Es muy común que la gente afirme que sus allegados posean cualidades excepcionales. Llamémosle talento. O quizá no tanto como un talento, simplemente hay algo en ellos que hace que sobresalgan en una u otra área. En ciertos casos, eso sirve bien para inflar el ego. Pero hay veces en las que resulta ser una maldición y lo peor es que las personas que no lo viven desde luego que no lo ven así. Era de esperarse que éste último fuera mi caso.
Todavía me acuerdo como si fuera ayer cuando iba a la primaria, en cuarto grado específicamente. Había terminado una tarea y me fui a jugar en la computadora, cuando llega mi hermana a pedirme un favor: tenía que conseguir a un niño para aplicarle una prueba. Ella estudiaba la carrera de pedagogía y estaban en período de prácticas, por lo que necesitaba un conejillo de indias para un test de coeficiente intelectual. "Me dijeron que tenía que conseguir un niño con altas calificaciones, pero como no conozco ninguno le pregunté a mi profesora si podía usar a una inadaptada social"... así de dulce. Como sea, ambas cosas eran ciertas: yo tenía el primer lugar en la clase, había aprendido a leer sin trabarme dos años antes de entrar a la escuela; también era el típico bicho raro que se la pasa a solas en el recreo, a quien nadie hablaba ni se le acercaba. Para no tener que soportar su berrinche, acepté.
Como dos días después la acompañé a la facultad para que me hicieran las dichosas pruebas. Pasé a la biblioteca y con ayuda de su profesora me aplicaron las pruebas. Las realicé todas sin rechistar, me estaba aburriendo bastante. No había gran dificultad en ninguna de ellas, pero se me hacían bastante cansadas. Ese día y otro bastaron para mi hermana, que una semana después me dio mis resultados. "Estás por encima del promedio. Tienes más de 120 puntos", decía emocionada frente a mis papás. Me valió un coño por un momento. Luego se dedicó a explicarme lo que significaba: yo tenía un gran potencial. Ahí me emocioné un poco. Mis papás también. Mi hermana comenzó a hablar lo que debe hacerse en esos casos, como si fuera yo de verdad un prodigio. Desde el inicio se me hizo algo exagerado que se me tratara como si fuera una genio en desarrollo, yo estaba muy conforme con lo que tenía hasta ese momento. Sin embargo, no se tomó ninguna medida especial y todo siguió tan normal como siempre.
Llegó el final de bimestre y con ello el examen. Como siempre, no me asustaba para nada. Ni siquiera estudiaba, tenía bien con las clases diarias. Cuando me lo devolvieron, se lo mostré a mi mamá. Había por lo menos dos 8. Juró que ese fue de los peores días de mi vida. Me regañó como si me hubiera drogado o matado a alguien. Decía que era imposible que, siendo yo, sacara calificaciones tan "bajas". "¿De verdad?", pensé. Se me hacía una reverenda estupidez. Aún así, me castigaron, me quitaron el uso de la computadora y cualquier fuente de entretenimiento. Ni siquiera podía ver a mi hermano jugar. Recuerdo que estaba muy molesta, sin embargo, por donde me quejara, todos decían lo mismo, que era inconcebible el hecho de sacar un 8.
Fue espantoso. Parecía como si ahora todos me odiaran y cualquier pretexto era bueno para que me obligaran a estudiar cosas que ya me sabía hasta el cansancio. Y entonces llegaría el siguiente examen y ahora sólo tenía un 8. Por otro lado, era la primera vez que yo obtenía una calificación perfecta en matemáticas. Yo fui directo a presumirle a mi madre, mas parece que sólo tenía ojos para el maldito 8. De nuevo me puteó, me regañó y volvió a castigarme. Terminó el año y yo terminé entre los tres mejores (no recuerdo cuál puesto). Mi mamá seguía viéndome el mal y yo ya estaba harta. Si eso era lo que implicaba ser un prodigio, no quería serlo.
Cuando empecé el quinto año, vinieron las amenazas de nuevo: como sacara un 8, me iría al limbo. Por si fuera poco, yo empezaba a sentirme muy cansada de la escuela. Todo cuanto me enseñaban ahí lo dominaba de inmediato y me aburría a muerte. También me sentía muy triste, tuve uno de mis primeros atisbos de un problema que me acompañaría toda la vida (clasificado), además de que me sentía sola ahora que no conocía a nadie, pues ese año habían remezclado todos los grupos. Dejé simplemente de hacer las cosas. Naturalmente, ahora habían más de dos o tres 8 en mi boleta de calificaciones. Como siempre, vinieron las puteadas. Yo dejé de contestar a los regaños. Mientras me hacían preguntas, por qué no hacía esto, por qué no hacía lo otro... yo simplemente no hablaba. Mi hermana llegó a decir que quizá era autista (no alucinaba tanto: de muy pequeña yo hacía las cosas muy lento y tendía a quedarme callada por largo rato). Yo, mientras tanto, preferí no decir nada.
Terminé la primaria con cierto éxito, no tuve problemas más graves pues en mi último año conté con varios plus para no sentirme tan desahuciada. Mas en la secundaria las cosas empeoraron. Ahora no sólo odiaba ser vista como una "matada", aquello me había causado problemas con mis compañeros y no dejé de ser más que un bicho raro. Los detestaba a todos y más aún a varios de mis maestros. Detestaba todo. Pero no dije nada. Si antes me había quejado de muchas otras cosas y nunca obtuve respuesta de nadie, ni de mi familia. Por primera vez reprobé en mi segundo año. Como siempre, a reclamar...
Cuando cursaba el último año, me desesperé a tal punto que dejé de ir. Pedía dinero para materiales y con ello me iba a dar la vuelta al centro de la ciudad. Por primera vez en mucho tiempo, tenía paz. No más de todas esas porquerías. Pero al mismo tiempo, sabía que tenía que volver. Ya me habían reportado, ni siquiera tenía ya credencial y no tardarían en llamar a mi casa, había estado faltando por dos semanas. Cuando lo hicieron, todos me regañaron, me putearon, me dijeron de todo. Dejó de importarme. Sólo respondía prontamente sobre lo que había estado haciendo. Acepté ponerme al corriente sin ninguna queja. Mas lo volví a hacer días después. Sucedió lo mismo. Mis papás y mi hermana (ella es la mayor) me preguntaban qué pasaba conmigo, por qué estaba haciendo eso. "Qué importa lo que diga, alguna excusa para culparme se les ocurrirá", pensé. Tan sólo dije que lo hacía por inercia.
A pesar de que logré recuperarme a tiempo, yo me sentía ahora peor que nunca. Aquella cuestión secreta, más todos los problemas que cargué con la escuela y el hecho de que siguieran elevando sus expectativas sobre mí de manera tan absurda me tenían muy molesta. Estaba enojada todo el tiempo. Creo que algo en mí se fue al carajo el día que, con alegría, dije a mi papá que me había logrado quedar en la escuela con el mayor puntaje requerido. "¿Para qué pusiste ésa? Con esa no vas a poder". Ahora resultaba que ya no era un prodigio. Es decir, no antes, en ese mismo momento dejé de ser un prodigio. Pero siguió molestándome con lo mismo. Yo me sentía cada vez menos inteligente. Me hice más receptiva a muchas otras cosas, pero sentí que ya no podía aprender nada nuevo. Todo me costaba trabajo, en el bachillerato parecía que todo era muy diferente. Entre ser o no ser una genio, me quedé a medias, donde simplemente no era nadie. Pero se habían quedado con el derecho de exigirme más de lo que podía hacer. Nuevamente, quise escapar.
Mucho tiempo después, las cosas eran muy diferentes. Ya mi familia estaba ocupada en sus problemas en vez de pasar tanto tiempo sobre mí. Cuando reinicé la preparatoria, era de nuevo una desconocida. Yo sólo era una alumna promedio. Por fin era un poco más normal, como yo y todos hubieran querido.
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