sábado, 5 de abril de 2014

Dos días y noche de media juerga.

De alguna manera, algo en mi interior me convenció de que debía hacer ese viaje. Le dije a mis padres al día siguiente de lanzar la convocatoria el maestro y hasta ellos se sorprendieron de que quisiera hacerlo, pero a la vez se alegraron de saber que tuve la iniciativa de salir de mi caverna una vez en la vida. Yo cumplí de inmediato con la cuota del viaje, arreglé los asuntos burocráticos y el maestro me asignó un lugar para estudiarlo, porque yo me encargaría de guiar parte del recorrido. El lugar fue la Biblioteca Palafoxiana. Ya lo intuirán: iba a irme a Puebla.

Como huraña que soy, no sabía una mierda del lugar. Aunque claro, no era tan tonta como para no saber dónde y cómo buscar. Revisé libros que encontré en la red, en la biblioteca de mi escuela; mi maestro me guió en la búsqueda de material bibliográfico. El asunto iba para largo, encontré toneladas de información, entre ellas, cosas que ni siquiera imaginé que pudieran ir relacionadas al tema. Pero, como había aprendido del maestro, detrás de lo más pequeño hay un por qué enorme. Con decir que hasta usé la tesis de doctorado de un sujeto de Granada sobre los lectores de la época novohispana...

Francamente, el trabajo fue facilísimo para mí. Lo debí haber terminado en un par de días, pero lo redacté hasta poco antes del día del viaje. Habiendo concluido con mi deber, había algo que me ponía muy inquieta, bastante ansiosa. Yo tomaba clase en ese entonces en la preparatoria con un grupo bastante pequeño, era mi "último" año y casi la mitad eran recursadores. De todos ellos, quizá yo me llevaba bien con menos de cinco, por no decir que en realidad estuve sola la mayor parte de mi vida escolar. Es decir, yo era una alimaña rastrera que se ocultaba en la biblioteca en espera del gran calambre final. No siempre estaba ahí, pero por ley, siempre estaba leyendo con los audífonos puestos, escribiendo historias o simplemente aguardando a la siguiente clase. Lo cierto es que casi nadie sabía nada de mí, más que mi nombre y que era un puto fenómeno de la lectura (después de una demostración de memoria con mi profesora de inglés... que por cierto, me adoraba). Sin embargo, jamás me llevé mal con nadie y eso me permitió hacer equipo con unos compañeros para el reparto de habitaciones. Creo que fueron la mejor opción.

El día esperado, desperté luego de haber dormido como dos o tres oras. Extrañamente, no tenía sueño como en otras ocasiones. Me alisté rapidísimo y me fui con mi hermano (él también se iría de práctica a no sé dónde, se me olvidó). Llegué excesivamente temprano, algo muy acorde con mi personalidad. No había casi nadie, ni siquiera habían abierto el autobús. De hecho, aún cuando lo hicieron, tuvimos que aguardar hora y media a que un montón de bolsones y haraganes llegaran (creo que sólo faltó uno... ni modo, por pendejo). Yo estaba en constante tensión, ya que tenía un nuevo problema: desde que nací, viajar en autobús me pone muy mal. Me da náuseas y regularmente con resultados catastróficos. Pero me armé de valor y me mentalicé para no hacer el ridículo. 

Toda esa concentración fue en balde... no porque haya terminado vomitando, sino porque el autobús, como dijo mi maestro, "parecía que tenía ruedas cuadradas que luego se hicieron triangulares". Me sentí mecida en una cuna enorme y no pude permanecer despierta. Horas después abrí los ojos... y todavía no llegábamos al primer punto del viaje. Válgame...

Finalmente, por la tarde llegamos al primer lugar, Huejotzingo. De ahí tuvimos un recorrido bastante ameno y muy fructífero. Todos éramos alumnos del mismo maestro, salvo unos cuantos que fueron invitados por él y su esposa, que nos ayudó en algunas partes del recorrido. Debimos haber pasado por tres o cuatro pueblos, concluyendo el trayecto de ese sábado en Tochimilco, donde fuimos espectadores de una inolvidable luna llena, sentados en la plaza con la enorme fachada de la iglesia frente a nosotros. Hasta ese momento, me había olvidado de todos los casi desconocidos que me rodeaban, lo estaba disfrutando en grande. Jamás me arrepentiré de haberme atrevido a hacerlo después de esa preciosísima noche...

(Normalmente colgaría aquí un registro fotográfico del viaje, pero la cámara de mi teléfono era muy cutre y la única decente se la había llevado mi hermano. Y en mi casa, a la vuelta, todos jode que jode porque no tomé ninguna foto... qué chistosos.)

Aún era temprano, pero el maestro prefirió que fuéramos al hotel para mañana seguir con el recorrido. Como es de esperarse, de camino a tal lugar, todos iban haciendo un escándalo con la música de celulares. Yo me fui hasta el frente para huir del barullo. Realmente no me molestaba tanto, pero ya tenía yo la costumbre de estar al frente en las clases. Llegamos, completamos nuestro registro y todos fueron a dejar sus cosas a sus habitaciones en completo orden. Yo me quedé con unos compañeros y decidimos ir al centro de la ciudad a cenar. Debo mencionar que ese día la catedral estaba bellamente iluminada... hubiéramos comprado algo más acorde con esa bohemia noche, pero como era de esperarse, todo estaba a reventar y nadie quería seguir tolerando el hambre, así que pedimos unas pizzas que comimos ahí mismo, cuando tuvimos oportunidad de tomar unos lugares. Yo, bien tranquila, comiendo mis rebanadas; los demás platicaban de sus cosas, todos se conocían. Intercambié pocas palabras con ellos. Sin embargo, para nada fue algo hostil.

La cosa se pondría diferente al volver al hotel. En el camino de vuelta, nos topamos con unos tipos. Uno de ellos era un sujeto medio raro, de aspecto desaliñado, que siempre gritaba y hablaba de música y cine underground, filosofía para juniors, etc. "Hipster", pensé. En realidad el tipo no era malo, pero tenía algo que me causaba cierta inquietud... como que siempre que yo tenía que hablar se me quedaba viendo como si fuera un espécimen en peligro de extinción. Junto a su amigo (más normal que aquél), nos propuso que fuéramos a una tienda cercana a comprar algunos refrescos y botanas. Por un momento pensé que sería una velada inocente de cuentos de terror y otras pijerías... cuando veo que, con un pie en nuestra habitación, aquellos cabrones habían sacado botellas grandes de alcohol. Me imaginé que esa noche sería tal como dicta la sabiduría popular: alcohol, drogas, sexo (no hubo nada de las últimas dos, o si las hubo, no me enteré... y francamente no me gustaría saber). Para mi sorpresa, nuestros huéspedes resultaron ser unos tipos tranquilos. Después dos chicas de una habitación cercana se nos unirían, todos o la mayoría estábamos en la misma clase, lo que lo hizo más llevadero.

Yo me mantuve al margen, bebiendo unos vasos de refresco sin alcohol y observando a todos discutir, bromear, pelearse y haciendo monerías. De vez en cuando me reía mientras revisaba mis notas, pues mañana me tocaría a mí guiar el recorrido. De pronto, el sujeto desaliñado me llama: "¿no te gusta tomar?" Yo dije que no. Su amigo me invitó a probar sólo un poco, pero me negué. El primer tipo empezó a hablar de lo extraña que yo era. "¿Por qué nunca hablas con nadie? ¿Por qué siempre estás sola? Parece que nunca sientes nada". Yo sólo seguí diciendo que no y que era su imaginación. Él siguió hablando después con su compañero acerca de mujeres, cosas del corazón y eso. Empezaba a alzar la voz, claro indicio de su incipiente ebriedad. Me sobresalto cuando me pregunta: "¿tú nunca has hecho una estupidez por amor?" Yo sólo contesto que no. Esperé un rato y dije: "no soy de ese tipo de personas". Yo pensé que iba a levantarse, ir por mí y arrojarme por la ventana cuando exclamó "¡¿qué?!", pero luego se calmó un poco y continuó. "Es imposible, quien no hace una pendejada cuando se enamora es porque no siente nada en realidad. Una vez, una novia que tuve me llamó en la madrugada. Dijo que no podía dormir y que quería dar una caminata nocturna. Yo salí de inmediato y fui por ella a su casa". "Pues no sé, es que yo no siento algo así. Supongo que no soy así, no soy muy detallista", le respondí. Ya después entendí a qué clase de sentimiento se refería (ver entrada anterior, que me da flojera poner link). 

Curioso cómo sólo él, empezó a preguntar cosas sobre mí. Qué música escuchaba, si leía o no, si me gustaban hombres o mujeres... yo respondí breve y concisa a sus preguntas. Miró la hora y se sorprendió de que fueran las 3 de la mañana tan pronto. "¡Ya córrenos para que te dejemos dormir!", dijo sonriendo. Yo sólo respondí que no me molestaba (en aquel entonces, yo dormía a las 2 de la mañana y despertaba puntual a las 9... más los malditos domingos en los que mi mamá me despertaba aún más temprano). "Te vas a morir a los 40", me advirtió medio risueño. "No creo". Su amigo le dijo que se fueran de una vez porque ellos también debían guiar una parte del recorrido. Antes de marcharse, empleados del hotel fueron a inspeccionar que no tuviéramos nada raro en la habitación. No hubo problema: alguien escondió las botellas detrás de las cortinas. Finalmente, aquél par tan raro se marchó. 

Dejaron huella esa noche. Es decir, la mesita de centro hecha un asco. Además, otros dos tipos estaban discutiendo (ebrios, claro). Todos se fueron a dormir menos yo, que seguí despierta hasta media hora antes de la hora del desayuno; aproveché ese tiempo para darme un baño. En mi estupidez, me quedé dormida y al momento en que nos llamaron al desayuno, no podía ni siquiera levantarme. Mis ojos ardían horrible. Tomé unos minutos para desperezarme y bajé al desayuno. No había nadie que no tuviera resaca, o al menos no vi a nadie en buen estado (los tipos de ayer seguían ebrios), excepto al maestro y a su esposa. Terminado el desayuno, todos nos desplomamos en el autobús para seguir el recorrido. Yo tampoco soporté el sueño.

No duró mucho mi siesta porque la mayoría de los destinos siguientes se encontraban en el centro de Puebla. Me tocó primero a mí. Como era de suponerse, estar en la biblioteca era diferente a verla en fotografías. Me tomé unos minutos para localizar los elementos del lugar que había estudiado previamente e hice mi presentación. Según mi maestro, estuvo perfecto. Tan perfecto y con tantos detalles que ni siquiera tuvo que apoyarme él o los guías oficiales, que en otras ocasiones habían intervenido en favor de otros equipos (yo decidí hacerlo sola). Después de esas alabanzas, estaba que no soportaba el cansancio. El resto del día se nos fue muy rápido en la ciudad. Salimos de ella para visitar un par de lugares más y nos embarcamos de regreso al DF.

Mi cuerpo estaba destrozado, pero me sentía muy bien al respecto. Después de semejante fin de semana, sentí que había dado un paso enorme. Desde ese día, fui acercándome un poco más a mis compañeros... quizá no tanto para juntarme con ellos siempre, pero al menos ya nadie pensaba que era un fenómeno extraño. Excepto el hipster, que creo que se le quedó la espina de conocerme a fondo, pero jamás hizo un intento directo y por tanto nunca le volví a poner mucha atención. Creo que ese viaje es uno de mis recuerdos más felices.

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