacer que te los comas, eres un cabronazo inmenso. Gracias, gracias por joderme."
No hace falta explicar la estupidez tan grande que había cometido ese tipo. Sin embargo, él parecía no advertirlo. "Le dije que eres una buena chica, que tienes buen corazón y que te gusta escuchar a la gente (le ayudé en una mini crisis con una tipa que le gustaba). Y pues me dijo que le gustaría conocerte". Eso me sorprendió bastante.
Pero a pesar de la "ayuda", no me atreví a dar el primer paso. Lo admito, me dio miedo. Un día, yo estaba sentada en una esquina leyendo mientras esperaba a que empezara mi clase. Viridiana estaba por ahí conversando con una amiga y se me acercó para decirme que ya había empezado la clase (ella no entró). Me sobresalté y me fui sin decirle nada. Al día siguiente, llega el tipo bizco y me cuenta: "Viri me contó que ya te habló. Dijo que estaba muy nerviosa y que no sabía qué decirte" Aquello me dio mala espina. ¿Por qué tanta pena, si sólo iba a darme un aviso? Sin lugar a dudas, o esta chica se había fijado antes en mí o ese sujeto mentía.
Decidí seguir con aquello. Aún tenía un mal presentimiento, pero ella empezaba a gustarme un poco más. Llegó el momento en que nos encontramos a solas y tuvimos una charla más amena. Me contó un poco de ella, de los problemas que tenía y de cómo le habían afligido sus relaciones anteriores (con hombres). Con mi escasa sabiduría respecto a esos temas, traté de hacerla sentir mejor. Después de la plática, ya tenía una mejor impresión de mí. Yo también la encontré interesante, pero algo me seguía molestando: tal como me habían contado, era muy pesimista. La gente así me caía como un disparo en la pierna, aunque no dejaba de gustarme y francamente, quería seguir tratándola. En los días siguientes, me animaba a saludarla de vez en cuando y platicar un poco, pero seguía sacando esa parte que tan poco me gustaba de ella. Creo que ella se dio cuenta de eso.
Con todo, estaba muy animada. Quise seguir. El 14 de febrero estaba a la vuelta de la esquina y aunque no iba a usar el cliché de declararme ese día, quería inventarme algo para que la pasáramos bien. Cayó en lunes, lo recuerdo bien. Siguiendo una costumbre ancestral, revisé el Facebook y sufrí la misma suerte que muchos han tenido a lo largo de la historia de las redes sociales (que no es tan larga): había conseguido novio. Mi reacción fue más de estupefacción que de tristeza. De la nada había sacado un novio, cuando me decía que no creía en el amor y esas cosas. Cuando creí que yo estaba haciendo la diferencia, sale eso. No la vi en todo el día. No quise comentar nada. No demostré ninguna emoción. Al día siguiente, me la encontré en la noche, durante una hora libre. No tuve que decir nada, ella mismo me dijo que había aceptado a un tipo que se le declaró el 14. Inmediatamente, como si quisiera dejarlo en claro, me confesó que no le gustaba. "¿Por qué lo aceptaste entonces?", le pregunté simulando serenidad. "Es que el me dijo que no podía vivir sin mí y yo sí lo creo capaz de hacerse daño por mí. Ha tenido una vida muy dura y no quiero que le pase nada".
"Ah", murmuré. Pensé:
"Vaya mierda, ¡qué digo mierda, vaya truño enorme! Se me va a hacer una puta úlcera; primero aquél pendejazo y luego me sales con esta basura, no sé qué me cabrea más. Pero la culpa la tengo yo, que nunca hago caso a mi sentido común. Ni perdón ni putas, yo me retiro. Púdranse."
Le dije lo que cualquier persona más o menos cuerda diría: que no estuviera con alguien por lástima. Pero me sentía tan asqueada que no puse atención a lo que ella contestó. Después de aquello, sólo nos saludamos pocas veces. Luego, traté de evitarla a toda costa. Hacía como si no la viera, pasaba de ella siempre, aunque la tuviese en frente me ocupaba en cualquier otra cosa. Pero bueno, como escribí antes, la culpa es sólo mía por haberla perseguido tan a ciegas. Sin embargo, no me he enojado con ella ni creo que sea tan mala persona. De hecho, me da risa recordar todo esto. Creo que era lo que necesitaba para darle algo de color a mi noche.
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