Mientras intentaba conciliar el sueño, acosada por pensamientos raros, los nervios del día siguiente y los desmanes que hacía mi gata, recordé que hacía ya un tiempecillo que no podía escribir nada. Ya me había pasado antes... tenía muchas ideas pero, por alguna razón, se rehusaban a ser escritas. Como si no hubieran palabras correctas para hacerlo o como si, justo cuando iba a retomar el curso, me arrepintiera por alguna razón que salía de los confines desconocidos de mis entrañas. Pensé que quizás el problema era ése, que estaba haciendo demasiado drama por una cuestión meramente creativa. Recuerdo que cuando reinicié este blog, me había dicho a mí misma: "pero si tienes muchas cosas que decir, aunque sean tonterías, pero sí que tienes material." Justamente eso fue lo que pensé en la madrugada.
Hice un último esfuerzo y me reencontré con tantas cosas del pasado que me han dejado con los sentimientos a flor de piel. Tiempos buenos, tiempos jodidos y tiempos simplemente amables.
Recuerdo que hace muchos años, me vistieron para ir al jardín de niños, hasta me habían puesto una corbatita. No recuerdo qué se iba a conmemorar ese día, pero lo que sí recuerdo es que me miré al espejo y pensé: "¿en serio yo soy ésa de ahí?"
Recuerdo cuando todos estaban molestos conmigo por haber faltado muchos días a clases. Mi hermana quiso abrazarme, pero yo me rehusaba a esas cosas porque me sentía muy mal. Pensó que me hacía la indignada e hizo un berrinche, pero me importó muy poco.
Recuerdo una ocasión en la que me llamó una ex novia. Durante nuestra relación ambas éramos demasiado tímidas para decirnos cosas tiernas; sin embargo, ese día me llamó muy contenta y me saludó diciendo "hola niña linda". Aquello me dejó un sabor bastante raro.
Recuerdo claramente la primera vez que tuve relaciones sexuales. Corporalmente no fue tan malo, pero me quedé con un sentimiento muy sórdido al volver a casa. "¿Qué fue lo que hice? ¿En serio lo hice?", no podía dejar de pensar.
Recuerdo de igual manera que hace ya unos años estuve clavada con un militar con el que sólo podía comunicar a distancia por su profesión. Le conté que, cuando me llevaron a la playa hacía muchos ayeres, el mar me causaba un terror inmenso. Él sólo rió y me dijo que quizás era por huraña y grosera, que me daba miedo tener algo tan grande frente a mí. "Quién sabe, quizás algún día el mar salga a darte una lección", me dijo.
Recuerdo con bastante vergüenza que un día después de pasar la noche con unos amigos hablando sobre cosas del corazón, se me ocurrió ir a buscar a una niña que me gustaba mucho cuando iba a la primaria. Extrañamente me había dado su dirección cuando íbamos a clase. Cuando llegué y la llamé a la ventana, estaba tan nerviosa que sólo atiné a saludarle. Además me intimidó un tipo que se asomó también y parecía que le conocía...
Recuerdo especialmente dos días; dos días que me tomó leerme un libro de una biblioteca (no daban préstamos). Era El pozo de la soledad, de Radclyffe Hall. Gracias a ese libro, me comuniqué íntimamente con mi yo interior y me impulsó a tomar la decisión más importante de mi vida.
Recuerdo cómo llegaron mi mamá y mi hermana con un pastel en uno de mis cumpleaños. Unos meses después de que dejé la escuela. "¡Feliz cumpleaños!" Pocas veces me sentí más miserable. Desde entonces no festejo mis cumpleaños.
Recuerdo con mucha gracia una vez que iba en el metro y había un chico mirándome desde que estaba en el andén. Estábamos a una distancia considerable en el vagón, ambos de pie. Él me sonreía y me guiñaba el ojo. Cuando me pongo nerviosa suelo sonreír mucho, así que cuando hizo aquello, pensó que le correspondía porque me iba mordiendo los labios como tonta. Él se bajó una estación antes que yo, aún haciéndome señas.
Recuerdo, y me encabrona hacerlo... el día en que tuve que hacer un trabajo en equipo cuando iba a la secundaria y tuvimos que ir por un tipo a su casa para que al final no pudiera salir. Pero quien sí salió fue su puto perro enano, que me mordió detrás de la rodilla y se regresó corriendo a su casa. No pude caminar bien unos días, me había jodido un tendón.
Recuerdo el día en que tomé una decisión crucial: iba a cambiar mi imagen por primera vez. Mi hermana insistió en acompañarme cuando fui a arreglarme el cabello. Estuvo jode y jode con los cortes que quería para mí, tuve que elegir uno casi sin que se diera cuenta o se pondría a molestar porque no le hice caso. Yo solía llevar el pelo corto o un poco largo, pero esta vez quería que creciera. Aún así, tuve que aguantar sus refunfuños y sus miradas raras. Luego de eso, está prohibido ir conmigo a la estética, a excepción de mi pareja.
Recuerdo con zozobra el día en que tuve una mala reacción a causa del estrés y sufrí una inflamación intestinal cabronsísima. Fueron casi 24 horas de intenso sufrimiento y peripecias. Dolía tanto que no caminaba bien, dos veces casi me desmayo del dolor, mi abdomen tenía tanta presión que no podía ni tomar agua sin sentir náuseas. Cuando llegué a casa, estaba deshidratada, no había dormido nada y sentía como si me hubieran perforado con una espada. Los detalles después...
Recuerdo que una vez me animé a tener una relación con un hombre mayor que yo. "Vale, hay que intentarlo", contesté a su proposición. Inmediatamente, dijo que se retractaba. "Yo sé que tú no estás realmente enamorada, lo sé por las palabras que usas", dijo. Según me contó tiempo después, cuando alguien se enamora se desvive de verdad, dice cosas que en su sano juicio jamás pronunciaría. Años después, descubrí que tenía razón.
Recuerdo algo que solía hacer en ciertas noches, cuando el sueño me abandonaba: me imaginaba la historia de vida de una mujer muy sola, que hacía todo lo que podía para hacer feliz a la gente pero no conseguía el afecto de nadie, como si su sola existencia fuera motivo de repudio. Siempre que pensaba en eso, lloraba.
Recuerdo mi primer día en terapia psicológica. Tenía un miedo terrible que salía de no sé dónde, se suponía que aquello era bueno. Nada salió mal ese día, sin embargo, parecía un conejillo temeroso todo el tiempo, encogida en una esquina, tanto en la sala de espera como en la de consulta.
Recuerdo y me parece muy gracioso hacerlo... un día en que estaba hurgando en las cosas de mi mamá y me topé con una pastilla verde. La manoseé un rato y cuando fui a la sala, creí haber escuchado a mi madre decir que aquella pastilla era muy peligrosa, que si la tocabas y te llevabas las manos a la boca podrías morir envenenada. Fueron varios meses de terror en los que me lavaba las manos varias veces al día para asegurarme de que no quedara nada del peligroso medicamento...
Recuerdo un día en que llegué a la preparatoria, con mucho sueño, hacía un calor muy molesto. Vi a una chica correr hacia mí. Pensé que me esquivaría, pero en lugar de eso me abrazó con fuerza y me hizo dar una vuelta completa. Luego me pidió dinero para comprar unos dulces. No sé si haya sido una estrategia de ventas, porque sólo a mí me recibió así.
Recuerdo que una noche me venció la curiosidad y le pedí a un compañero que me diera un poco de marihuana. Me dijo que podía fumarla o masticarla, pero que de la segunda forma podía hacerme más efecto. Intenté primero fumarla, pero el humo sabía y olía terrible. Luego mastiqué lo que me quedaba. Jamás me hizo efecto de ninguna manera. Ni siquiera me causó sueño, de hecho, me dormí más tarde de lo normal. Ahora sé que esas cosas no sirven un carajo.
Recuerdo el fatídico día de exámenes en el que a mí y a unos amigos nos tocó ver un cadáver frente a la escuela. El susodicho era de un alumno al que habían tratado de robar, se resistió y le dispararon. Salimos temprano por ello. Un chico estaba bastante perturbado, yo no sentí absolutamente nada. Me vio con cierto asco cuando se lo comenté.
Recuerdo cuando era un poco más idiota y un amigo bastante cabroncete me incitó a cometer un acto de simple maldad. Tomé un montón de correspondencia de un edificio, habían recibos, una tarjeta nueva y boletos para un concierto. Los recibos los tiré en un jardín, la tarjeta y los boletos los rompí. Repito, fue un acto de simple maldad... y estupidez.
Recuerdo mucho los días en que mi padre estuvo en el hospital. En uno de ellos, yo estaba un poco resfriada, por lo que no sabía si podía pasar a visitarle. Lo hice, pero antes tuve que dar algunas vueltas por los intrincados pasillos del lugar. Cuando regresé a casa, mi garganta ardía, me dolía todo y tenía mucha fiebre. El día siguiente fue peor, deliré toda la noche y con eso se fue mi fin de semana. Luego me enteré de que en ese hospital había un piso entero cerrado por un brote de influenza, mismo por el que yo pasé. De la que me había salvado entonces.
Y recuerdo muchas cosas más, pero no quiero seguirme exprimiendo la cabeza...
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